Un nuevo estudio sugiere que la NASA encontró vida en Marte en 1976

Medio siglo después del aterrizaje de las sondas Viking, una nueva investigación sostiene que los instrumentos detectaron materia orgánica, pero la confundieron con contaminación terrestre debido a la presencia de sustancias químicas desconocidas en aquel momentoHace casi exactamente medio siglo, en julio y septiembre de 1976, las sondas Viking 1 y Viking 2 de la NASA protagonizaron uno de los hitos más extraordinarios de la humanidad: fueron los primeros ingenios humanos (con permiso de la soviética Mars 3, que se posó cinco años antes, en 1971, pero que sólo funcionó durante 20 segundos) que lograron posarse suavemente, y trabajar, sobre la oxidada superficie de nuestro vecino planetario, Marte. Y no iban solo a hacer fotos; pretendían hallar respuesta a una pregunta que desde entonces nos sigue atormentando: ¿Hay o hubo alguna vez vida en el planeta rojo? La ciencia oficial concluyó que las Viking no encontraron nada . Pero ahora, un nuevo y exhaustivo estudio recién publicado en ‘Astrobiology’ sugiere que la respuesta que obtuvimos entonces fue un rotundo ‘sí’, aunque fuimos incapaces de entenderlo. O peor aún: es posible que, en nuestro afán por analizar las muestras, destruyéramos sin querer la primera prueba de vida extraterrestre de la historia.Noticia Relacionada estandar Si Confirmado: en Marte hay rayos, pero no como los de la Tierra José Manuel Nieves Se trata de la primera evidencia sólida de que la atmósfera marciana es eléctricamente activa, aunque no produce grandes rayos atmosféricos, sino pequeñas descargas a ras de suelo«No hay cuerpos, no hay vida»Regresemos por un momento a 1976. Las Viking llevaban a bordo cuatro experimentos biológicos principales y, sorprendentemente, tres de ellos dieron resultados positivos, es decir, compatibles con la actividad metabólica de microbios marcianos.Uno de los experimentos, conocido como Label Release, roció nutrientes marcados con carbono radiactivo sobre el suelo marciano. Si había algo vivo allí, debería ‘comerse’ los nutrientes y expulsar gas radiactivo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. De hecho, los datos fueron tan claros que Gil Levin, el investigador principal de aquel experimento, sostuvo hasta el día de su muerte que habíamos encontrado vida.Lo que en 1976 la NASA descartó como ‘líquido de limpieza’ terrestre podría ser el humo de los cadáveres moleculares de la vida marciana tras pasar por el horno de la VikingSin embargo, el cuarto instrumento, el Cromatógrafo de Gases-Espectrómetro de Masas (GC-MS), aguó la fiesta. Su misión era buscar las moléculas orgánicas (los ladrillos de la vida) en el suelo. El GC-MS calentó la tierra marciana y… no encontró nada. O al menos, nada que la NASA consiguiera identificar como ‘marciano’.Gerald Soffen, científico del proyecto Viking, pronunció entonces una frase que se convertiría en un dogma científico durante décadas: «No hay cuerpos, no hay vida». La lógica era aplastante: ¿Cómo podía haber metabolismo microbiano si no había moléculas orgánicas? La conclusión oficial fue que los resultados favorables de los otros tres experimentos debían ser falsos positivos provocados quizá por una química exótica del suelo, pero no por biología.El ‘error’ de los disolventesY aquí es donde entra en juego el nuevo estudio, liderado por el astrobiólogo Steven Benner, de la Foundation for Applied Molecular Evolution. Según los investigadores, el instrumento GC-MS no falló, sino que fallamos nosotros a la hora de interpretar sus datos.Pero veamos. El instrumento en cuestión detectó pequeñas cantidades de clorometano y diclorometano. En 1976, los científicos de la misión descartaron estos compuestos inmediatamente, asumiendo que eran «contaminantes terrestres», concretamente residuos de disolventes de limpieza utilizados en la Tierra antes del lanzamiento.La sentencia ‘no hay cuerpos, no hay vida’ se convirtió en un dogma inamovible que paralizó la astrobiología durante medio siglo. Pero quizás el instrumento no falló; fallamos nosotros«El GC-MS -explica Benner- mostró una ausencia de moléculas orgánicas, o al menos esa fue la interpretación del equipo Viking. ¡El problema es que ahora sabemos que sí encontró moléculas orgánicas!».