Recreación lírica de un puticlub en el Liceu

Si los Oscars suponían este lunes un adiós al sueño americano –en la realidad y en la ficción–, el estreno anoche de la Manon Lescaut de Giacomo Puccini en el Liceu tuvo mucho de adieu al sueño europeo. También al sueño europeo de la ópera. Pues si al verismo que ya casi acaricia Puccini en esta su tercera ópera se le añade un montaje realista que traslada a la joven Manon a los tiempos actuales, la desolación es total.

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 El público barcelonés aplaude –y abuchea en parte– una ‘Manon’ muy ‘verité’ que corona la etapa Àlex Ollé  

Si los Oscars suponían este lunes un adiós al sueño americano –en la realidad y en la ficción–, el estreno anoche de la Manon Lescaut de Giacomo Puccini en el Liceu tuvo mucho de adieu al sueño europeo. También al sueño europeo de la ópera. Pues si al verismo que ya casi acaricia Puccini en esta su tercera ópera se le añade un montaje realista que traslada a la joven Manon a los tiempos actuales, la desolación es total.

Por suerte –para el público y para la soprano–, cantar es incompatible con muchas otras actividades; de lo contrario, no sabemos qué habría sido de Asmik Grigorian en el escenario del Gran Teatre: de tal calibre es la ambición de veracidad con que juega Àlex Ollé en su recreación lírica de un puticlub durante el segundo acto.

El liceísmo ovaciona a una estupenda Asmik Grigorian, pero afea a Josep Pons que el volumen de la orquesta tape las voces

Anécdotas aparte, este es acaso uno de los montajes más logrados de Ollé, de los de más riesgo escénico. El director teatral barcelonés se despide a lo grande de su residencia artística en el Liceu, formando tándem de nuevo con Josep Pons, que también abandona su puesto de director musical al final de esta temporada. En esta ocasión, la traslación del libreto al presente funciona mejor de lo esperado y es fiel al sentido de la obra. Todo cuadra. Manon puede ser perfectamente esta joven armenia que emigra del Este a través de Turquía para alcanzar su dorado. Es una ilegal que solo aspira a rodearse de dinero. Tiene derecho a una vida mejor. Pero el amor se cruza en su camino. Y no solo: se le acerca un sugar daddy , aquí un putero proxeneta.

La escenografía de Alfons Flores antepone el amor
La escenografía de Alfons Flores antepone el amorNACHO VERA GALBARRO

Ollé ha contado con una excelente materia prima: una soprano/actriz que tiene una fe ciega en el regista y que siente que ha crecido con este personaje que en origen surge de la pluma de Antoine François Prévost. El montaje es contemporáneo, pero no deforma la historia, sino que la hace presente. Manon tiene un destino en el libreto: el convento. O lo que es lo mismo, volver a Armenia, según la dramaturgia de Ollé. Por el camino, ella quiere vivir, sentir, ser ella misma, desear, emocionarse… hasta la tragedia final.

La propuesta es compacta y variada, con cuatro actos en los que la gigantesca palabra LOVE gira o se muestra por partes, hasta que se antepone a todo, aun a riesgo de poner en jaque la vida de Manon. Ese es el grito de Puccini: que la mujer que ha de obedecer el mandato de reprimir sus sentimientos, como Salomé o Carmen, para acabar siendo víctima del sistema, se reivindique de entrada, se rebele y se libere. Que se convierta en la heroína que quiere ir allá donde la lleve el viento. Y el montaje de Ollé, con la monumental y apabullante escenografía de Alfons Flores, ahonda en eso mismo, elevando incluso el individualismo a signo de los tiempos, al debate actual entre la persona y su imagen, entre la esencia y la apariencia. Y el vestuario de Lluc Castells sitúa el tiempo y el lugar a la perfección.

Nunca antes había soportado tanta carga el escenario del Liceu: toneladas de escenografía y los motores para moverla

Nunca antes había soportado tanta carga el escenario del Liceu: toneladas de escenografía y los motores para moverla, que  hacen visible el paso del primer al segundo acto. Y llegados al final, la bestia escénica que es Asmik Grigorian, con su carisma, su calor, su pasión y el enredo de vida que ha llevado son suficientes para llenar la escena cuando esta queda desierta. Lástima que el tenor Joshua Guerrero no podrá cantar ninguna función al final por problemas vocales. En su lugar, el apuesto ruso Ivan Gingazov no tuvo, quizás, la química esperada con Grigorian. Han sido pocos ensayos. Pero posee una voz grande, un tanto plana para soportar el largo papel de Renato Des Grieux. El público le aprobó en los seis minutos de aplausos finales, antes de ovacionar a lo loco a Grigorian.

Gustó también Iurí Samoilov como Lescaut. Donato Di Stefano hizo un putero Geronte disfrazado de Torrente. Y Mercedes Gancedo se graduó en barra de baile para su pequeño papel de músico.

En lo musical, Josep Pons logró una dirección bella, pero tapó las voces con el volumen de la orquesta, algo que parte del público le afeó. Ese liceísmo protestón se guardaba, eso sí, la traca para Ollé cuando este salió a saludar.

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