Esta semana tuve una experiencia tan terrorífica como ridícula. Abrí la aplicación de notas de mi móvil y me la encontré vacía: todas las notas tomadas durante los últimos años habían desaparecido. Tengo una libreta física donde también anoto ideas a mano, pero no siempre la llevo encima, así que las notas del móvil han terminado siendo un repositorio de tesoros banales y no tan banales: listas de la compra, el comienzo de algún cuento, el teléfono de un desconocido, un récord de mis sueños más extraños, recordatorios médicos y revelaciones efímeras.
Esta semana tuve una experiencia tan terrorífica como ridícula. Abrí la aplicación de notas de mi móvil y me la encontré vacía: todas las notas tomadas durante los últimos años habían desaparecido. Tengo una libreta física donde también anoto ideas a mano, pero no siempre la llevo encima, así que las notas del móvil han terminado siendo un repositorio de tesoros banales y no tan banales: listas de la compra, el comienzo de algún cuento, el teléfono de un desconocido, un récord de mis sueños más extraños, recordatorios médicos y revelaciones efímeras.Seguir leyendo…
Esta semana tuve una experiencia tan terrorífica como ridícula. Abrí la aplicación de notas de mi móvil y me la encontré vacía: todas las notas tomadas durante los últimos años habían desaparecido. Tengo una libreta física donde también anoto ideas a mano, pero no siempre la llevo encima, así que las notas del móvil han terminado siendo un repositorio de tesoros banales y no tan banales: listas de la compra, el comienzo de algún cuento, el teléfono de un desconocido, un récord de mis sueños más extraños, recordatorios médicos y revelaciones efímeras.
También esta semana empecé a leer Transcription , la última novela del escritor estadounidense Ben Lerner, que todos mis amigos parecían estar leyendo y discutiendo. No me sucede eso de sospechar acerca de los libros que tienen éxito, más bien pienso que alguna tecla deben tocar, que lo popular siempre es interesante, aunque no sea del gusto de uno. Y entendí perfectamente por qué la novela de Lerner ha sido carne de debate, de celos y de admiración (cosa que, para un libro, ya es un mérito): la premisa es tan trivial como verdadera, y muy parecida a lo que me sucedió con el móvil.
¿Qué importa frente a la muerte? ¿Lo que decimos creer, lo que creemos sentir o los hechos, tan elusivos?
El narrador, un antiguo estudiante universitario, va de camino a entrevistar a Thomas, su profesor y mentor de juventud, un intelectual que pertenece más al siglo pasado que al nuestro, y cuya última entrevista quizás sea ésta, la que vamos a leer. Pero en cuanto el narrador llega a destino –a Providence, donde vive Thomas a sus ochenta y tantos años– el móvil se le resbala de las manos y termina sumergido en el baño; algo que nos ha pasado a muchos. El entrevistador se queda sin aparato que grabe la conversación.
Así comienza un laberinto de percepciones, recuerdos y fantasmas que sólo es posible, precisamente, porque la entrevista no está siendo registrada. El entrevistador se ve obligado –y el lector también– a contemplar cada detalle, titubeo y error en la narración de la vida de Thomas, que incluye al narrador, a quien el anciano confunde con su propio hijo. Todo esto desemboca en una trama de equívocos, glitches y cuestionables puntos de vista que son imposibles de confirmar: porque no están transcritos, no estamos ante la transcripción sino ante la vida.
La novela se está traduciendo al español, así que no haré spoiler. Pero lo que parece una historia contemporánea sobre la tecnología y sus deficiencias (o las nuestras al confiar en la nube, fantasmagórica y fallida) es en realidad una reflexión sobre padres e hijos, las ambigüedades familiares y la posibilidad de redención: ¿Qué importa frente a la muerte? ¿Lo que decimos creer, lo que creemos sentir, o algo tan elusivo y parcial como los hechos? Tal vez lo único cierto, innegable como una roca, sea lo que permanece aunque no hagamos el esfuerzo de registrarlo. Tiene un esfuerzo propio, una necesidad de existir, no precisa nuestra ayuda. Lo que vuelve aunque lo hayamos olvidado, incluso aunque no lo hayamos querido, es lo real. Lo demás es sólo una transcripción.
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