¿Cómo pueden Benner y su equipo estar tan seguros 50 años después? La clave llegó en 2008, cuando otra sonda de la NASA, la Phoenix, descubrió algo inesperado en el suelo marciano cerca del polo norte: percloratos.Los percloratos son sales muy oxidantes. Son excelentes para destruir cosas, especialmente si se calientan. Y eso es precisamente lo que hacían los hornos de las Viking: calentar las muestras a 630 grados Celsius.¿Quemamos la evidencia?El nuevo análisis sugiere un escenario que, como mínimo, resulta incómodo para la ciencia. Si en el suelo donde se posaron las Viking había materia orgánica (ya fuera vida microbiana o restos de meteoritos) y también había percloratos (que ahora sabemos que son omnipresentes en Marte), al calentar la muestra en el horno se produjo una reacción química violenta, y los percloratos quemaron y destruyeron cualquier posible materia orgánica que estuviera presente. A lo que hay que añadir otro dato crucial, demostrado en 2010 por el investigador Rafael Navarro-González: «materia orgánica más percloratos produce clorometano y dióxido de carbono». Exactamente lo que detectaron las Viking.«De modo que ahora -sentencia Benner- sabemos que el GC-MS no falló al descubrir orgánicos, sino que los descubrió a través de sus productos de degradación». O dicho de otro modo, lo que en 1976 se consideró «contaminación por productos de limpieza» era, muy probablemente, el humo de los cadáveres moleculares de la vida marciana (o al menos de compuestos orgánicos complejos) que acabábamos de incinerar.Una generación perdidaEn su artículo, los investigadores detallan cómo esta mala interpretación paralizó la búsqueda de vida en Marte durante el medio siglo siguiente. Benner, además, señala una inconsistencia que entonces se pasó por alto: «El clorometano -asegura- no es un disolvente de limpieza; es un gas que hierve a menos 24 grados Celsius». Por lo tanto, era físicamente imposible que fuera un residuo líquido de limpieza traído desde la Tierra.Por no decir que si aceptamos que el GC-MS encontró orgánicos (aunque destruidos), entonces la contradicción que llevó a Soffen a decir «no hay cuerpos» desaparece. De repente, los resultados positivos de los otros tres experimentos (que detectaron metabolismo, intercambio de gases y fijación de carbono) cobran una validez renovada. Ya no necesitamos invocar ‘oxidantes misteriosos’ y desconocidos para explicar por qué el suelo marciano se comportaba como si estuviera vivo.Nuevos datos del PerseveranceLa urgencia por reconsiderar y reinterpretar todos esos datos antiguos ha aumentado, también, gracias a hallazgos mucho más recientes. Y es que el rover Perseverance, que actualmente sigue explorando el cráter Jezero, encontró hace apenas unos meses algo que ha hecho saltar todas las alarmas en la comunidad científica: vivianita. En un estudio publicado en ‘Nature’ en 2025, de hecho, se detalla el hallazgo de materia orgánica asociada a este mineral de fosfato de hierro.Al calentar el suelo a 630 grados, las sales de perclorato presentes en Marte actuaron como un combustible químico, incinerando cualquier rastro biológico antes de que pudiera ser identificadoEn la Tierra, la vivianita se forma habitualmente en entornos pantanosos o lacustres donde la materia orgánica en descomposición interactúa con el hierro. Es lo que llamamos una ‘biofirma potencial’. Y aunque es posible crearla mediante procesos geológicos abióticos, encontrar vivianita junto a materia orgánica en el lecho de un antiguo lago marciano es como encontrar humo y cerillas en el mismo sitio: no prueba el fuego, pero es extremadamente sospechoso.El hallazgo refuerza la tesis de Benner: Marte tiene, y ha tenido, química orgánica compleja en su superficie. La idea de un planeta estéril y muerto, incapaz de sostener ni la molécula más simple, se desmorona día a día.Humanos en el horizonteLa cuestión se vuelve cada vez más relevante por el simple hecho de que la humanidad está ‘a punto’ de ir allí. Y con los planes de la NASA y de empresas privadas como SpaceX para enviar humanos a Marte en la próxima década, nos enfrentamos a un riesgo biológico sin precedentes. Si las Viking encontraron vida y la ignoramos, los futuros astronautas podrían estar