Cuando se habla de motores del desarrollo económico suelen aparecer los mismos conceptos: inversión, innovación, productividad, educación o tecnología. Menos habitual es que el seguro ocupe un lugar destacado en esa conversación. Se percibe con frecuencia como un producto financiero asociado a trámites, pólizas o coberturas específicas. Algo necesario, quizá, pero difícilmente inspirador. Sin embargo, detrás de esa imagen administrativa existe una función mucho más profunda: reducir la incertidumbre para permitir que personas y sociedades puedan avanzar.
Antonio Huertas recibe el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Salamanca y defiende una economía ética al servicio de las personas
Cuando se habla de motores del desarrollo económico suelen aparecer los mismos conceptos: inversión, innovación, productividad, educación o tecnología. Menos habitual es que el seguro ocupe un lugar destacado en esa conversación. Se percibe con frecuencia como un producto financiero asociado a trámites, pólizas o coberturas específicas. Algo necesario, quizá, pero difícilmente inspirador. Sin embargo, detrás de esa imagen administrativa existe una función mucho más profunda: reducir la incertidumbre para permitir que personas y sociedades puedan avanzar.
La reciente investidura de Antonio Huertas, presidente de Mapfre, como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca ha servido para recuperar una idea que rara vez ocupa el centro del debate económico: la protección también es una forma de progreso.
Durante su intervención, Huertas formuló una definición que va más allá del lenguaje empresarial: “El seguro es el ejercicio privado de solidaridad más sofisticado que ha creado el ser humano”. La frase puede parecer, en un primer momento, una licencia retórica propia de un acto académico. Pero contiene una reflexión de fondo que merece atención.
El seguro es el ejercicio privado de solidaridad más sofisticado que ha creado el ser humano
Porque el seguro, en esencia, funciona a partir de un principio extraordinariamente simple: compartir riesgos para evitar que una dificultad individual se convierta en una tragedia irreversible. Muchas personas contribuyen para que quien atraviese una situación inesperada pueda recuperar cierta estabilidad. Se trata de un mecanismo económico, sí, pero también social.
En realidad, buena parte de las estructuras modernas de protección descansan sobre esa lógica colectiva. La diferencia es que solemos identificarla únicamente con los sistemas públicos de bienestar. Sin embargo, las herramientas privadas de protección también desempeñan un papel relevante en la construcción de sociedades más resilientes.
La doctrina de la Escuela de Salamanca fundamentó ética y económicamente el desarrollo del seguro moderno como instrumento de protección de los más vulnerables
La cuestión adquiere una dimensión especialmente importante en Iberoamérica. Huertas recordó durante su discurso que la región mantiene una brecha de protección aseguradora superior a los 315.000 millones de dólares. Detrás de esa cifra existe una realidad concreta: millones de personas y pequeñas empresas continúan expuestas a riesgos capaces de alterar completamente su futuro económico.
Una enfermedad grave, un accidente laboral, una inundación o un desastre natural pueden convertirse en un punto de inflexión para familias enteras que carecen de mecanismos de protección suficientes. Cuando la cobertura no existe, la vulnerabilidad se multiplica y las posibilidades de progreso disminuyen.
El crecimiento económico, por sí solo, no siempre garantiza estabilidad. Una clase media sólida necesita algo más que capacidad de consumo; necesita instrumentos que le permitan resistir las crisis personales y colectivas.
Huertas recordó durante su discurso que Iberoamérica mantiene una brecha de protección aseguradora superior a los 315.000 millones de dólares
Ahí surge una cuestión que a menudo pasa desapercibida: el desarrollo no consiste únicamente en generar riqueza, sino también en evitar que esa riqueza desaparezca ante el primer golpe inesperado.
Resulta especialmente significativo que este debate se haya producido precisamente en la Universidad de Salamanca y en el contexto de la conmemoración del quinto centenario de la Escuela de Salamanca. Porque los pensadores salmantinos del siglo XVI plantearon algunas preguntas que siguen siendo sorprendentemente actuales: cuál es el precio justo, qué límites deben existir en los contratos o qué papel desempeña la ética en la economía.

Francisco de Vitoria y los escolásticos salmantinos desarrollaron principios que, siglos después, terminarían influyendo en conceptos fundamentales del pensamiento económico moderno. Entre ellos, la idea de que los intercambios y las relaciones económicas no podían desligarse completamente de una dimensión moral.
El desarrollo no consiste únicamente en generar riqueza, sino también en evitar que esa riqueza desaparezca ante el primer golpe inesperado
Puede parecer una discusión lejana, pero quizá hoy resulte más vigente de lo que imaginamos. En una economía global marcada por la transformación tecnológica, las tensiones geopolíticas y los efectos crecientes del cambio climático, la gestión del riesgo ha dejado de ser una cuestión secundaria. Se ha convertido en una condición para el desarrollo.
Las catástrofes naturales son más frecuentes e intensas. El envejecimiento demográfico plantea nuevos desafíos sanitarios y financieros. La digitalización genera oportunidades, pero también nuevas desigualdades. Las incertidumbres económicas afectan especialmente a quienes disponen de menos recursos.
Frente a este escenario, Huertas defendió cinco prioridades para el futuro de Iberoamérica: educación de calidad, protección frente a desastres naturales, inclusión digital, acceso al seguro como vía hacia la economía formal y anticipación al envejecimiento de la población. La lista revela algo interesante: ninguna de esas prioridades puede abordarse desde una única perspectiva empresarial o institucional. Todas exigen una visión compartida entre administraciones públicas, empresas y sociedad civil.
Huertas defendió cinco prioridades: educación de calidad, protección frente a desastres naturales, inclusión digital, acceso al seguro como vía hacia la economía formal y anticipación al envejecimiento de la población
Quizá por eso la discusión sobre el seguro trasciende la industria aseguradora. Hablar de protección significa hablar de cohesión social. Significa preguntarse qué herramientas permiten reducir desigualdades y ofrecer oportunidades más estables.
Durante décadas, las economías se midieron principalmente por su capacidad para producir y crecer. Hoy, cada vez más expertos plantean otra cuestión complementaria: la capacidad para resistir. No basta con construir riqueza si esa riqueza permanece constantemente amenazada por factores imprevisibles. El progreso sostenible necesita protección.
Y quizá ahí reside la verdadera dimensión de esa idea formulada en Salamanca: el seguro no es solo una transacción económica. Puede entenderse también como un contrato social silencioso, uno que funciona cada día casi sin hacerse visible y que, precisamente por ello, suele pasar desapercibido hasta que más se necesita.
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