El dinero da pie a muchísimas novelas, pero no hay tantas que lo sitúen en el centro de la historia con toda su complejidad. De hecho, hay quien sostiene que faltan novelas catalanas que tengan como verdadero eje una trama financiera, con todo lo que ello implica: poder, herencias, decisiones empresariales… Brugués Mitjans (Gavà, 1964) asumió este reto como una provocación. “Cuando el escritor Sebastià Benassar me dijo que en Catalunya no había libros así, enseguida me puse a ello”, explica la autora en La Vanguardia . De ahí nace Los herederos de la codicia (RBA), un relato que utiliza una saga familiar, los Torras-Miralles, como banco de pruebas para abordar qué nos pasa con el dinero.
La escritora y abogada catalana construye un ecosistema de una familia rica en tensión y lo contrapone a un entorno mucho más precario
El dinero da pie a muchísimas novelas, pero no hay tantas que lo sitúen en el centro de la historia con toda su complejidad. De hecho, hay quien sostiene que faltan novelas catalanas que tengan como verdadero eje una trama financiera, con todo lo que ello implica: poder, herencias, decisiones empresariales… Brugués Mitjans (Gavà, 1964) asumió este reto como una provocación. “Cuando el escritor Sebastià Benassar me dijo que en Catalunya no había libros así, enseguida me puse a ello”, explica la autora en La Vanguardia . De ahí nace Los herederos de la codicia (RBA), un relato que utiliza una saga familiar, los Torras-Miralles, como banco de pruebas para abordar qué nos pasa con el dinero.
“Sí, la familia y la historia son la excusa”, dice la autora, que, además de haber publicado anteriormente un par de títulos, ejerce como abogada especializada en temas fiscales. Lo que realmente le interesa, afirma, es poner sobre la mesa la relación que cada uno establece con el dinero: cuando tiene mucho, cuando tiene poco o cuando lo desea sin medida.

El origen de esta idea es casi una escena literaria en sí misma. Mitjans recuerda una visita, siendo muy joven, a unos parientes que vivían en un súper piso de la calle Valencia. El espacio era inmenso, pero frío, oscuro, inhóspito. “Salí pensando que eran muy pobres”, explica. Su padre la corrigió: eran muy ricos. La contradicción se le quedó grabada. “¿Qué nos pasa para que, teniendo dinero, nos sintamos pobres?”, se pregunta la autora, que reconoce la influencia de la literatura de Jane Austen, sobre todo en la manera de observar las relaciones que generaba la economía familiar, en su caso en la Inglaterra del siglo XVIII y, en el de la autora catalana, en la Barcelona pospandémica.
Para hacer avanzar la trama, Mitjans construye un ecosistema de una familia rica en tensión y lo contrapone a un entorno mucho más precario. De ese choque surgen personajes que no se definen por lo que tienen, sino por cómo entienden sus privilegios o su desgracia. “El dinero se percibe de maneras muy distintas —dice la autora—. Hay quien lo vincula directamente con la identidad, ‘tanto tienes, tanto vales’, y quien lo convierte en una herramienta con un propósito. Y siempre hay quien queda al margen.”
Mitjans pone sobre la mesa la relación de cada uno con el dinero: “Llevamos la codicia al ADN”
Mitjans defiende que la codicia no es ninguna anomalía: “La llevamos en el ADN”, asegura, especialmente en sociedades marcadas por la posguerra, donde el ahorro se convirtió en una forma de supervivencia. El problema, apunta, es cuando ese impulso se desconecta de cualquier sentido. “El dinero no debe ser un objetivo final, sino un instrumento. También para disfrutar y compartir.”
En este sentido, la novela puede leerse como una crítica poco indulgente a una determinada burguesía. Personajes que acumulan pero no viven, que conservan pero no comparten… “¡Unos amargados!”, resume Mitjans, que evita el maniqueísmo y reivindica el esfuerzo que hay detrás del dinero, un elemento que considera demasiado poco reconocido. “Tenemos que quitarnos de la cabeza la idea de que la gente ha hecho el dinero robando. O que se ha hecho rica robando. No nos engañemos: hay mucho esfuerzo. Solo vemos el final del camino, pero no todo el recorrido, que es durísimo.”
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