Hay momentos que se convierten en los mejores recuerdos de un viaje. Así fue mi llegada a Pink Sands Beach, cuando comprobé que las playas de arena rosada no son un mito ni un truco de edición. Me acerqué a la orilla, me quité las gafas y tomé un puñado de arena para confirmar que, entre los granos dorados, destacaban algunos rosados. En ese instante, me sentí como quien descubre un tesoro. Levanté la vista y lo entendí todo: estaba en un paraíso de aguas turquesas, oleaje suave y cielo despejado.
Viajar a una isla remota de calas idílicas y aguas cristalinas no es una fantasía: es una realidad en un rincón del Atlántico
Hay momentos que se convierten en los mejores recuerdos de un viaje. Así fue mi llegada a Pink Sands Beach, cuando comprobé que las playas de arena rosada no son un mito ni un truco de edición. Me acerqué a la orilla, me quité las gafas y tomé un puñado de arena para confirmar que, entre los granos dorados, destacaban algunos rosados. En ese instante, me sentí como quien descubre un tesoro. Levanté la vista y lo entendí todo: estaba en un paraíso de aguas turquesas, oleaje suave y cielo despejado.
El fenómeno tiene una explicación microscópica. Los foraminíferos, organismos marinos que habitan en los corales, poseen conchas de tono rojizo. Cuando las olas los fragmentan, esos restos se mezclan con la arena blanca, creando una textura fina y un color que oscila entre rosa pálido y matices más intensos según la luz del día.
En distintas partes del mundo existen playas de arena rosa, pero en las Bahamas se encuentran algunas de las más icónicas, especialmente en Harbour Island y Eleuthera, dos de las islas que conforman este archipiélago del Atlántico. Con más de 700 islas y cerca de 2.400 cayos —aunque el turismo se concentra en 16 destinos principales—, las Bahamas son un edén caribeño que destaca por tener uno de los océanos más cristalinos del planeta y un mundo submarino rico en arrecifes de coral.

El objetivo de mi viaje era visitar este par de islas, apenas separadas por un estrecho canal de 3,5 kilómetros. Para llegar, volé a Nassau, la capital y principal puerta de entrada al país. Desde ahí tomé un vuelo doméstico hacia el aeropuerto de North Eleuthera, que recibe a los viajeros casi a ras de pista, con maletas entregadas al aire libre. Una escena austera que, irónicamente, forma parte de su encanto: la sensación inmediata de haber llegado a un destino poco masificado.
Harbour Island, la isla de la arena rosada
A solo cinco minutos del aeropuerto de North Eleuthera está Three Island Dock, una pequeña terminal de la que parten lanchas (water taxis) hacia Harbour Island de forma continua, y que cobran unos 10 dólares por pasajero. En apenas siete minutos se llega a la isla, donde el transporte se reduce a carritos de golf, que marcan el ritmo pausado del lugar. Para moverse, una opción es alquilar estos pequeños vehículos en Major’s Golf Cart Rentals, con tarifas desde 50 dólares al día para dos personas.

Entender este destino comienza por su geografía. Ubicado frente a la punta norte de Eleuthera, en el borde oriental del archipiélago de las Bahamas, se asoma justo donde el Atlántico se encuentra con el Caribe. Esa posición privilegiada define todo: aguas poco profundas de tonos turquesa que se funden con la profundidad oceánica, una transparencia casi irreal y brisas constantes.
La carta de presentación de Harbour Island son sus calles estrechas, flanqueadas por casas en tonos pastel, jardines cuidados y cercas blancas cubiertas de buganvillas. No necesité mucho tiempo para descifrarla: es una isla íntima, donde el lujo se vive sin estridencias y el entorno natural se mantiene impecable, una combinación difícil de encontrar en destinos más grandes.

Mi primera parada fue un restaurante local, Hario’s Seafood, donde probé un platillo tradicional que me encantó: grits con ensalada de atún. Se trata de una papilla de maíz molido cocida con agua o leche, acompañada de atún preparado con mayonesa, cebolla y pimientos. Lo salado del atún se equilibra con la neutralidad cremosa de los grits, logrando un sabor adictivo.
Una playa de postal
Después del desayuno llegó uno de los momentos más esperados del viaje: conocer la famosa Pink Sands Beach, que suele figurar entre las playas más hermosas del mundo. Este tramo de arena rosada recorre varios kilómetros y su costa abierta, sin acantilados ni interrupciones, permite un paisaje despejado.

