Malta es un país tan maravilloso que, quizá para compensar, solo podía ser pequeño. Desde el avión, sus tres grandes islas caben en una mirada: Malta, Gozo y el roquedo de Comino. Y ya en tierra, el paisaje es tan breve que, allá donde se mire, se termina. Las palabras “Malta” y “grande” solo aparecen juntas en algunas estadísticas: las que hablan de densidad de población, de turistas per capita o de atracción de millonarios en busca de ese delicioso eufemismo llamado optimización fiscal. Sí, Malta es pequeña, pero ya dijo la filósofa Simone Weil que una condición de la belleza es estar casi ausente. Como estas islas, que antes llamaban Calipseas y que siempre parecieron, sobre el azul de los mapas, unos granos de sal caídos en el mar que une —que separa— Libia y Sicilia.
La Valeta, su capital, merece dos o tres días muy cansados. Más pequeña y rural, Gozo tiene algo de reserva espiritual de lo maltés. Además, estas islas seducen con una despensa en la que destacan la sal, el aceite, las fresas y el conejo
Malta es un país tan maravilloso que, quizá para compensar, solo podía ser pequeño. Desde el avión, sus tres grandes islas caben en una mirada: Malta, Gozo y el roquedo de Comino. Y ya en tierra, el paisaje es tan breve que, allá donde se mire, se termina. Las palabras “Malta” y “grande” solo aparecen juntas en algunas estadísticas: las que hablan de densidad de población, de turistas per capita o de atracción de millonarios en busca de ese delicioso eufemismo llamado optimización fiscal. Sí, Malta es pequeña, pero ya dijo la filósofa Simone Weil que una condición de la belleza es estar casi ausente. Como estas islas, que antes llamaban Calipseas y que siempre parecieron, sobre el azul de los mapas, unos granos de sal caídos en el mar que une —que separa— Libia y Sicilia.
Sentados en la plaza de la Independencia de La Valeta, sin embargo, pensamos que no hay nada tan pequeño que no se deje resumir. Solo con este rincón de la capital podríamos contar las puntadas que ha dado la historia en el país. Aquí está Malta en concentrado. El Albergue de Aragón, recordatorio del mando de la Orden de Malta sobre las islas tanto como del interés hispánico en el Mediterráneo. La catedral anglicana, que también rinde un homenaje doble: al san Pablo que llegó como náufrago y a los ingleses que llegaron como colonizadores. El convento carmelita, por su parte, nos recuerda que el país es solo un poco más grande y ha sido solo un poco menos católico que el Vaticano.
En cuanto a la Malta reciente, está en las vistas de la ciudad de Sliema, tan moderna —en el sentido setentero de la palabra— que en alguna película ha hecho las veces de Tel Aviv. La Malta popular nos saluda desde los balcones azules y verdes de su arquitectura vernácula. Y la eterna está en la piedra caliza que los isleños ya utilizaban para sus templos hace 6.000 años, cuando los egipcios no se habían planteado las pirámides. El mar y esta caliza son las constantes de la vida maltesa. Y en las tardes de la temporada baja, cuando ya han desaparecido el calor y los turistas, la vista de La Valeta —un promontorio de caliza sobre el mar— es de tanta belleza que uno solo querría llevar a su vida el viejo verso: “Por las noches leo y en invierno viajo al sur”.

Desde su independencia en 1964, Malta no ha hecho más que abrirse, pero hasta entonces no había hecho más que protegerse. Tenían sus razones. Asediada, invadida, bombardeada, canjeada, fue asaltada por los bereberes en el siglo XV y por los otomanos en el XVI, conquistada por los franceses a finales del XVIII, rodeada por los británicos a comienzos del XIX y sitiada por los alemanes a mediados del XX. ¿Y los italianos? Los italianos la quisieron en todo tiempo. De todos los futuros posibles, el de país independiente y Estado miembro de la UE no era el más fácil de prever. De este juego de la soga de siglos ha quedado en Malta una condición muy natural de filtro de todos los mediterráneos: hoy abunda el vino libanés, como antes abundaban los cigarrillos orientales, y uno puede rezar por la mañana en una iglesia griega, comer en un restaurante italiano y escuchar una charla por la tarde en el centro cultural libio.

La influencia británica ha sido, sin embargo, la marca más fuerte. Tanto se amaron malteses e ingleses que hasta se pensó en incorporar —al modo del Ulster— a Malta al Reino Unido. Aquello no cuajó, pero queda un club, el Casino Maltese, que parece una emanación de Pall Mall con todos sus chésters. Queda un hotel, el espléndido déco del Phoenicia, para el té de las cinco y el gin tonic de las seis: Isabel II y el duque de Edimburgo aún tienen sus retratos colgados tras la barra. Y queda The Pub, el bar donde el actor británico Oliver Reed encontró su mala muerte en 1999 tras bajarse 8 pintas, 12 chupitos de ron y media botella de whisky. En Malta, por supuesto, también queda el inglés, aunque vale la pena volar con la aerolínea nacional solo para oír el maltés primero. ¿Anglófila, Malta? Pero si hay hasta Marks & Spencer.
Es imposible no admirar cómo los malteses, siglo tras siglo, se han aferrado a su peñón. Ahí está la gloria fortificada de La Valeta. Para conservarlo, sin embargo, no han estado solos: han contado con Dios y los ingleses. Y si de los ingleses ya hemos hablado, de Dios cabe decir que llegó antes. Cuando el emperador Carlos I cede la isla —1530— a la Orden de Malta en el trato más elegante que vieron los siglos: un halcón peregrino como renta anual a pagar el Día de los Santos. Nobles, monjes y guerreros, los grandes maestres quizá no iban a ser amigos del pueblo ni paladines del diálogo entre culturas. Pero un Gobierno absolutista para las masas bien puede ser brillante para la arquitectura, y este es el caso. Con Jean de la Valette —siglo XVI— se construye y fortifica La Valeta, y con Antonio Manoel de Vilhena y Manuel Pinto da Fonseca se culmina su programa de perfección barroca. La Orden iba a pagar religiosamente su halcón hasta tiempos napoleónicos.

