Contabilizar la frecuencia cardiaca, la capacidad aeróbica y el número de pasos diarios. La cantidad de calorías quemadas, pero también el número de las ingeridas. No pasarse con las grasas y los carbohidratos. Nada de dulces y al menos tres piezas de fruta al día. Dormir, como mínimo, ocho horas, maximizando el sueño profundo. Y sin olvidarse de beber dos litros de agua diarios. Que no falle nada, que todas las cifras sean las correctas. Que el margen de error sea minúsculo para seguir en la senda de la vida ‘ wellness ‘.En teoría, todo esto nace de una buena intención: dormir mejor, moverse más, comer más equilibrado y prevenir enfermedades. Estar más sano, en definitiva. Pero esa lógica, a veces, se tuerce. «El autocuidado se ha ido llenando de mandamientos, de objetivos que no se negocian y de un clima moral que se basa en que cumplir es ser virtuoso y fallar es ser débil. La cultura del bienestar se presenta como un camino hacia una vida más plena, pero también puede funcionar como una dictadura: la de la optimización permanente», explica la doctora Teresa Montoya, jefa del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Infanta Elena, que indica a su vez que esta ‘dictadura’ viene acompañada de un «peaje». «Si la percepción de vida saludable se convierte en una lista obsesiva de mínimos que hay que cumplir a diario el resultado no siempre es el bienestar. A menudo es lo contrario. Se genera estrés, ansiedad y una sensación constante de que no puedes meter la pata. La obsesión por estar sanos añade una presión nueva a la agenda cotidiana, una exigencia que se cuela incluso en los momentos que deberían ser de descanso, como comer, dormir o moverse, lo cual es contraproducente. Y, cuando no se llega a esos objetivos aparece el castigo emocional en forma de culpa, frustración, irritabilidad y sensación de fracaso», advierte Montoya.Noticia relacionada general No No ‘Reset metabólico’, la nueva tendencia para adelgazar que los nutricionistas cuestionan Anna Cabeza«Monitorear la actividad física y la alimentación no tiene por qué ser útil para todo el mundo. Se ha visto que el impacto de estas aplicaciones en personas con síntomas de desórdenes es muy negativo», afirma Carolyn Plateau, profesora de Psicología de la Universidad de Loughborough en Inglaterra, en el estudio ‘Monitorizar la dieta y la actividad: su asociación con los desórdenes alimenticios, con el ejercicio compulsivo y con el estado de salud general’. Para la experta, el riesgo es el autoengaño: «Contar calorías no sirve si no entendemos que no todas son iguales. Nuestro cuerpo no gestiona igual 100 calorías procedentes de una naranja que de unas galletas. Además, es fácil manipular las porciones que ingresamos en la aplicación». Al mismo tiempo, alerta de las dietas a la carta, elaboradas por el usuario: «Un régimen en el que nosotros seleccionamos lo que podemos comer o no, jamás ha funcionado. Esta tecnología no debe sustituir al dietista porque es importante que el paciente se sienta acompañado al compartir su experiencia». «Lo que comienza como una herramienta para motivarse puede acabar convirtiéndose en un juez permanente» Carolyn Plateau Profesora de Psicología de la Universidad de LoughboroughY haciendo mención a la tecnología, Plateu también incide en su estudio en el riesgo de las aplicaciones de deporte: «Lo que comienza como una herramienta para motivarse puede acabar convirtiéndose en un juez permanente. El entrenamiento deja de medirse por cómo se siente el cuerpo y pasa a depender de lo que marque el reloj: pasos, pulsaciones, kilómetros, rachas o calorías quemadas. Si la cifra no sale, aparece la sensación de haber fallado». La paradoja, dice, es que cuando el cuerpo se convierte en un proyecto y deja de ser un sistema de señales al que atender, pasa a ser un examen constante que hay que superar. Y ahí empiezan los problemas serios. Porque esa autoexigencia no se queda en una incomodidad pasajera: en algunos casos deriva en conductas obsesivas y en trastornos que ya tienen nombre.El culto al ‘clean eating’ y la regla del 80/20En 1997 se acuñó el término ortorexia para describir un trastorno de la conducta alimentaria caracterizado por una obsesión