Durante más de medio siglo, un incómodo misterio ha traído de cabeza a los científicos planetarios de todo el mundo. Un enigma encerrado en las rocas que los astronautas de las misiones Apolo trajeron a la Tierra entre 1969 y 1972 y que desafiaba lo que sabemos sobre cómo ‘funcionan’ los planetas.Y es que esas piedras polvorientas nos contaban una historia imposible. Nos decían que hace miles de millones de años, nuestra pequeña y fría Luna poseía un campo magnético colosal. Un escudo protector que, según los análisis, era incluso más poderoso del que la Tierra tiene hoy en día.Pero, ¿qué tiene que ver con nosotros el campo magnético de la Luna? Un campo magnético es, en esencia, un enorme escudo invisible que protege a un planeta (o a una luna) del viento solar y de la radiación cósmica letal. En la Tierra, ese escudo nos permite tener una atmósfera , océanos de agua líquida y, en última instancia, vida. Sin él, nuestro planeta sería un desierto estéril, barrido y esterilizado por las partículas cargadas que expulsa el Sol, tal y como le ocurrió a Marte.Noticia relacionada general No No Un gigantesco ‘agujero de gravedad’ lleva 70 millones de años creciendo bajo la Antártida José Manuel NievesPara generar este escudo planetario , la naturaleza utiliza un mecanismo que los físicos llaman ‘teoría de la dinamo’ que, esencialmente, funciona como la de una bicicleta tradicional: se necesita movimiento para generar energía. En nuestro caso, ese movimiento proviene de un núcleo externo de hierro líquido y ardiente que gira y se agita violentamente alrededor de un núcleo sólido interno del tamaño de Mercurio.Pero el núcleo de la Luna es mucho más pequeño, y apenas representa una séptima parte de su radio (unos 330 kilómetros frente a los 1.737 kilómetros de radio total lunar). Es decir, que en teoría no tiene la masa ni el calor suficientes para mantenerse en movimiento durante cientos de millones de años. Debería haberse enfriado rápidamente.Sin embargo, prestigiosos estudios anteriores, como el exhaustivo informe liderado en 2014 por Benjamin Weiss desde el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), aseguraban que las rocas del Apolo demostraban que la Luna tuvo un campo magnético de hasta 100 microteslas (el doble que el de la Tierra actual) durante un larguísimo periodo: desde hace 4.200 millones de años hasta hace unos 3.500 millones de años.Es decir, setecientos millones de años de magnetismo extremo a pesar de su núcleo enano. Era, sencillamente, una locura científica. Algo fallaba. O la teoría de la dinamo planetaria que rige en todo el Universo estaba equivocada, o nos estábamos perdiendo una pieza fundamental del rompecabezas.El ‘engaño’ del titanioAhora, un nuevo estudio recién publicado en ‘Nature Geoscience’ por investigadores del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Oxford, acaba de resolver el misterio. Ambas partes del debate tenían razón, pero todos fueron víctimas de un ‘engaño’, de un monumental sesgo estadístico.El equipo de Oxford decidió analizar minuciosamente la composición química de un tipo muy específico de roca lunar traída por los astronautas: los basaltos de los ‘mares’ lunares. Y allí, en las entrañas de esos minerales, encontraron un patrón inédito, una correlación directa entre la cantidad de titanio que contenía la roca y lo fuertemente magnetizada que estaba.Durante medio siglo, las rocas del Apolo contaron una historia imposible: a pesar de su pequeño núcleo, la Luna tuvo un escudo magnético colosal dos veces superior al de la TierraLos datos fueron concluyentes. Cada una de las muestras lunares que registraba un campo magnético excepcionalmente fuerte contenía también enormes cantidades de titanio. Por el contrario, aquellas muestras que tenían menos de un 6% de titanio (en peso) mostraban evidencias de un campo magnético muy débil.Los investigadores sugieren que la formación de estas rocas ricas en titanio y la generación de un fuerte magnetismo están íntimamente ligadas. Y que el hundimiento y derretimiento de material pesado rico en titanio en las profundidades de la Luna, justo en la frontera entre su manto y su núcleo, provocó una agitación tan violenta que ‘encendió’ de golpe la dinamo lunar, generando temporalmente un campo magnético de enorme intensidad. Pero fue un efecto fugaz.