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En su improvisada comparecencia tras los episodios en el Hotel Hilton en Washington, donde se celebraba la cena con los corresponsales periodísticos en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump aseguró que ocupar la Presidencia de Estados Unidos es «una profesión peligrosa». En realidad, los actos violentos contra los presidentes estadounidenses no son en absoluto anómalos; más bien todo lo contrario. El peligro parece formar parte inherente del propio cargo, como pone de manifiesto el simple recorrido por las biografías de quienes han habitado en la Casa Blanca.
La historia pone de manifiesto que la violencia política dirigida contra los presidentes estadounidenses ha sido un fenómeno relativamente frecuente aunque, según el contexto, con distintas intensidades a lo largo del tiempo. Más allá de los cuatro presidentes asesinados durante su mandato -Lincoln (1865), Garfield (1881), McKinley (1901) y Kennedy (1963)-, media docena más sufrieron atentados a los que lograron sobrevivir. Andrew Jackson fue el primer presidente al que intentaron matar (1835), pero se estropeó el mecanismo de disparo en las dos pistolas que portaba su atacante; Theodore Roosevelt recibió un disparo durante su campaña electoral (1912) pero sobrevivió y fue elegido presidente; su pariente lejano Franklin D. Roosevelt salió ileso del intento de atentado (1933) habiendo sido elegido presidente pero sin asumir el cargo, aunque murió el alcalde de Chicago presente en el tiroteo; tampoco sufrió heridas Harry Truman cuando dos independentistas portorriqueños intentaron terminar con su vida (1950), en este caso la víctima fue un guardia; contra Gerald Ford atentaron en un par de ocasiones en el mismo año (1975), pero en el primer caso el arma estaba estropeada, y en el segundo la atacante erró en el tiro; en el de Ronald Reagan (1981) hubo cuatro heridos, incluido el propio presidente que recibió un balazo en el pulmón.
La repercusión de un atentado o intento de asesinato contra un presidente, el objetivo más visible de la violencia política, eclipsa cualquier otro suceso violento ejercido contra otros responsables políticos. En EEUU este tipo de acontecimientos están salpicando a personalidades con relevancia política tanto en el bando demócrata como republicano. Hace unos meses, el asesinato del joven e influyente republicano Charlie Kirk puso en evidencia que la escalada de la violencia política comenzaba a ser sistémica en el actual panorama político. El número de ataques va in crescendo desde que Melissa Hortman, legisladora demócrata estatal de Minnesota, y su marido fueron asesinados el año pasado; aquel mismo día, 14 de junio de 2025, también se atentó contra la vida del senador John Hoffman y su esposa.
Los acontecimientos de sábado en Washington resultan ser una muestra tan evidente como concluyente del elevado nivel de tensión que atraviesa actualmente la sociedad estadounidense. La coincidencia espacial de que el intento de atentado contra Trump se haya producido en el mismo edificio que el sufrido por Ronald Reagan -que a punto estuvo de costarle la vida- propicia comparar uno con el otro. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre ellos, pues el atentado contra éste fue algo aislado y puntual que sirvió para reforzó la cohesión nacional; sin embargo el de Trump debe ser entendido como una manifestación de la fractura, del extremismo político y social que se vive en Estados Unidos.
En este contexto de polarización, de enfrentamiento y tensión social, en un ambiente dominado por la posverdad, la virtualidad de imágenes con apariencia real, en el campo de batalla de la manipulación informativa, surgen sospechas de interpretaciones conspirativas sobre este tipo de acontecimientos, pues el hecho de que la propia víctima sea el mayor beneficiado -hecho incontestable- propicia ese tipo de análisis. No comparto tal interpretación; sembrar la duda evocando conspiraciones sin evidencia sólida tan solo contribuye a aumentar más la desconfianza entrando en el mismo tipo de perverso juego en el que organizaciones extremistas como Q-Anon llevan años intentando involucrar a la sociedad.
La interpretación más consistente -a los precedentes históricos me remito- suele ser la de acciones ejecutadas por un único individuo -recordemos a Unabomber-, los llamados lobos solitarios; individuos inestables muy ideologizados que por lo general, aunque no siempre, sufren problemas personales o psicológicos que reconducen mediante actos de violencia política.
Espero no pecar de ingenuo con tal interpretación pues cierto es que los sucesos del Hilton en Washington servirán para reforzar la popularidad del presidente en un momento especialmente delicado, cuando era contestado y cuestionado por sus seguidores más fieles y cuando sus niveles de popularidad estaban en sus índices más bajos desde que tomó posesión en el segundo mandato.
Más allá de la anécdota de haber aprovechado el incidente para insistir en la construcción de su pabellón de baile en la Casa Blanca -cuestionado judicialmente- alegando que en ese espacio sí se garantizarían las medidas de seguridad adecuadas, el atentado de Washington contribuirá a recomponer la resquebrajada unidad del movimiento MAGA. En las últimas semanas, especialmente a raíz de la crisis con Irán, su apoyo había caído de forma notable, no solo entre la opinión pública general -con unos índices de aceptación en torno al 35%- sino también entre sectores clave de su base, como los protestantes blancos -en particular evangélicos- y parte del electorado católico, tras su enfrentamiento con el Papa. A ello se sumaba el distanciamiento de algunas de sus figuras más influyentes dentro del movimiento, como Tucker Carlson, Marjorie Taylor Greene o Candace Owens.
La volatilidad de las filias y fobias de Trump es de sobra conocida, de manera que este nuevo intento de atentado, bien pudiera servir para atenuar esas tensiones internas y el movimiento vuelva a cohesionarse en torno a la figura de su carismático líder.
José Antonio Gurpegui es catedrático de Estudios Norteamericanos y director de Instituto Franklin-UAH.
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