poco saludable por comer perfectamente sano. «Consiste en tener una fijación extrema con los ingredientes, por hacer todo casero, por vigilar la procedencia o las etiquetas», explica el doctor Leo Cerrud, experto en nutrición. Según un estudio realizado por Quirónsalud, se estima que la ortorexia puede afectar al 3% de la población española, y en concreto, en 2022 un 6,8% de universitarios españoles presentaban síntomas compatibles. «El culto al ‘clean eating’ en redes sociales ha hecho mucho daño, sobre todo a los más jóvenes. No es lo mismo preocuparse por comer bien, que obsesionarse por ingerir únicamente alimentos ‘reales’», indica la psicóloga Emilia Jiménez. «El resultado es la puerta de entrada a trastornos de la conducta alimentaria, y en los casos más extremos podemos encontrar anemias, déficits de micronutrientes u osteoporosis, entre otros efectos», explica por su parte Cerrud. Para paliar esta situación, los expertos recomiendan recuperar la flexibilidad en las comidas y alejarse de listas rígidas con alimentos prohibidos. La clave, recuerdan, sigue siendo el equilibrio: priorizar verduras, frutas, proteínas de calidad, cereales integrales y lácteos, «sin renunciar de vez en cuando a lo que apetece y sin culpa», dice Cerrud, que hace referencia a la regla del 80/20: comer de forma saludable la mayor parte del tiempo y permitirse excepciones el resto. «No es una dieta ni una guía restrictiva, sino un estilo de vida sostenible que además reduce culpas y ansiedad», aclara Cerrud, que resume la idea en una frase: «La flexibilidad también es una forma de salud».Insomnio por forzarse a dormirEn el lado del sueño, la obsesión enfermiza por dormir bien puede, paradójicamente, empeorar el sueño, provocando un trastorno denominado ortosomnia . Celia García, neuróloga de la Clínica CISNe y experta en medicina del sueño, explica que al igual que en la ortorexia, «cuando las personas con ortosomnia no consiguen dormir lo que se habían marcado se nublan y entran en un estado de alarma que provoca ansiedad e incluso insomnio». Es la paradoja del control: cuanto más intentas forzar el descanso, más se aleja.Odile Romero, jefa de la Sección de Neurofisiología de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’Hebron y miembro del grupo de trabajo de insomnio de la Sociedad Española del Sueño (SES), insiste en que el sueño no responde bien a la presión. No se fabrica a voluntad: aparece. Por eso, a menudo, lo más sensato es no pelear con él. «No existe ningún producto milagroso. Habrá algunos que le funcionen mejor a algunas personas, pero no ir en contra del sueño es más que suficiente para invocarlo», aconseja.«No existe ningún producto milagroso para dormir. No ir en contra del sueño es más que suficiente para invocarlo» Odile Romero Jefa de la Sección de Neurofisiología de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’HebronGarcía apunta otra idea que ayuda a bajar la exigencia: «Si le preguntas a las personas que duermen bien qué hacen, normalmente te dirán que nada». Y es que la gente sana, indica la neuróloga, no piensa en dormir. «Están cansados, se van a la cama y se quedan dormidos. Se despiertan sintiéndose renovados y no se preocupan por una mala noche ocasional porque saben que eso sucede a veces. En cambio, quien vive pendiente de la app se presiona para alcanzar una cifra mágica, las famosas ocho horas, sin comprender que tal vez no la necesita», subraya García. El problema, según la neuróloga, es que muchos no saben cómo es el sueño normal y entran en pánico al ver estadísticas con despertares nocturnos y poco sueño profundo. Romero, para evitar caer en la obsesión explica que si un día dormimos mal o poco, lo normal «es que el propio cuerpo recupere al día siguiente lo que no ha descansado el anterior».El negocio millonario del bienestar Detrás de la cultura del bienestar hay también una industria en plena expansión. El mercado global del wellness —que incluye aplicaciones de salud, dispositivos de monitorización, suplementos, programas de fitness o dietas personalizadas— supera ya los 5,6 billones de dólares, según el Global Wellness Institute, y sigue creciendo a un ritmo superior al de la economía mundial. Las