
Son las 9 de la mañana y los termómetros dentro del aula de 1°A, para escolares de 5 y 6 años, ya marcan 27 grados. Los más pequeños de Primaria del colegio público Héroes del Dos de Mayo en Colmenar Viejo (Madrid) acaban de llegar y el resto del día el termómetro solo marcará más y más calor. Las ventanas llevan abiertas desde antes de que entraran los niños, pero el aire que entra no ayuda. Las cristaleras que recorren la fachada —grandes, luminosas, diseñadas para que la luz natural inunde las aulas— funcionan, a partir del inicio de la primavera, como un invernadero.
Las temperaturas en las clases de un colegio madrileño, insoportables para los menores, muestran la escasa preparación de un país que edifica escuelas para un clima que ya no existe
Son las 9 de la mañana y los termómetros dentro del aula de 1°A, para escolares de 5 y 6 años, ya marcan 27 grados. Los más pequeños de Primaria del colegio público Héroes del Dos de Mayo en Colmenar Viejo (Madrid) acaban de llegar y el resto del día el termómetro solo marcará más y más calor. Las ventanas llevan abiertas desde antes de que entraran los niños, pero el aire que entra no ayuda. Las cristaleras que recorren la fachada —grandes, luminosas, diseñadas para que la luz natural inunde las aulas— funcionan, a partir del inicio de la primavera, como un invernadero.
El edificio es nuevo. Su ampliación, proyectada en 2021 y entregada en septiembre de 2024, alberga a 660 alumnos de infantil y primaria repartidos en más de veinte aulas. Tiene aislamiento térmico y fachadas conformes al código técnico de edificación. Cumple la norma. Y aun así, en las horas más punteras del sol, el termómetro supera de largo los 35 grados en algunas aulas. No tiene ningún sistema refrigeración.
La AMPA del Héroes del Dos de Mayo decidió documentar el infierno al que se enfrentan sus hijos a la hora de estudiar. Un laboratorio externo instaló termómetros para medir las temperaturas en diferentes momentos del día, del miércoles 27 al viernes 29 de mayo. Ni siquiera ha llegado el mes de junio y los resultados son demoledores: aulas que nunca bajan de los 27 grados y sobrepasan los 40 (a última hora de la tarde), y un comedor que reúne hasta 300 alumnos por turno con termómetros a 36 grados. Los dolores de cabeza, sangrados de nariz y desmayos son habituales en el centro. El problema no es solo este colegio madrileño. Estamos en un país que construye escuelas para un clima que ya no existe.
Eso mismo concluye un informe publicado en mayo de 2026 por la fundación Equitat.org. Su director, Ismael Palacín, advierte de las consecuencias de retrasar la adaptación de los centros educativos: “Significa aceptar que miles de niños, jóvenes y docentes estudian y trabajan en espacios que comprometen su salud, su bienestar y su aprendizaje”. El diagnóstico es cuantificable. Casi la mitad de los edificios del sistema educativo público de Cataluña —1.220 de 2.500— son anteriores al año 2000 y no han sido reformados con criterios de adaptación climática.
Pero incluso los que sí han sido reformados presentan el mismo problema que este colegio madrileño: aislamiento térmico que retiene el calor acumulado, cristaleras que lo multiplican y ningún sistema que lo expulse. Jorge Gallego, arquitecto y profesor en la Universidad Politécnica de Madrid, que ha investigado el confort térmico y la calidad de aire en la escuela, explica que, ante la falta de normativa para disponer de sistemas de refrigeración, las administraciones optan por paliativos para sofocar la situación en un panorama cada vez más desolador por el cambio climático.

Y el horizonte no mejora. A partir de 2030, el informe prevé que habrá entre 22 y 65 días al año con más de 27 grados (el límite legal para los centros de trabajo), en función del territorio y el edificio. Los límites de confort térmico podrían superarse durante una cuarta parte del curso escolar.
Las extremas temperaturas y la falta de actuación de los gobiernos han orillado a las familias de los estudiantes a extremar medidas. La compra de ventiladores ya es lo mínimo. En el caso del colegio colmenareño, hay salones que cuentan con dos ventiladores de pie y dos aires acondicionados portátiles. Los niños se pelean por los asientos más cercanos al aire fresco. “Pero no nos dejan cambiarnos de sitio, ni aunque a mí me da el sol todo el día en la espalda”, alega Nina Martínez, del 1°A.
Respuesta política escasa
El problema viene de largo, aunque en los últimos años se ha recrudecido. En octubre de 2023, Canarias suspendió las clases por el calor por primera vez en su historia. Hubo desmayos y una variedad de incidencias médicas por las altas temperaturas. Desde ese año se aplica un protocolo de actuación que consiste en la suspensión de clases presenciales para evitar exponer a los menores y al personal educativo a riesgos por el calor. Cuando se considera necesario, los menores cambian a clases online o, en su defecto, abandonan las escuelas al mediodía.