aterrizando en un ecosistema activo sin saberlo.Lo cual, advierte el estudio, plantea también delicadas cuestiones tanto legales como sanitarias. El Tratado del Espacio Ultraterrestre, de hecho, habla claro: establece normas estrictas (Protección Planetaria de Clase V) para evitar la contaminación cruzada. De modo que si los astronautas encuentran vida indígena, «tendrían prohibido regresar a la Tierra antes de demostrar que la vida marciana encontrada no supone un peligro para la biosfera terrestre». Lo que en la práctica significa que los astronautas quedarían varados en Marte indefinidamente.Si los astronautas se toparan con vida, el Tratado del Espacio les prohibiría regresar a la Tierra para evitar una contaminación biológica, dejándolos varados en MartePor eso, escriben los autores, «llamar a aquello el ‘final del partido’ tuvo un resultado desafortunado: impidió el establecimiento de una dialéctica necesaria para que el proceso científico siguiera funcionando». La ciencia no avanza con dogmas, sino con desafíos constantes a lo establecido.¿Y si somos nosotros los marcianos?Existe, además, una ironía final en todo este asunto. Algunos modelos teóricos sugieren que la vida podría haber comenzado en Marte antes que en la Tierra, viajando después hasta aquí a bordo de meteoritos. Es decir, que si las Viking realmente detectaron vida, no solo habríamos encontrado alienígenas; podríamos haber encontrado a nuestros parientes lejanos, o incluso a nuestros primeros ancestros moleculares.Por último, Benner sugiere que la próxima generación de misiones robóticas debería diseñarse no para buscar ‘si’ hay vida en Marte, sino para asumir que podría haberla y detectarla sin destruirla. Para lo cual se necesitan instrumentos capaces de buscar ‘in situ’ secuencias genéticas, y no solo de quemar tierra para ‘oler’ el humo que sale.Como diría Carl Sagan, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Pero, como nos recuerda Benner, a veces tenemos las pruebas delante de las narices y simplemente nos negamos a creer en ellas. Marte nunca ha dejado de susurrarnos que está vivo; quizás ahora, 50 años después, estemos empezando a escucharlo. Medio siglo después del aterrizaje de las sondas Viking, una nueva investigación sostiene que los instrumentos detectaron materia orgánica, pero la confundieron con contaminación terrestre debido a la presencia de sustancias químicas desconocidas en aquel momentoHace casi exactamente medio siglo, en julio y septiembre de 1976, las sondas Viking 1 y Viking 2 de la NASA protagonizaron uno de los hitos más extraordinarios de la humanidad: fueron los primeros ingenios humanos (con permiso de la soviética Mars 3, que se posó cinco años antes, en 1971, pero que sólo funcionó durante 20 segundos) que lograron posarse suavemente, y trabajar, sobre la oxidada superficie de nuestro vecino planetario, Marte. Y no iban solo a hacer fotos; pretendían hallar respuesta a una pregunta que desde entonces nos sigue atormentando: ¿Hay o hubo alguna vez vida en el planeta rojo? La ciencia oficial concluyó que las Viking no encontraron nada . Pero ahora, un nuevo y exhaustivo estudio recién publicado en ‘Astrobiology’ sugiere que la respuesta que obtuvimos entonces fue un rotundo ‘sí’, aunque fuimos incapaces de entenderlo. O peor aún: es posible que, en nuestro afán por analizar las muestras, destruyéramos sin querer la primera prueba de vida extraterrestre de la historia.Noticia Relacionada estandar Si Confirmado: en Marte hay rayos, pero no como los de la Tierra José Manuel Nieves Se trata de la primera evidencia sólida de que la atmósfera marciana es eléctricamente activa, aunque no produce grandes rayos atmosféricos, sino pequeñas descargas a ras de suelo«No hay cuerpos, no hay vida»Regresemos por un momento a 1976. Las Viking llevaban a bordo cuatro experimentos biológicos principales y, sorprendentemente, tres de ellos dieron resultados positivos, es decir, compatibles con la actividad metabólica de microbios marcianos.Uno de los experimentos, conocido como Label Release, roció nutrientes marcados con carbono radiactivo sobre el suelo marciano. Si había algo vivo allí, debería ‘comerse’ los nutrientes y expulsar gas radiactivo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. De