pulseras de actividad, relojes inteligentes y aplicaciones de seguimiento han jugado un papel clave en esta expansión. Según datos de la consultora IDC, cada año se venden más de 500 millones de dispositivos wearables en todo el mundo, muchos de ellos diseñados para medir pasos, sueño, ritmo cardíaco o calorías. El problema, advierten algunos especialistas en salud, es que la tecnología y el mercado han contribuido a reforzar una idea de la salud basada en la optimización constante. «Si la salud se mide como una carrera de mejora continua, siempre habrá una cifra que optimizar. Y un nuevo producto dispuesto a ayudar a hacerlo. Esto es peligroso para las personas con una autoestima frágil o relación conflictiva con su imagen», alerta la psicóloga Emilia Jiménez.En conjunto, los expertos coinciden en que la clave para integrar alimentación, deporte y sueño, junto a sus aplicaciones correspondientes, se encuentra en trabajar lo que los psicólogos entienden como reeducación del cuidado. «No podemos sentirnos fracasados porque no durmamos las horas estipuladas, no lleguemos a quemar un número de calorías determinadas o decidamos comer un par de dulces. No podemos permitir que la satisfacción de incorporar conductas saludables en nuestras vidas se empañe porque no se adecúan a unas estadísticas generales. La idea debe ser alcanzar un mayor contacto con uno mismo a medio y largo plazo, entendiendo los logros a corto plazo como un refuerzo puntual», considera Jiménez. Contabilizar la frecuencia cardiaca, la capacidad aeróbica y el número de pasos diarios. La cantidad de calorías quemadas, pero también el número de las ingeridas. No pasarse con las grasas y los carbohidratos. Nada de dulces y al menos tres piezas de fruta al día. Dormir, como mínimo, ocho horas, maximizando el sueño profundo. Y sin olvidarse de beber dos litros de agua diarios. Que no falle nada, que todas las cifras sean las correctas. Que el margen de error sea minúsculo para seguir en la senda de la vida ‘ wellness ‘.En teoría, todo esto nace de una buena intención: dormir mejor, moverse más, comer más equilibrado y prevenir enfermedades. Estar más sano, en definitiva. Pero esa lógica, a veces, se tuerce. «El autocuidado se ha ido llenando de mandamientos, de objetivos que no se negocian y de un clima moral que se basa en que cumplir es ser virtuoso y fallar es ser débil. La cultura del bienestar se presenta como un camino hacia una vida más plena, pero también puede funcionar como una dictadura: la de la optimización permanente», explica la doctora Teresa Montoya, jefa del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Infanta Elena, que indica a su vez que esta ‘dictadura’ viene acompañada de un «peaje». «Si la percepción de vida saludable se convierte en una lista obsesiva de mínimos que hay que cumplir a diario el resultado no siempre es el bienestar. A menudo es lo contrario. Se genera estrés, ansiedad y una sensación constante de que no puedes meter la pata. La obsesión por estar sanos añade una presión nueva a la agenda cotidiana, una exigencia que se cuela incluso en los momentos que deberían ser de descanso, como comer, dormir o moverse, lo cual es contraproducente. Y, cuando no se llega a esos objetivos aparece el castigo emocional en forma de culpa, frustración, irritabilidad y sensación de fracaso», advierte Montoya.Noticia relacionada general No No ‘Reset metabólico’, la nueva tendencia para adelgazar que los nutricionistas cuestionan Anna Cabeza«Monitorear la actividad física y la alimentación no tiene por qué ser útil para todo el mundo. Se ha visto que el impacto de estas aplicaciones en personas con síntomas de desórdenes es muy negativo», afirma Carolyn Plateau, profesora de Psicología de la Universidad de Loughborough en Inglaterra, en el estudio ‘Monitorizar la dieta y la actividad: su asociación con los desórdenes alimenticios, con el ejercicio compulsivo y con el estado de salud general’. Para la experta, el riesgo es el autoengaño: «Contar calorías no sirve si no entendemos que no todas son iguales. Nuestro cuerpo no gestiona igual 100 calorías procedentes de una naranja que de unas galletas. Además, es fácil manipular las porciones que ingresamos