«Nuestro nuevo estudio -explica Claire Nichols, autora principal del artículo- sugiere que las muestras del Apolo están sesgadas hacia eventos extremadamente raros que duraron unos pocos miles de años, pero hasta ahora se habían interpretado como si representaran 500 millones de años de historia lunar. Parece que un sesgo de muestreo nos impidió darnos cuenta de lo cortos y raros que fueron en realidad estos eventos de fuerte magnetismo».La investigadora añade, también, el matiz que salva las leyes de la física planetaria: «Ahora creemos -afirma- que durante la gran mayoría de la historia de la Luna su campo magnético ha sido débil, lo que es consistente con nuestra comprensión de la teoría de la dinamo. Pero que durante períodos de tiempo muy cortos (no más de 5.000 años, pero posiblemente tan cortos como unas pocas décadas) el derretimiento de rocas ricas en titanio en el límite entre el núcleo y el manto de la Luna resultó en la generación de un campo muy fuerte». Aterrizar en el lugar equivocadoPero si estos eventos fueron tan raros, ¿por qué casi todas las rocas traídas a la Tierra por las diferentes misiones Apolo decían lo contrario?La respuesta es que, con la tecnología de los años 60 y 70, la agencia espacial necesitaba zonas amplias, planas y sin apenas cráteres para aterrizar los delicados módulos lunares. Zonas ideales que desde la Tierra vemos como grandes manchas oscuras en la superficie de la Luna a las que llamamos ‘Mares’. Y resulta que esos mares son inmensas planicies de basalto rico en titanio, el rastro petrificado de esas raras erupciones que magnetizaban las rocas.La necesidad de la NASA de encontrar zonas de aterrizaje seguras y planas en los años 60 nos llevó a un monumental sesgo estadístico: recogimos las rocas más inusuales de todo el satéliteEn otras palabras, los astronautas trajeron a la Tierra cientos de kilos de piedras que no representaban en absoluto a la mayor parte de la superficie lunar. Era como intentar deducir la fauna de todo el planeta Tierra aterrizando seis veces seguidas en el centro del desierto del Sáhara.Jon Wade, coautor del estudio, ilustra con un ejemplo la magnitud del error: «Si fuéramos extraterrestres explorando la Tierra -afirma- y hubiéramos aterrizado aquí solo seis veces, probablemente tendríamos un sesgo de muestreo similar, especialmente si estuviéramos seleccionando superficies planas para aterrizar. Fue solo por casualidad que las misiones Apolo se centraron tanto en la región de los mares de la Luna; si hubieran aterrizado en otro lugar, probablemente habríamos concluido que la Luna solo tuvo un campo magnético débil y nos habríamos perdido esta parte importante de la historia lunar temprana por completo».Los resultados del estudio permiten que, por fin, los científicos planetarios puedan respirar con alivio. Todo vuelve a cuadrar, y se confirma que la Luna no tuvo un escudo magnético ‘imposible’ durante 500 millones de años, sino un campo débil interrumpido por ‘espasmos’ geológicos excepcionales que dejaron su firma en las oscuras llanuras basálticas.El accidentado Polo Sur lunar, destino de las próximas misiones Artemis, será la prueba de fuego definitiva para confirmar esta nueva historia geológica de nuestra vieja compañera espacialAhora el equipo mira ya al futuro, hacia el inminente regreso de la humanidad a la Luna. «Ahora -asegura Simon Stephenson, coautor de la investigación-somos capaces de predecir qué tipos de muestras preservarán qué intensidades de campo magnético en la Luna. Las próximas misiones Artemis nos