hecho, los datos fueron tan claros que Gil Levin, el investigador principal de aquel experimento, sostuvo hasta el día de su muerte que habíamos encontrado vida.Lo que en 1976 la NASA descartó como ‘líquido de limpieza’ terrestre podría ser el humo de los cadáveres moleculares de la vida marciana tras pasar por el horno de la VikingSin embargo, el cuarto instrumento, el Cromatógrafo de Gases-Espectrómetro de Masas (GC-MS), aguó la fiesta. Su misión era buscar las moléculas orgánicas (los ladrillos de la vida) en el suelo. El GC-MS calentó la tierra marciana y… no encontró nada. O al menos, nada que la NASA consiguiera identificar como ‘marciano’.Gerald Soffen, científico del proyecto Viking, pronunció entonces una frase que se convertiría en un dogma científico durante décadas: «No hay cuerpos, no hay vida». La lógica era aplastante: ¿Cómo podía haber metabolismo microbiano si no había moléculas orgánicas? La conclusión oficial fue que los resultados favorables de los otros tres experimentos debían ser falsos positivos provocados quizá por una química exótica del suelo, pero no por biología.El ‘error’ de los disolventesY aquí es donde entra en juego el nuevo estudio, liderado por el astrobiólogo Steven Benner, de la Foundation for Applied Molecular Evolution. Según los investigadores, el instrumento GC-MS no falló, sino que fallamos nosotros a la hora de interpretar sus datos.Pero veamos. El instrumento en cuestión detectó pequeñas cantidades de clorometano y diclorometano. En 1976, los científicos de la misión descartaron estos compuestos inmediatamente, asumiendo que eran «contaminantes terrestres», concretamente residuos de disolventes de limpieza utilizados en la Tierra antes del lanzamiento.La sentencia ‘no hay cuerpos, no hay vida’ se convirtió en un dogma inamovible que paralizó la astrobiología durante medio siglo. Pero quizás el instrumento no falló; fallamos nosotros«El GC-MS -explica Benner- mostró una ausencia de moléculas orgánicas, o al menos esa fue la interpretación del equipo Viking. ¡El problema es que ahora sabemos que sí encontró moléculas orgánicas!».¿Cómo pueden Benner y su equipo estar tan seguros 50 años después? La clave llegó en 2008, cuando otra sonda de la NASA, la Phoenix, descubrió algo inesperado en el suelo marciano cerca del polo norte: percloratos.Los percloratos son sales muy oxidantes. Son excelentes para destruir cosas, especialmente si se calientan. Y eso es precisamente lo que hacían los hornos de las Viking: calentar las muestras a 630 grados Celsius.¿Quemamos la evidencia?El nuevo análisis sugiere un escenario que, como mínimo, resulta incómodo para la ciencia. Si en el suelo donde se posaron las Viking había materia orgánica (ya fuera vida microbiana o restos de meteoritos) y también había percloratos (que ahora sabemos que son omnipresentes en Marte), al calentar la muestra en el horno se produjo una reacción química violenta, y los percloratos quemaron y destruyeron cualquier posible materia orgánica que estuviera presente. A lo que hay que añadir otro dato crucial, demostrado en 2010 por el investigador Rafael Navarro-González: «materia orgánica más percloratos produce clorometano y dióxido de carbono». Exactamente lo que detectaron las Viking.«De modo que ahora -sentencia Benner- sabemos que el GC-MS no falló al descubrir orgánicos, sino que los descubrió a través de sus productos de degradación». O dicho de otro modo, lo que en 1976 se consideró «contaminación por productos de limpieza» era, muy probablemente, el humo de los cadáveres moleculares de la vida marciana (o al menos de compuestos orgánicos complejos) que acabábamos de incinerar.Una generación perdidaEn su artículo, los investigadores detallan cómo esta mala interpretación paralizó la búsqueda de vida en Marte durante el medio siglo siguiente. Benner, además, señala una inconsistencia que entonces se pasó por alto: «El clorometano -asegura- no es un disolvente de limpieza; es un gas que hierve a menos 24 grados Celsius». Por lo tanto, era físicamente imposible que fuera un residuo líquido de limpieza traído desde la Tierra.Por no decir que si aceptamos que el GC-MS encontró orgánicos (aunque destruidos), entonces la contradicción que llevó a Soffen a decir «no hay