en la aplicación». Al mismo tiempo, alerta de las dietas a la carta, elaboradas por el usuario: «Un régimen en el que nosotros seleccionamos lo que podemos comer o no, jamás ha funcionado. Esta tecnología no debe sustituir al dietista porque es importante que el paciente se sienta acompañado al compartir su experiencia». «Lo que comienza como una herramienta para motivarse puede acabar convirtiéndose en un juez permanente» Carolyn Plateau Profesora de Psicología de la Universidad de LoughboroughY haciendo mención a la tecnología, Plateu también incide en su estudio en el riesgo de las aplicaciones de deporte: «Lo que comienza como una herramienta para motivarse puede acabar convirtiéndose en un juez permanente. El entrenamiento deja de medirse por cómo se siente el cuerpo y pasa a depender de lo que marque el reloj: pasos, pulsaciones, kilómetros, rachas o calorías quemadas. Si la cifra no sale, aparece la sensación de haber fallado». La paradoja, dice, es que cuando el cuerpo se convierte en un proyecto y deja de ser un sistema de señales al que atender, pasa a ser un examen constante que hay que superar. Y ahí empiezan los problemas serios. Porque esa autoexigencia no se queda en una incomodidad pasajera: en algunos casos deriva en conductas obsesivas y en trastornos que ya tienen nombre.El culto al ‘clean eating’ y la regla del 80/20En 1997 se acuñó el término ortorexia para describir un trastorno de la conducta alimentaria caracterizado por una obsesión poco saludable por comer perfectamente sano. «Consiste en tener una fijación extrema con los ingredientes, por hacer todo casero, por vigilar la procedencia o las etiquetas», explica el doctor Leo Cerrud, experto en nutrición. Según un estudio realizado por Quirónsalud, se estima que la ortorexia puede afectar al 3% de la población española, y en concreto, en 2022 un 6,8% de universitarios españoles presentaban síntomas compatibles. «El culto al ‘clean eating’ en redes sociales ha hecho mucho daño, sobre todo a los más jóvenes. No es lo mismo preocuparse por comer bien, que obsesionarse por ingerir únicamente alimentos ‘reales’», indica la psicóloga Emilia Jiménez. «El resultado es la puerta de entrada a trastornos de la conducta alimentaria, y en los casos más extremos podemos encontrar anemias, déficits de micronutrientes u osteoporosis, entre otros efectos», explica por su parte Cerrud. Para paliar esta situación, los expertos recomiendan recuperar la flexibilidad en las comidas y alejarse de listas rígidas con alimentos prohibidos. La clave, recuerdan, sigue siendo el equilibrio: priorizar verduras, frutas, proteínas de calidad, cereales integrales y lácteos, «sin renunciar de vez en cuando a lo que apetece y sin culpa», dice Cerrud, que hace referencia a la regla del 80/20: comer de forma saludable la mayor parte del tiempo y permitirse excepciones el resto. «No es una dieta ni una guía restrictiva, sino un estilo de vida sostenible que además reduce culpas y ansiedad», aclara Cerrud, que resume la idea en una frase: «La flexibilidad también es una forma de salud».Insomnio por forzarse a dormirEn el lado del sueño, la obsesión enfermiza por dormir bien puede, paradójicamente, empeorar el sueño, provocando un trastorno denominado ortosomnia . Celia García, neuróloga de la Clínica CISNe y experta en medicina del sueño, explica que al igual que en la ortorexia, «cuando las personas con ortosomnia no consiguen dormir lo que se habían marcado se nublan y entran en un estado de alarma que provoca ansiedad e incluso insomnio». Es la paradoja del control: cuanto más intentas forzar el descanso, más se aleja.Odile Romero, jefa de la Sección de Neurofisiología de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’Hebron y miembro del grupo de trabajo de insomnio de la Sociedad Española del Sueño (SES), insiste en que el sueño no responde bien a la presión. No se fabrica a voluntad: aparece. Por eso, a menudo, lo más sensato es no pelear con él. «No existe ningún producto milagroso. Habrá algunos que le funcionen mejor a algunas personas, pero no ir en contra del sueño es más que suficiente para invocarlo», aconseja.