ofrecerán la oportunidad de probar esta hipótesis y profundizar en la historia del campo magnético lunar».MÁS INFORMACIÓN noticia Si La ciencia desvela el motivo del molesto chirrido de las zapatillas cuando caminas noticia Si Hallan en la Patagonia a «patas flacas», uno de los dinosaurios más pequeños del mundoDe hecho, los futuros cohetes de la NASA no aterrizarán en las cómodas planicies ecuatoriales que visitaron los Apolo. El nuevo destino es el accidentado Polo Sur lunar, una región geológicamente distinta donde los astronautas recogerán rocas muy diferentes, más antiguas y, con toda probabilidad, desprovistas de ese titanio engañoso. Será la prueba de fuego que confirme, de una vez por todas, la verdadera historia magnética de nuestra vieja compañera espacial. Durante más de medio siglo, un incómodo misterio ha traído de cabeza a los científicos planetarios de todo el mundo. Un enigma encerrado en las rocas que los astronautas de las misiones Apolo trajeron a la Tierra entre 1969 y 1972 y que desafiaba lo que sabemos sobre cómo ‘funcionan’ los planetas.Y es que esas piedras polvorientas nos contaban una historia imposible. Nos decían que hace miles de millones de años, nuestra pequeña y fría Luna poseía un campo magnético colosal. Un escudo protector que, según los análisis, era incluso más poderoso del que la Tierra tiene hoy en día.Pero, ¿qué tiene que ver con nosotros el campo magnético de la Luna? Un campo magnético es, en esencia, un enorme escudo invisible que protege a un planeta (o a una luna) del viento solar y de la radiación cósmica letal. En la Tierra, ese escudo nos permite tener una atmósfera , océanos de agua líquida y, en última instancia, vida. Sin él, nuestro planeta sería un desierto estéril, barrido y esterilizado por las partículas cargadas que expulsa el Sol, tal y como le ocurrió a Marte.Noticia relacionada general No No Un gigantesco ‘agujero de gravedad’ lleva 70 millones de años creciendo bajo la Antártida José Manuel NievesPara generar este escudo planetario , la naturaleza utiliza un mecanismo que los físicos llaman ‘teoría de la dinamo’ que, esencialmente, funciona como la de una bicicleta tradicional: se necesita movimiento para generar energía. En nuestro caso, ese movimiento proviene de un núcleo externo de hierro líquido y ardiente que gira y se agita violentamente alrededor de un núcleo sólido interno del tamaño de Mercurio.Pero el núcleo de la Luna es mucho más pequeño, y apenas representa una séptima parte de su radio (unos 330 kilómetros frente a los 1.737 kilómetros de radio total lunar). Es decir, que en teoría no tiene la masa ni el calor suficientes para mantenerse en movimiento durante cientos de millones de años. Debería haberse enfriado rápidamente.Sin embargo, prestigiosos estudios anteriores, como el exhaustivo informe liderado en 2014 por Benjamin Weiss desde el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), aseguraban que las rocas del Apolo demostraban que la Luna tuvo un campo magnético de hasta 100 microteslas (el doble que el de la Tierra actual) durante un larguísimo periodo: desde hace 4.200 millones de años hasta hace unos 3.500 millones de años.Es decir, setecientos millones de años de magnetismo extremo a pesar de su núcleo enano. Era, sencillamente, una locura científica. Algo fallaba. O la teoría de la dinamo planetaria que rige en todo el Universo estaba equivocada, o nos estábamos perdiendo una pieza fundamental del rompecabezas.El ‘engaño’ del titanioAhora, un nuevo estudio recién publicado en ‘Nature Geoscience’ por investigadores del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Oxford, acaba de resolver el misterio. Ambas partes del debate tenían razón, pero todos fueron víctimas de un ‘engaño’, de un monumental sesgo estadístico.El equipo de Oxford decidió analizar minuciosamente la composición química de un tipo muy específico de roca lunar traída por los astronautas: los basaltos de