Al llegar a la playa, la emoción fue inmediata. El escenario es hipnótico: aguas de una claridad excepcional y una paleta de azules que va del turquesa al zafiro profundo. Por la tarde, la luz acentúa los matices rosados de la arena y el paisaje se vuelve aún más envolvente.
Con el paso de las horas, el oleaje forma bancos de arena mar adentro sobre los que es posible caminar. En muchas zonas, el agua apenas llega por debajo de las rodillas, lo que permite avanzar varios metros antes de que la profundidad vuelva a invitar a nadar.
Para acceder a la playa hay senderos públicos desde Dunmore Town, además de accesos a través de hoteles que alquilan camastros. Conviene recordarlo: la playa es pública y accesible para todos.
¿Dónde hospedarse?
En mi caso, entré por Pink Sands Resort para pasar todo un día, descansar en sus camastros y comer en su restaurante. Este hotel boutique de lujo se distingue por su arquitectura isleña y elegante. Se compone de cottages y villas distribuidos entre vegetación tropical. Durante el recorrido por sus instalaciones, entré a la Ocean View Villa, una residencia de tres recámaras con cocina completa, sala, jardín, regadera al aire libre y alberca privada. Hospedarse en una villa de este hotel puede costar desde 1.375 dólares por noche (unos 1.160 euros).
La experiencia en esta isla va más allá de la contemplación. La claridad de sus aguas permite explorar un entorno marino a través de actividades como esnórquel y buceo en arrecifes, pesca deportiva, paseos en lancha entre islotes o recorridos en kayak y paddle por manglares. Para quienes buscan más adrenalina, hay opciones como esquí acuático. Incluso es posible diseñar excursiones a medida con servicios de concierge como los de Conch & Coconut.
Eleuthera, la isla de las piñas
Después de recorrer Harbour Island, volví a cruzar en una embarcación hacia Eleuthera. El trayecto, de apenas unos minutos, marca también un cambio de ritmo: se deja atrás la intimidad de la isla vecina para adentrarse en un territorio más amplio, una franja delgada de tierra de más de 160 kilómetros que se extiende de norte a sur y obliga a recorrerla en coche.

Eleuthera es conocida como la “isla de las piñas”, un título que no es casual. Desde el siglo XVIII, su cultivo ha encontrado aquí condiciones ideales: un suelo arcilloso de tonos rojizos y un clima que da origen a una de las variedades de piña más dulces del mundo, la sugar loaf o pan de azúcar. Más que un producto agrícola, esta fruta se ha convertido en un símbolo de identidad, hospitalidad y orgullo local. Cada junio, la isla celebra el Festival de la Piña, una fiesta que reúne a la comunidad en torno a su cosecha con comida, música y tradiciones.
Qué ver en Eleuthera
En Eleuthera también hay playas de arena rosada, aunque aquí el color se manifiesta de forma más sutil, visible solo bajo ciertas condiciones de luz. Un buen ejemplo es French Leave Beach, en la zona central de la isla, cerca de Governor’s Harbour. Esta playa, extensa y casi siempre vacía, se encuentra del lado atlántico y se distingue por su arena fina con sutiles matices rosados.

Uno de los puntos más icónicos de la isla es el Glass Window Bridge, un estrecho paso donde el Atlántico y el Caribe se encuentran frente a frente. Es uno de los pocos lugares en el mundo donde pueden observarse, lado a lado, dos mares tan distintos: de un lado, el azul profundo y agitado del Atlántico; del otro, las aguas turquesa y calmas del Caribe, separadas apenas por una franja de roca de unos 30 pies de ancho.
Cerca de ahí se encuentran los Queen’s Baths, piscinas naturales esculpidas por la erosión del mar. Cuando la marea sube, las olas las llenan y crean formaciones de agua cristalina entre roca dorada. El lugar es espectacular, aunque requiere precaución cuando el oleaje es fuerte.
En Eleuthera no hay una lista obligatoria de actividades. Se puede hacer esnórquel, nadar en sus pozas naturales, recorrer manglares en kayak, explorar cuevas y playas remotas.

¿Dónde hospedarse?
Para alojarse, una buena opción es La Bougainvillea, un hotel boutique que combina suites y villas privadas frente al mar. Algunas habitaciones ofrecen acceso directo a la piscina infinita con vista a la playa, mientras que las villas, más amplias, cuentan con recámaras, piscina privada y terraza. La estancia se complementa con actividades como kayak, paddle, esnórquel o salidas de pesca. Las tarifas por habitación parten de 357 dólares por noche (unos 300 euros, al cambio actual).
Uno de los momentos más memorables lo viví en la playa de arena rosada a la que este hotel tiene acceso. Después de nadar en el mar, un arcoíris me sorprendió. La tarde se volvió un momento contemplativo, glorioso y muy especial.
Otra opción de hospedaje es The Retreat, un resort de estilo vintage tipo bungaló. Este hotel forma parte de un proyecto impulsado por la One Eleuthera Foundation, una organización enfocada en el desarrollo sostenible de la isla, lo que le da un enfoque distinto: aquí el alojamiento también se vincula con la comunidad y recibe voluntarios internacionales. Sus habitaciones, con capacidad para cuatro personas, tienen una tarifa aproximada de 350 dólares por dos noches.
Después de varios días de calma, entendí que hay lugares que superan cualquier expectativa. Una conexión profunda con la naturaleza y escenarios que sorprenden por sus rarezas: eso fue lo que me llevé de Las Bahamas.
Feed MRSS-S Noticias