«No existe ningún producto milagroso para dormir. No ir en contra del sueño es más que suficiente para invocarlo» Odile Romero Jefa de la Sección de Neurofisiología de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’HebronGarcía apunta otra idea que ayuda a bajar la exigencia: «Si le preguntas a las personas que duermen bien qué hacen, normalmente te dirán que nada». Y es que la gente sana, indica la neuróloga, no piensa en dormir. «Están cansados, se van a la cama y se quedan dormidos. Se despiertan sintiéndose renovados y no se preocupan por una mala noche ocasional porque saben que eso sucede a veces. En cambio, quien vive pendiente de la app se presiona para alcanzar una cifra mágica, las famosas ocho horas, sin comprender que tal vez no la necesita», subraya García. El problema, según la neuróloga, es que muchos no saben cómo es el sueño normal y entran en pánico al ver estadísticas con despertares nocturnos y poco sueño profundo. Romero, para evitar caer en la obsesión explica que si un día dormimos mal o poco, lo normal «es que el propio cuerpo recupere al día siguiente lo que no ha descansado el anterior».El negocio millonario del bienestar Detrás de la cultura del bienestar hay también una industria en plena expansión. El mercado global del wellness —que incluye aplicaciones de salud, dispositivos de monitorización, suplementos, programas de fitness o dietas personalizadas— supera ya los 5,6 billones de dólares, según el Global Wellness Institute, y sigue creciendo a un ritmo superior al de la economía mundial. Las pulseras de actividad, relojes inteligentes y aplicaciones de seguimiento han jugado un papel clave en esta expansión. Según datos de la consultora IDC, cada año se venden más de 500 millones de dispositivos wearables en todo el mundo, muchos de ellos diseñados para medir pasos, sueño, ritmo cardíaco o calorías. El problema, advierten algunos especialistas en salud, es que la tecnología y el mercado han contribuido a reforzar una idea de la salud basada en la optimización constante. «Si la salud se mide como una carrera de mejora continua, siempre habrá una cifra que optimizar. Y un nuevo producto dispuesto a ayudar a hacerlo. Esto es peligroso para las personas con una autoestima frágil o relación conflictiva con su imagen», alerta la psicóloga Emilia Jiménez.En conjunto, los expertos coinciden en que la clave para integrar alimentación, deporte y sueño, junto a sus aplicaciones correspondientes, se encuentra en trabajar lo que los psicólogos entienden como reeducación del cuidado. «No podemos sentirnos fracasados porque no durmamos las horas estipuladas, no lleguemos a quemar un número de calorías determinadas o decidamos comer un par de dulces. No podemos permitir que la satisfacción de incorporar conductas saludables en nuestras vidas se empañe porque no se adecúan a unas estadísticas generales. La idea debe ser alcanzar un mayor contacto con uno mismo a medio y largo plazo, entendiendo los logros a corto plazo como un refuerzo puntual», considera Jiménez.
Contabilizar la frecuencia cardiaca, la capacidad aeróbica y el número de pasos diarios. La cantidad de calorías quemadas, pero también el número de las ingeridas. No pasarse con las grasas y los carbohidratos. Nada de dulces y al menos tres piezas de fruta al día. … Dormir, como mínimo, ocho horas, maximizando el sueño profundo. Y sin olvidarse de beber dos litros de agua diarios. Que no falle nada, que todas las cifras sean las correctas. Que el margen de error sea minúsculo para seguir en la senda de la vida ‘wellness‘.
En teoría, todo esto nace de una buena intención: dormir mejor, moverse más, comer más equilibrado y prevenir enfermedades. Estar más sano, en definitiva. Pero esa lógica, a veces, se tuerce. «El autocuidado se ha ido llenando de mandamientos, de objetivos que no se negocian y de un clima moral que se basa en que cumplir es ser virtuoso y fallar es ser débil. La cultura del bienestar se presenta como un camino hacia una vida más plena, pero también puede funcionar como una dictadura: la de la optimización permanente», explica la doctora Teresa Montoya, jefa del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Infanta Elena, que indica a su vez que esta ‘dictadura’ viene acompañada de un «peaje».
