La extraña relación entre ciencia y literatura no debería ser tal, defiende Isabel Fuentes, que lamenta que obras como Hemoglobina (Roca Editorial) se vean como una cosa original : “Es curioso que nos parezca algo poco frecuente, porque la ciencia, incluso cuando no se quiere hacer ficción, hay que escribirla, y el proceso es pensar y luego escribir, la escritura también retroalimenta el pensamiento”.
Isabel Fuentes analiza en su segunda novela, la sangre, para nada azul, de la gente bien de Madrid
La extraña relación entre ciencia y literatura no debería ser tal, defiende Isabel Fuentes, que lamenta que obras como Hemoglobina (Roca Editorial) se vean como una cosa original : “Es curioso que nos parezca algo poco frecuente, porque la ciencia, incluso cuando no se quiere hacer ficción, hay que escribirla, y el proceso es pensar y luego escribir, la escritura también retroalimenta el pensamiento”.
En la estela de autores como Julio Verne, Fuentes, que estudió biología y se doctoró en museología de las ciencias naturales y humanas antes de dirigir el CaixaForum Madrid, ya exploró en su anterior novela (Un gen fuera de la ley ) las posibilidades de la ciencia en el mundo actual, con la premisa de que la ficción no tiene que ser verdadera sino verosímil. Esto, aduce, es una “gran ventaja” para dejar volar la imaginación y crear episodios “disparatadísimos”, como el del informe epidemiológico elaborado por un prestigioso centro de Estocolmo que, aunque no lo parezca, existe realmente.
La autora crea una distopía costumbrista
en la que la mirada científica
se mezcla con la sátira social
“A mí lo que me gusta es introducir una mirada científica a los hechos cotidianos, a la contemporaneidad”, explica sobre su manera de trabajar. “La ciencia es la lupa desde la que se mira y también sirve de recurso para construir una falsa distopía”, añade sobre el argumento, en el que abundan los vampiros.
Sin embargo, todo ese engranaje distópico no es más que la excusa, analiza, para el costumbrismo de una “novela sobre la sangre de la gente bien”, que es como se subtitula Hemoglobina : “Yo diría que es más costumbrista que distópica, porque la distopía te permite, con la ciencia, la ficción, el absurdo, la broma, hacer crítica social”.
La ironía y el humor atraviesan, efectivamente, las páginas de una novela planteada como un thriller, con suspense, investigación y misterio de por medio, en el que, más allá de la protagonista, la genetista Celia, que había trabajado para la policía y ahora se dedica a hacer fecundaciones in vitro en una clínica, la que queda bien retratada es la burguesía madrileña.
“En ese contexto social las cosas no son lo que parecen y tiene muchísima importancia lo que se proyecta, la imagen, y esto se ve acentuado en un mundo tan visual y de conexiones como el de las redes, que acaba distorsionando nuestra memoria de nosotros mismos”, argumenta la escritora, para quien es injusto que en una literatura que debe tanto al humor como la española (ahí están El Lazarillo y El Quijote ), hoy se mire al género con recelo: “Da como susto”, dice, en comparación, por ejemplo, con la tradición británica.
Desde el punto de vista estilístico, Hemoglobina se caracteriza por la fluidez que los diálogos otorgan a la narración y, en este sentido, la novela tiene un cariz muy cinematográfico que ha dado lugar a “tentativas” para que sea el embrión de una serie o de una película.
“Hay algo de interés en el mundo de la producción audiovisual”, reconoce la autora, que recuerda que en la presentación de Un gen fuera de la ley , José Luis Cuerda, el malogrado director de Amanece que no es poco y genio del absurdo nacional, le dijo que en aquella novela, como Hemoglobina protagonizada por “adultos que se comportan como niños”, había una película, porque era “muy dialogada y muy visual”.
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