Salvo que uno sea un campesino maltés del siglo XVIII, es mucho lo que les debemos a los grandes maestres, más aún cuando en el resto de la isla predomina ya ese pilla pilla urbanístico propio del Mediterráneo. Con los grandes maestres, La Valeta iba a ser inexpugnable desde fuera y un milagro —una auténtica dulzura— para vivir por dentro. Tanto, que siempre costará salir de la capital, esa península pequeña y exacta, cuya cuadrícula nos permite transformar el paseo en un arte combinatoria, mientras la luz —del Levante hasta el Poniente— va cambiando el brillo de unas calles que siempre dan a la mar. La Valeta merece dos o tres días muy cansados para admirar la catedral, las iglesias, embobarse en el mirador de Upper Barrakka y cruzar en barco a Las Tres Ciudades cuando la tarde va menguando. Quizá, sin embargo, la mayor parte del tiempo se nos vaya en mirar esos rótulos de cuando el mundo, menos globalizado, era más cosmopolita: corredores de seguros marítimos, consignatarios de buques, comerciantes que aquí bien pueden llamarse ultramarinos. Conviene ir pronto antes de que todos se conviertan en cafés de especialidad.

En los 300 kilómetros cuadrados de Malta caben los muchos perifollos que suelen acompañar a una nación, y las dos islas de Malta y Gozo —Comino está prácticamente deshabitada— resultan lo suficientemente parecidas y distintas como para poder incluso hablar de diversidad y de unidad. Más pequeña, más rural, más silenciosa, Gozo tiene algo de reserva espiritual de lo maltés. Aquí no hay tantos coroneles de Hastings jubilados. Aquí morirá la última de las célebres encajeras de Malta. Y aquí todavía el catolicismo es algo natural como la respiración. Quien quiera hacer algo de antropología maltesa, tendrá que ver los exvotos de la basílica de Ta ‘Pinu: patucos, pichis de bebé, hasta faros de algún trompazo con el coche al que se sobrevivió. En realidad, quizá no haya ningún rincón de Gozo en el que no sean visibles a la vez una iglesia y el mar. El retablo de Saint James, en Victoria —capital de la isla—, expresa esa relación con la angustia de una plegaria: has insulas protege (protege estas islas), a lo que podemos añadir “no sea que nos fallen los ingleses”. Un lugar más geológico que católico son las salinas de Qbajjar, en el noroeste: quien se lleva a casa sal de Gozo ha de saber que el paisaje donde se produce es fascinante. Y que todo el tiempo que pase en esa soledad se le hará corto.

Un recetario con mérito
Si Malta tiene su historia, su lengua, su pueblo y hasta su diversidad, también tiene su cocina. La existencia de recetario propio rebosa de mérito porque, al fin y al cabo, no hay recetario sin despensa, y la despensa del país es reducida porque hay poca tierra para llenarla. Las fresas de Mgarr son famosas. Los espárragos de Gozo son apreciados. Hay buen aceite. La proteína grande siempre ha sido el conejo, convertido en plato nacional cuando la Orden de Malta restringió su caza y hacerse con uno pasó a ser una proclama política. También se encuentra carne de caballo, propia de lugares bajo cerco —como Verona— o con las dificultades de abastecimiento —como Malta— provocadas por el tamaño y la insularidad. Otra proteína alternativa: las codornices. Y otra más: los caracoles. En cuanto al mar, no se espera demasiado: corvina mediterránea, alguna gamba muy cara y muy buena, alguna lubina que lo mismo, y un dorado que nos hace pensar menos en este mar que en el Caribe. Sí se encuentra el limón de mar, una espléndida rareza.
Constituye una paradoja maltesa que el mismo turismo que aplana las ciudades, y que ha llevado el cinnamon roll a La Valeta, sea el mismo que exige lugares con un vínculo verdadero con su origen. Y ahí estamos bien servidos: las islas dan para una buena semana en régimen maltés íntegro, incluyendo algún desayuno callejero con pastizzi de requesón o guisantes y alguna merienda con unos pastelillos de dátil que llaman imqaret. Ambas especialidades nos hablan de la huella árabe. El influjo más importante, con todo, será el que deja a cada instante la cocina italiana, que los malteses bautizan a su modo con pastas secas con ragú de conejo, rellenas con un quesuco de oveja de Gozo —pura Malta— o fritas como en la fróga tat-Tarja.

Hay que probar una sopa marinera con tomate llamada aljotta, y nunca faltarán unos antipasti que son más bien mezze: la bigilla, una pasta de judías que extender sobre pan ftera, o el arjoli, otro untable que es de pescado. El hígado de conejo pasa —a mi entender justamente— por gran delicatessen. Y al conejo volveremos siempre, en su guiso habitual de fenek moqli o frito, para caer en los bragioli (rollitos) de ternera con aceitunas o el estofado de cordero (haruf) cuando queramos darnos una tregua. Malta tiene hasta una cerveza local llamada Cisk y un refresco identitario que se llama Kinnie. También tiene vino, claro, pero aquí hay que ser tajante: el único peligro que se afronta en Malta, el único desastre, viene precedido por las palabras “local chardonnay”.
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