«Si la percepción de vida saludable se convierte en una lista obsesiva de mínimos que hay que cumplir a diario el resultado no siempre es el bienestar. A menudo es lo contrario. Se genera estrés, ansiedad y una sensación constante de que no puedes meter la pata. La obsesión por estar sanos añade una presión nueva a la agenda cotidiana, una exigencia que se cuela incluso en los momentos que deberían ser de descanso, como comer, dormir o moverse, lo cual es contraproducente. Y, cuando no se llega a esos objetivos aparece el castigo emocional en forma de culpa, frustración, irritabilidad y sensación de fracaso», advierte Montoya.
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«Monitorear la actividad física y la alimentación no tiene por qué ser útil para todo el mundo. Se ha visto que el impacto de estas aplicaciones en personas con síntomas de desórdenes es muy negativo», afirma Carolyn Plateau, profesora de Psicología de la Universidad de Loughborough en Inglaterra, en el estudio ‘Monitorizar la dieta y la actividad: su asociación con los desórdenes alimenticios, con el ejercicio compulsivo y con el estado de salud general’.
Para la experta, el riesgo es el autoengaño: «Contar calorías no sirve si no entendemos que no todas son iguales. Nuestro cuerpo no gestiona igual 100 calorías procedentes de una naranja que de unas galletas. Además, es fácil manipular las porciones que ingresamos en la aplicación». Al mismo tiempo, alerta de las dietas a la carta, elaboradas por el usuario: «Un régimen en el que nosotros seleccionamos lo que podemos comer o no, jamás ha funcionado. Esta tecnología no debe sustituir al dietista porque es importante que el paciente se sienta acompañado al compartir su experiencia».
«Lo que comienza como una herramienta para motivarse puede acabar convirtiéndose en un juez permanente»
Carolyn Plateau
Profesora de Psicología de la Universidad de Loughborough
Y haciendo mención a la tecnología, Plateu también incide en su estudio en el riesgo de las aplicaciones de deporte: «Lo que comienza como una herramienta para motivarse puede acabar convirtiéndose en un juez permanente. El entrenamiento deja de medirse por cómo se siente el cuerpo y pasa a depender de lo que marque el reloj: pasos, pulsaciones, kilómetros, rachas o calorías quemadas. Si la cifra no sale, aparece la sensación de haber fallado». La paradoja, dice, es que cuando el cuerpo se convierte en un proyecto y deja de ser un sistema de señales al que atender, pasa a ser un examen constante que hay que superar. Y ahí empiezan los problemas serios. Porque esa autoexigencia no se queda en una incomodidad pasajera: en algunos casos deriva en conductas obsesivas y en trastornos que ya tienen nombre.
El culto al ‘clean eating’ y la regla del 80/20
En 1997 se acuñó el término ortorexia para describir un trastorno de la conducta alimentaria caracterizado por una obsesión poco saludable por comer perfectamente sano. «Consiste en tener una fijación extrema con los ingredientes, por hacer todo casero, por vigilar la procedencia o las etiquetas», explica el doctor Leo Cerrud, experto en nutrición. Según un estudio realizado por Quirónsalud, se estima que la ortorexia puede afectar al 3% de la población española, y en concreto, en 2022 un 6,8% de universitarios españoles presentaban síntomas compatibles. «El culto al ‘clean eating’ en redes sociales ha hecho mucho daño, sobre todo a los más jóvenes. No es lo mismo preocuparse por comer bien, que obsesionarse por ingerir únicamente alimentos ‘reales’», indica la psicóloga Emilia Jiménez. «El resultado es la puerta de entrada a trastornos de la conducta alimentaria, y en los casos más extremos podemos encontrar anemias, déficits de micronutrientes u osteoporosis, entre otros efectos», explica por su parte Cerrud.
Para paliar esta situación, los expertos recomiendan recuperar la flexibilidad en las comidas y alejarse de listas rígidas con alimentos prohibidos. La clave, recuerdan, sigue siendo el equilibrio: priorizar verduras, frutas, proteínas de calidad, cereales integrales y lácteos, «sin renunciar de vez en cuando a lo que apetece y sin culpa», dice Cerrud, que hace referencia a la regla del 80/20: comer de forma saludable la mayor parte del tiempo y permitirse excepciones el resto. «No es una dieta ni una guía restrictiva, sino un estilo de vida sostenible que además reduce culpas y ansiedad», aclara Cerrud, que resume la idea en una frase: «La flexibilidad también es una forma de salud».