cuerpos» desaparece. De repente, los resultados positivos de los otros tres experimentos (que detectaron metabolismo, intercambio de gases y fijación de carbono) cobran una validez renovada. Ya no necesitamos invocar ‘oxidantes misteriosos’ y desconocidos para explicar por qué el suelo marciano se comportaba como si estuviera vivo.Nuevos datos del PerseveranceLa urgencia por reconsiderar y reinterpretar todos esos datos antiguos ha aumentado, también, gracias a hallazgos mucho más recientes. Y es que el rover Perseverance, que actualmente sigue explorando el cráter Jezero, encontró hace apenas unos meses algo que ha hecho saltar todas las alarmas en la comunidad científica: vivianita. En un estudio publicado en ‘Nature’ en 2025, de hecho, se detalla el hallazgo de materia orgánica asociada a este mineral de fosfato de hierro.Al calentar el suelo a 630 grados, las sales de perclorato presentes en Marte actuaron como un combustible químico, incinerando cualquier rastro biológico antes de que pudiera ser identificadoEn la Tierra, la vivianita se forma habitualmente en entornos pantanosos o lacustres donde la materia orgánica en descomposición interactúa con el hierro. Es lo que llamamos una ‘biofirma potencial’. Y aunque es posible crearla mediante procesos geológicos abióticos, encontrar vivianita junto a materia orgánica en el lecho de un antiguo lago marciano es como encontrar humo y cerillas en el mismo sitio: no prueba el fuego, pero es extremadamente sospechoso.El hallazgo refuerza la tesis de Benner: Marte tiene, y ha tenido, química orgánica compleja en su superficie. La idea de un planeta estéril y muerto, incapaz de sostener ni la molécula más simple, se desmorona día a día.Humanos en el horizonteLa cuestión se vuelve cada vez más relevante por el simple hecho de que la humanidad está ‘a punto’ de ir allí. Y con los planes de la NASA y de empresas privadas como SpaceX para enviar humanos a Marte en la próxima década, nos enfrentamos a un riesgo biológico sin precedentes. Si las Viking encontraron vida y la ignoramos, los futuros astronautas podrían estar aterrizando en un ecosistema activo sin saberlo.Lo cual, advierte el estudio, plantea también delicadas cuestiones tanto legales como sanitarias. El Tratado del Espacio Ultraterrestre, de hecho, habla claro: establece normas estrictas (Protección Planetaria de Clase V) para evitar la contaminación cruzada. De modo que si los astronautas encuentran vida indígena, «tendrían prohibido regresar a la Tierra antes de demostrar que la vida marciana encontrada no supone un peligro para la biosfera terrestre». Lo que en la práctica significa que los astronautas quedarían varados en Marte indefinidamente.Si los astronautas se toparan con vida, el Tratado del Espacio les prohibiría regresar a la Tierra para evitar una contaminación biológica, dejándolos varados en MartePor eso, escriben los autores, «llamar a aquello el ‘final del partido’ tuvo un resultado desafortunado: impidió el establecimiento de una dialéctica necesaria para que el proceso científico siguiera funcionando». La ciencia no avanza con dogmas, sino con desafíos constantes a lo establecido.¿Y si somos nosotros los marcianos?Existe, además, una ironía final en todo este asunto. Algunos modelos teóricos sugieren que la vida podría haber comenzado en Marte antes que en la Tierra, viajando después hasta aquí a bordo de meteoritos. Es decir, que si las Viking realmente detectaron vida, no solo habríamos encontrado alienígenas; podríamos haber encontrado a nuestros parientes lejanos, o incluso a nuestros primeros ancestros moleculares.Por último, Benner sugiere que la próxima generación de misiones robóticas debería diseñarse no para buscar ‘si’ hay vida en Marte, sino para asumir que podría haberla y detectarla sin destruirla. Para lo cual se necesitan instrumentos capaces de buscar ‘in situ’ secuencias genéticas, y no solo de quemar tierra para ‘oler’ el humo que sale.Como diría Carl Sagan, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Pero, como nos recuerda Benner, a veces tenemos las pruebas delante de las narices y simplemente nos negamos a creer en ellas. Marte nunca ha dejado de susurrarnos que está vivo; quizás ahora, 50 años después, estemos empezando a escucharlo.  

