Los europeos (del norte) tendrían que aprender a estimar el aire acondicionado, decía hace unos días The Economist . Y los del sur, la gestión de las masas forestales y las sequías, podríamos añadir nosotros. Y las lluvias torrenciales, el aumento del nivel del mar y las danas y los incipientes huracanes. Todos, y más, resultado del cambio climático, que dicen que afecta Europa con más intensidad que al conjunto del mundo.
Los europeos (del norte) tendrían que aprender a estimar el aire acondicionado, decía hace unos días The Economist . Y los del sur, la gestión de las masas forestales y las sequías, podríamos añadir nosotros. Y las lluvias torrenciales, el aumento del nivel del mar y las danas y los incipientes huracanes. Todos, y más, resultado del cambio climático, que dicen que afecta Europa con más intensidad que al conjunto del mundo.Seguir leyendo…
Los europeos (del norte) tendrían que aprender a estimar el aire acondicionado, decía hace unos días The Economist . Y los del sur, la gestión de las masas forestales y las sequías, podríamos añadir nosotros. Y las lluvias torrenciales, el aumento del nivel del mar y las danas y los incipientes huracanes. Todos, y más, resultado del cambio climático, que dicen que afecta Europa con más intensidad que al conjunto del mundo.

Hace décadas que debatimos y dedicamos cantidades ingentes de recursos y aceleramos cambios productivos y modelos de consumo para frenar el cambio climático. Europa, poco consciente aunque su climatología templada por la latitud y la corriente del Golfo ha sido una de las claves para su hegemonía mundial durante siglos, ve ahora sorpresa que, a pesar de ser la abanderada de la descarbonización, los efectos del cambio climático empiezan a ser imparables. Por eso, Europa tendría que abrir el foco de su atención y dedicar una parte ingente de sus esfuerzos a adaptarse a las nuevas coordenadas climáticas.
Las necesidades varían según las regiones, pero el programa para hacernos más resilientes al cambio climático tendría que ser conjunto. Viviendas, equipamientos, infraestructuras, industrias y centros productivos, bosques, frente marítimo, tendrían que concentrar los esfuerzos. Podemos vivir razonablemente bien y tener una economía competitiva aunque las condiciones climatológicas se endurezcan y se parezcan más a las del sur de EE.UU. o a las del norte de África.
Hay que repensar las inercias: desde el calendario escolar a las horas de trabajo y ocio
Ya es hora que nos demos cuenta que por muy bien que lo hagamos y por mucho éxito mundial que llegue a tener nuestro ejemplo, el cambio climático es una variable externa y tiene una inercia que no podemos controlar y ante la cual la verdadera alternativa es adaptarnos. De la misma manera que el aire acondicionado está mucho más implantado –hogares, transportes, edificios de servicios– en el sur que en el norte de Europa, hay países que nos llevan mucha ventaja en la gestión de condiciones climáticas mucho más extremas, desde Israel y la gestión del agua hasta los países del Golfo y las ciudades subterráneas. Tenemos que empezar a fijarnos y aprender todo lo que sea razonable.
La lucha para resistir mejor el cambio climático es también un combate para evitar que se profundicen las brechas sociales y generacionales. En nuestra casa, ya tenemos constancia empírica de lo que todo el mundo sabía: el nivel de confort de las viviendas –simbolizado por el aire acondicionado– tiene una clara correlación con los ingresos familiares. Igualmente, las personas que trabajan al aire libre, y son más susceptibles de sufrir los efectos del calor, son las de menor calificación. Hay que repensar muchas inercias a la hora de organizarnos social y productivamente. Desde el calendario escolar a los horarios de trabajo y ocio. Desde el abandono de la montaña hasta la urbanización de la costa. Desde los materiales y propiedades de las infraestructuras hasta la ocupación permanente de zonas inundables. Nos hacen falta planes globales y locales de adaptación al cambio climático.
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