Insomnio por forzarse a dormir
En el lado del sueño, la obsesión enfermiza por dormir bien puede, paradójicamente, empeorar el sueño, provocando un trastorno denominado ortosomnia. Celia García, neuróloga de la Clínica CISNe y experta en medicina del sueño, explica que al igual que en la ortorexia, «cuando las personas con ortosomnia no consiguen dormir lo que se habían marcado se nublan y entran en un estado de alarma que provoca ansiedad e incluso insomnio». Es la paradoja del control: cuanto más intentas forzar el descanso, más se aleja.
Odile Romero, jefa de la Sección de Neurofisiología de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’Hebron y miembro del grupo de trabajo de insomnio de la Sociedad Española del Sueño (SES), insiste en que el sueño no responde bien a la presión. No se fabrica a voluntad: aparece. Por eso, a menudo, lo más sensato es no pelear con él. «No existe ningún producto milagroso. Habrá algunos que le funcionen mejor a algunas personas, pero no ir en contra del sueño es más que suficiente para invocarlo», aconseja.
«No existe ningún producto milagroso para dormir. No ir en contra del sueño es más que suficiente para invocarlo»
Odile Romero
Jefa de la Sección de Neurofisiología de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’Hebron
García apunta otra idea que ayuda a bajar la exigencia: «Si le preguntas a las personas que duermen bien qué hacen, normalmente te dirán que nada». Y es que la gente sana, indica la neuróloga, no piensa en dormir. «Están cansados, se van a la cama y se quedan dormidos. Se despiertan sintiéndose renovados y no se preocupan por una mala noche ocasional porque saben que eso sucede a veces. En cambio, quien vive pendiente de la app se presiona para alcanzar una cifra mágica, las famosas ocho horas, sin comprender que tal vez no la necesita», subraya García. El problema, según la neuróloga, es que muchos no saben cómo es el sueño normal y entran en pánico al ver estadísticas con despertares nocturnos y poco sueño profundo. Romero, para evitar caer en la obsesión explica que si un día dormimos mal o poco, lo normal «es que el propio cuerpo recupere al día siguiente lo que no ha descansado el anterior».
El negocio millonario del bienestar
Detrás de la cultura del bienestar hay también una industria en plena expansión. El mercado global del wellness —que incluye aplicaciones de salud, dispositivos de monitorización, suplementos, programas de fitness o dietas personalizadas— supera ya los 5,6 billones de dólares, según el Global Wellness Institute, y sigue creciendo a un ritmo superior al de la economía mundial.
Las pulseras de actividad, relojes inteligentes y aplicaciones de seguimiento han jugado un papel clave en esta expansión. Según datos de la consultora IDC, cada año se venden más de 500 millones de dispositivos wearables en todo el mundo, muchos de ellos diseñados para medir pasos, sueño, ritmo cardíaco o calorías.
El problema, advierten algunos especialistas en salud, es que la tecnología y el mercado han contribuido a reforzar una idea de la salud basada en la optimización constante. «Si la salud se mide como una carrera de mejora continua, siempre habrá una cifra que optimizar. Y un nuevo producto dispuesto a ayudar a hacerlo. Esto es peligroso para las personas con una autoestima frágil o relación conflictiva con su imagen», alerta la psicóloga Emilia Jiménez.
En conjunto, los expertos coinciden en que la clave para integrar alimentación, deporte y sueño, junto a sus aplicaciones correspondientes, se encuentra en trabajar lo que los psicólogos entienden como reeducación del cuidado. «No podemos sentirnos fracasados porque no durmamos las horas estipuladas, no lleguemos a quemar un número de calorías determinadas o decidamos comer un par de dulces. No podemos permitir que la satisfacción de incorporar conductas saludables en nuestras vidas se empañe porque no se adecúan a unas estadísticas generales. La idea debe ser alcanzar un mayor contacto con uno mismo a medio y largo plazo, entendiendo los logros a corto plazo como un refuerzo puntual», considera Jiménez.
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