Medio siglo después del aterrizaje de las sondas Viking, una nueva investigación sostiene que los instrumentos detectaron materia orgánica, pero la confundieron con contaminación terrestre debido a la presencia de sustancias químicas desconocidas en aquel momento

Hace casi exactamente medio siglo, en julio y septiembre … de 1976, las sondas Viking 1 y Viking 2 de la NASA protagonizaron uno de los hitos más extraordinarios de la humanidad: fueron los primeros ingenios humanos (con permiso de la soviética Mars 3, que se posó cinco años antes, en 1971, pero que sólo funcionó durante 20 segundos) que lograron posarse suavemente, y trabajar, sobre la oxidada superficie de nuestro vecino planetario, Marte.

Y no iban solo a hacer fotos; pretendían hallar respuesta a una pregunta que desde entonces nos sigue atormentando: ¿Hay o hubo alguna vez vida en el planeta rojo? La ciencia oficial concluyó que las Viking no encontraron nada. Pero ahora, un nuevo y exhaustivo estudio recién publicado en ‘Astrobiology’ sugiere que la respuesta que obtuvimos entonces fue un rotundo ‘sí’, aunque fuimos incapaces de entenderlo. O peor aún: es posible que, en nuestro afán por analizar las muestras, destruyéramos sin querer la primera prueba de vida extraterrestre de la historia.

«No hay cuerpos, no hay vida»

Regresemos por un momento a 1976. Las Viking llevaban a bordo cuatro experimentos biológicos principales y, sorprendentemente, tres de ellos dieron resultados positivos, es decir, compatibles con la actividad metabólica de microbios marcianos.

Uno de los experimentos, conocido como Label Release, roció nutrientes marcados con carbono radiactivo sobre el suelo marciano. Si había algo vivo allí, debería ‘comerse’ los nutrientes y expulsar gas radiactivo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. De hecho, los datos fueron tan claros que Gil Levin, el investigador principal de aquel experimento, sostuvo hasta el día de su muerte que habíamos encontrado vida.

Lo que en 1976 la NASA descartó como ‘líquido de limpieza’ terrestre podría ser el humo de los cadáveres moleculares de la vida marciana tras pasar por el horno de la Viking

Sin embargo, el cuarto instrumento, el Cromatógrafo de Gases-Espectrómetro de Masas (GC-MS), aguó la fiesta. Su misión era buscar las moléculas orgánicas (los ladrillos de la vida) en el suelo. El GC-MS calentó la tierra marciana y… no encontró nada. O al menos, nada que la NASA consiguiera identificar como ‘marciano’.

Gerald Soffen, científico del proyecto Viking, pronunció entonces una frase que se convertiría en un dogma científico durante décadas: «No hay cuerpos, no hay vida». La lógica era aplastante: ¿Cómo podía haber metabolismo microbiano si no había moléculas orgánicas? La conclusión oficial fue que los resultados favorables de los otros tres experimentos debían ser falsos positivos provocados quizá por una química exótica del suelo, pero no por biología.