En Aragón, a finales de mayo se registraron 37 grados en más de 45 espacios educativos. En Extremadura, un colegio de Aceuchal era, según su propio director, el único centro público de toda la comunidad con climatización. En Murcia, un instituto tuvo que suspender las clases con 36 grados en junio. En Bilbao, donde se han reportado desmayos de niños y narices que sangran, hay colegios en los que las clases ya no se dan en las aulas, sino en los patios.
En la Comunidad Valenciana, en la huelga de docentes, los profesores salieron a manifestarse con pancartas que decían: “20 grados en los despachos, 27 en la calle, 35 en el aula”. Llevaban desde 2018 pidiendo un plan de confort térmico que nunca se ha aplicado. Como parte de los acuerdos para el cese de las protestas, el presidente de la Generalitat anunció una inversión de 140 millones de euros para climatizar las aulas.
En esa línea, hay quienes han optado por mejorar las condiciones en las que los menores estudian. En Andalucía, algo más del tercio de los colegios públicos disponen de aire acondicionado o refrigeración adiabática (enfriar el aire por evaporación de agua). En Cataluña, el Ayuntamiento de Barcelona acabará el año con un total de 84 centros educativos públicos climatizados. Y en Andalucía, se han invertido 236 millones de euros para mejorar las condiciones de climatización en los centros educativos, entre bioclimatización e instalación de aire acondicionado, estructuras de sombra y hasta nuevas ventanas.

En Madrid, sindicatos y AMPA llevan denunciando desde 2017 que las temperaturas en los colegios vulneran la normativa laboral, que establece un ambiente no menor a los 17 grados ni mayor a los 27 en interiores. La Inspección de Trabajo le ha dado la razón en repetidas ocasiones. En 2025, una iniciativa legislativa popular con más de 70.000 firmas se presentó ante la Asamblea de Madrid para climatizar los centros públicos. Hace unos días fue frenada por el Partido Popular y Vox.
La AMPA ha presentado el informe técnico de temperaturas ante la Fiscalía de Menores, la Inspección de Trabajo y Seguridad Social, el Consistorio y la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Entre las distintas instituciones, los padres de familia esperan que se realicen las actuaciones necesarias para que el regreso a las aulas en septiembre no sea un hervidero.
Los menores que toman clases en esta escuela describen los espacios como “ardientes”. El comedor es una de las peores áreas. El sol pega directo en los grandes ventanales que concentran hasta 300 estudiantes durante los dos turnos de comida. La pasan mal, lo reconocen, pero es eso o no comer.

El vacío legal
El Real Decreto 486/1997 establece que la temperatura en los espacios en donde se desempeñen trabajos sedentarios no debe superar los 27 grados. Es la norma que los sindicatos llevan años blandiendo ante la Inspección de Trabajo, y esta les ha dado la razón. Pero esa norma protege a los docentes y a los trabajadores de los colegios. No al alumnado.
El Código Técnico de Edificación regula la eficiencia de la envolvente del edificio, no la temperatura que se respira dentro. El Héroes del Dos de Mayo lo cumple: tiene aislamiento, proyecto visado, reforma ejecutada. Y aun así falla, porque un edificio bien aislado acumula el calor en lugar de expulsarlo si carece de ventilación activa y refrigeración. El Reglamento de Instalaciones Térmicas fija límites para cuando hay climatización. Donde no la hay —la inmensa mayoría de los colegios españoles— no hay nada que regular porque no hay nada que medir.

El informe de Equitat.org propone lo que ninguna norma española ha recogido: fijar 27 grados como umbral máximo legalmente exigible en las aulas. No como límite laboral, sino como condición de aprendizaje. La Asociación Española de Pediatría ha alertado de que se deteriora el aprendizaje a partir de los 26 grados. La comprensión lectora se deteriora. La memoria falla. Por encima de 30, el aula deja de ser un lugar adecuado para aprender.
En España, la ley debería proteger a cualquier trabajador del calor en su puesto. Hay umbrales, inspecciones y sanciones. Para los alumnos no hay nada de eso. Solo familias comprando ventiladores, un AMPA presentando informes y mediciones ante quien puede y maestros dando clase en patios y jardines. El aire, de momento, no corre.
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