Un genocidio no apto para el arte

Entre los muchos momentos de fascinación vividos en la Bienal de Venecia, recuerdo aún con asombro y una rara sensación de extravío Giardini , una película de Steve McQueen que mostraba cómo era, en invierno, la vida en los Giardini, el parque público donde, en verano, se alzan los pabellones, cada uno dedicado a una nación diferente, con los artistas y coleccionistas del mundo abrazándose y chismorreando por los senderos. Lejana ya la fiesta, cuando el arte de la anterior edición hacía tiempo que se había marchado del recinto, McQueen volvió a recorrer los jardines con su cámara: tierra mojada por la lluvia, montones de basura yaciendo esparcidos por el césped, un gusano deslizándose por un charco, una mujer nonagenaria arrastrando su carrito de la compra para alimentar a los gatos, uno de esos cruceros gigantescos que empequeñecen la ciudad provocando un eclipse de sol, los cánticos de un campo de fútbol cercano o la presencia fantasmal de una manada de maltrechos galgos de carreras que ya no sirven para correr y deberían estar muertos. Vacío y desolación. Es todo lo que parecía haber dejado la Biennale. Las cenizas de los propósitos inciertos y la incertidumbre sobre la capacidad del arte para transformar un mundo en crisis.

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 Entre los muchos momentos de fascinación vividos en la Bienal de Venecia, recuerdo aún con asombro y una rara sensación de extravío Giardini , una película de Steve McQueen que mostraba cómo era, en invierno, la vida en los Giardini, el parque público donde, en verano, se alzan los pabellones, cada uno dedicado a una nación diferente, con los artistas y coleccionistas del mundo abrazándose y chismorreando por los senderos. Lejana ya la fiesta, cuando el arte de la anterior edición hacía tiempo que se había marchado del recinto, McQueen volvió a recorrer los jardines con su cámara: tierra mojada por la lluvia, montones de basura yaciendo esparcidos por el césped, un gusano deslizándose por un charco, una mujer nonagenaria arrastrando su carrito de la compra para alimentar a los gatos, uno de esos cruceros gigantescos que empequeñecen la ciudad provocando un eclipse de sol, los cánticos de un campo de fútbol cercano o la presencia fantasmal de una manada de maltrechos galgos de carreras que ya no sirven para correr y deberían estar muertos. Vacío y desolación. Es todo lo que parecía haber dejado la Biennale. Las cenizas de los propósitos inciertos y la incertidumbre sobre la capacidad del arte para transformar un mundo en crisis.Seguir leyendo…  

Entre los muchos momentos de fascinación vividos en la Bienal de Venecia, recuerdo aún con asombro y una rara sensación de extravío Giardini , una película de Steve McQueen que mostraba cómo era, en invierno, la vida en los Giardini, el parque público donde, en verano, se alzan los pabellones, cada uno dedicado a una nación diferente, con los artistas y coleccionistas del mundo abrazándose y chismorreando por los senderos. Lejana ya la fiesta, cuando el arte de la anterior edición hacía tiempo que se había marchado del recinto, McQueen volvió a recorrer los jardines con su cámara: tierra mojada por la lluvia, montones de basura yaciendo esparcidos por el césped, un gusano deslizándose por un charco, una mujer nonagenaria arrastrando su carrito de la compra para alimentar a los gatos, uno de esos cruceros gigantescos que empequeñecen la ciudad provocando un eclipse de sol, los cánticos de un campo de fútbol cercano o la presencia fantasmal de una manada de maltrechos galgos de carreras que ya no sirven para correr y deberían estar muertos. Vacío y desolación. Es todo lo que parecía haber dejado la Biennale. Las cenizas de los propósitos inciertos y la incertidumbre sobre la capacidad del arte para transformar un mundo en crisis.

Un visitante observa una instalación audiovisual de la artista Gabrielle Goliath en el pabellón central del pasada Bienal de Venecia (Gabriel Bouys/Afp vía Getty)
Un visitante observa una instalación audiovisual de la artista Gabrielle Goliath en el pabellón central del pasada Bienal de Venecia  
Gabriel Bouys/Afp vía Getty

La película de McQueen, videoartista que tiempo después arrasaría en los Oscar con 12 años de esclavitud , me viene a la memoria al enterarme que el ministro de Cultura de Sudáfrica, el derechista Gayton McKenzie, ha descabalgado a la artista seleccionada por un comité de expertos para representar a su país en la próxima Biennale, Gabrielle Goliath. ¿La razón? Elegy, proyecto en el que viene trabajando desde hace una década en torno al feminicidio y el asesinato de personas LGBTQI+ cuyas vidas fueron arrebatadas por violencia de género o cuestiones raciales en Sudáfrica, incorporaría en Venecia la crisis de desplazados y las muertes de mujeres y niños en Gaza, representados en la voz de la poeta palestina Hiba Abu Nada, asesinada durante un ataque aéreo israelí.

Sudáfrica cancela a la artista Gabrielle Goliath en Venecia por hablar de los muertos en Gaza

Pero, ¿Sudáfrica no fue el país que, arriesgándose a represalias internacionales, denunció en 2023 a Israel por genocidio ante la justicia internacional? La censura que el ministro rebelde ha ejercido de forma unilateral en contra de su gobierno, se suma a las decenas y centenares de cancelaciones que se han producido en los museos desde que comenzaron los ataques en la Franja. Como si la respuesta desde el arte fuera una amenaza demasiado grande para asumir riesgos. 

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Efectivamente, la de Goliath es una obra subversiva en tanto que representa una suerte de archivo del duelo que da voz a vidas que debían ser borradas. Pero no hay balas en la recámara ni tiros en la sien. Es el lamento de los muertos que se une al de los vivos en un mundo de guerras, refugiados y destrucción. Goliath, de 42 años, no se rinde y ya ha denunciado al ministro. “La esperanza es una disciplina”, dice citando a la activista afroamericana Mariame Kaba.

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