El ‘error’ de los disolventes

Y aquí es donde entra en juego el nuevo estudio, liderado por el astrobiólogo Steven Benner, de la Foundation for Applied Molecular Evolution. Según los investigadores, el instrumento GC-MS no falló, sino que fallamos nosotros a la hora de interpretar sus datos.

Pero veamos. El instrumento en cuestión detectó pequeñas cantidades de clorometano y diclorometano. En 1976, los científicos de la misión descartaron estos compuestos inmediatamente, asumiendo que eran «contaminantes terrestres», concretamente residuos de disolventes de limpieza utilizados en la Tierra antes del lanzamiento.

La sentencia ‘no hay cuerpos, no hay vida’ se convirtió en un dogma inamovible que paralizó la astrobiología durante medio siglo. Pero quizás el instrumento no falló; fallamos nosotros

«El GC-MS -explica Benner- mostró una ausencia de moléculas orgánicas, o al menos esa fue la interpretación del equipo Viking. ¡El problema es que ahora sabemos que sí encontró moléculas orgánicas!».

¿Cómo pueden Benner y su equipo estar tan seguros 50 años después? La clave llegó en 2008, cuando otra sonda de la NASA, la Phoenix, descubrió algo inesperado en el suelo marciano cerca del polo norte: percloratos.

Los percloratos son sales muy oxidantes. Son excelentes para destruir cosas, especialmente si se calientan. Y eso es precisamente lo que hacían los hornos de las Viking: calentar las muestras a 630 grados Celsius.

¿Quemamos la evidencia?

El nuevo análisis sugiere un escenario que, como mínimo, resulta incómodo para la ciencia. Si en el suelo donde se posaron las Viking había materia orgánica (ya fuera vida microbiana o restos de meteoritos) y también había percloratos (que ahora sabemos que son omnipresentes en Marte), al calentar la muestra en el horno se produjo una reacción química violenta, y los percloratos quemaron y destruyeron cualquier posible materia orgánica que estuviera presente. A lo que hay que añadir otro dato crucial, demostrado en 2010 por el investigador Rafael Navarro-González: «materia orgánica más percloratos produce clorometano y dióxido de carbono». Exactamente lo que detectaron las Viking.

«De modo que ahora -sentencia Benner- sabemos que el GC-MS no falló al descubrir orgánicos, sino que los descubrió a través de sus productos de degradación». O dicho de otro modo, lo que en 1976 se consideró «contaminación por productos de limpieza» era, muy probablemente, el humo de los cadáveres moleculares de la vida marciana (o al menos de compuestos orgánicos complejos) que acabábamos de incinerar.

Una generación perdida

En su artículo, los investigadores detallan cómo esta mala interpretación paralizó la búsqueda de vida en Marte durante el medio siglo siguiente. Benner, además, señala una inconsistencia que entonces se pasó por alto: «El clorometano -asegura- no es un disolvente de limpieza; es un gas que hierve a menos 24 grados Celsius». Por lo tanto, era físicamente imposible que fuera un residuo líquido de limpieza traído desde la Tierra.

Por no decir que si aceptamos que el GC-MS encontró orgánicos (aunque destruidos), entonces la contradicción que llevó a Soffen a decir «no hay cuerpos» desaparece. De repente, los resultados positivos de los otros tres experimentos (que detectaron metabolismo, intercambio de gases y fijación de carbono) cobran una validez renovada. Ya no necesitamos invocar ‘oxidantes misteriosos’ y desconocidos para explicar por qué el suelo marciano se comportaba como si estuviera vivo.

Nuevos datos del Perseverance

La urgencia por reconsiderar y reinterpretar todos esos datos antiguos ha aumentado, también, gracias a hallazgos mucho más recientes. Y es que el rover Perseverance, que actualmente sigue explorando el cráter Jezero, encontró hace apenas unos meses algo que ha hecho saltar todas las alarmas en la comunidad científica: vivianita. En un estudio publicado en ‘Nature’ en 2025, de hecho, se detalla el hallazgo de materia orgánica asociada a este mineral de fosfato de hierro.

Al calentar el suelo a 630 grados, las sales de perclorato presentes en Marte actuaron como un combustible químico, incinerando cualquier rastro biológico antes de que pudiera ser identificado

En la Tierra, la vivianita se forma habitualmente en entornos pantanosos o lacustres donde la materia orgánica en descomposición interactúa con el hierro. Es lo que llamamos una ‘biofirma potencial’. Y aunque es posible crearla mediante procesos geológicos abióticos, encontrar vivianita junto a materia orgánica en el lecho de un antiguo lago marciano es como encontrar humo y cerillas en el mismo sitio: no prueba el fuego, pero es extremadamente sospechoso.

El hallazgo refuerza la tesis de Benner: Marte tiene, y ha tenido, química orgánica compleja en su superficie. La idea de un planeta estéril y muerto, incapaz de sostener ni la molécula más simple, se desmorona día a día.

Humanos en el horizonte

La cuestión se vuelve cada vez más relevante por el simple hecho de que la humanidad está ‘a punto’ de ir allí. Y con los planes de la NASA y de empresas privadas como SpaceX para enviar humanos a Marte en la próxima década, nos enfrentamos a un riesgo biológico sin precedentes. Si las Viking encontraron vida y la ignoramos, los futuros astronautas podrían estar aterrizando en un ecosistema activo sin saberlo.

Lo cual, advierte el estudio, plantea también delicadas cuestiones tanto legales como sanitarias. El Tratado del Espacio Ultraterrestre, de hecho, habla claro: establece normas estrictas (Protección Planetaria de Clase V) para evitar la contaminación cruzada. De modo que si los astronautas encuentran vida indígena, «tendrían prohibido regresar a la Tierra antes de demostrar que la vida marciana encontrada no supone un peligro para la biosfera terrestre». Lo que en la práctica significa que los astronautas quedarían varados en Marte indefinidamente.

Si los astronautas se toparan con vida, el Tratado del Espacio les prohibiría regresar a la Tierra para evitar una contaminación biológica, dejándolos varados en Marte

Por eso, escriben los autores, «llamar a aquello el ‘final del partido’ tuvo un resultado desafortunado: impidió el establecimiento de una dialéctica necesaria para que el proceso científico siguiera funcionando». La ciencia no avanza con dogmas, sino con desafíos constantes a lo establecido.

¿Y si somos nosotros los marcianos?

Existe, además, una ironía final en todo este asunto. Algunos modelos teóricos sugieren que la vida podría haber comenzado en Marte antes que en la Tierra, viajando después hasta aquí a bordo de meteoritos. Es decir, que si las Viking realmente detectaron vida, no solo habríamos encontrado alienígenas; podríamos haber encontrado a nuestros parientes lejanos, o incluso a nuestros primeros ancestros moleculares.

Por último, Benner sugiere que la próxima generación de misiones robóticas debería diseñarse no para buscar ‘si’ hay vida en Marte, sino para asumir que podría haberla y detectarla sin destruirla. Para lo cual se necesitan instrumentos capaces de buscar ‘in situ’ secuencias genéticas, y no solo de quemar tierra para ‘oler’ el humo que sale.

Como diría Carl Sagan, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Pero, como nos recuerda Benner, a veces tenemos las pruebas delante de las narices y simplemente nos negamos a creer en ellas. Marte nunca ha dejado de susurrarnos que está vivo; quizás ahora, 50 años después, estemos empezando a escucharlo.

ABC Premium

Límite de sesiones alcanzadas

  • El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a la vez. Por favor, inténtalo pasados unos minutos.

Volver a intentarABC Premium

Has superado el límite de sesiones

  • Sólo puedes tener tres sesiones iniciadas a la vez. Hemos cerrado la sesión más antigua para que sigas navegando sin límites en el resto.

Sigue navegando

Artículo solo para suscriptores

 RSS de noticias de ciencia

Te Puede Interesar