los ‘mares’ lunares. Y allí, en las entrañas de esos minerales, encontraron un patrón inédito, una correlación directa entre la cantidad de titanio que contenía la roca y lo fuertemente magnetizada que estaba.Durante medio siglo, las rocas del Apolo contaron una historia imposible: a pesar de su pequeño núcleo, la Luna tuvo un escudo magnético colosal dos veces superior al de la TierraLos datos fueron concluyentes. Cada una de las muestras lunares que registraba un campo magnético excepcionalmente fuerte contenía también enormes cantidades de titanio. Por el contrario, aquellas muestras que tenían menos de un 6% de titanio (en peso) mostraban evidencias de un campo magnético muy débil.Los investigadores sugieren que la formación de estas rocas ricas en titanio y la generación de un fuerte magnetismo están íntimamente ligadas. Y que el hundimiento y derretimiento de material pesado rico en titanio en las profundidades de la Luna, justo en la frontera entre su manto y su núcleo, provocó una agitación tan violenta que ‘encendió’ de golpe la dinamo lunar, generando temporalmente un campo magnético de enorme intensidad. Pero fue un efecto fugaz.«Nuestro nuevo estudio -explica Claire Nichols, autora principal del artículo- sugiere que las muestras del Apolo están sesgadas hacia eventos extremadamente raros que duraron unos pocos miles de años, pero hasta ahora se habían interpretado como si representaran 500 millones de años de historia lunar. Parece que un sesgo de muestreo nos impidió darnos cuenta de lo cortos y raros que fueron en realidad estos eventos de fuerte magnetismo».La investigadora añade, también, el matiz que salva las leyes de la física planetaria: «Ahora creemos -afirma- que durante la gran mayoría de la historia de la Luna su campo magnético ha sido débil, lo que es consistente con nuestra comprensión de la teoría de la dinamo. Pero que durante períodos de tiempo muy cortos (no más de 5.000 años, pero posiblemente tan cortos como unas pocas décadas) el derretimiento de rocas ricas en titanio en el límite entre el núcleo y el manto de la Luna resultó en la generación de un campo muy fuerte». Aterrizar en el lugar equivocadoPero si estos eventos fueron tan raros, ¿por qué casi todas las rocas traídas a la Tierra por las diferentes misiones Apolo decían lo contrario?La respuesta es que, con la tecnología de los años 60 y 70, la agencia espacial necesitaba zonas amplias, planas y sin apenas cráteres para aterrizar los delicados módulos lunares. Zonas ideales que desde la Tierra vemos como grandes manchas oscuras en la superficie de la Luna a las que llamamos ‘Mares’. Y resulta que esos mares son inmensas planicies de basalto rico en titanio, el rastro petrificado de esas raras erupciones que magnetizaban las rocas.La necesidad de la NASA de encontrar zonas de aterrizaje seguras y planas en los años 60 nos llevó a un monumental sesgo estadístico: recogimos las rocas más inusuales de todo el satéliteEn otras palabras, los astronautas trajeron a la Tierra cientos de kilos de piedras que no representaban en absoluto a la mayor parte de la superficie lunar. Era como intentar deducir la fauna de todo el planeta Tierra aterrizando seis veces seguidas en el centro del desierto del Sáhara.Jon Wade, coautor del estudio, ilustra con un ejemplo la magnitud del error: «Si fuéramos extraterrestres explorando la Tierra -afirma- y hubiéramos aterrizado aquí solo seis veces, probablemente tendríamos un sesgo de muestreo similar, especialmente si estuviéramos seleccionando superficies planas para aterrizar. Fue solo por casualidad que las misiones Apolo se centraron tanto en la región de los mares de la Luna; si hubieran aterrizado en otro lugar, probablemente habríamos concluido que la Luna solo tuvo un campo magnético débil y nos habríamos perdido esta parte importante de la historia lunar temprana por completo».Los resultados del estudio permiten que, por fin, los científicos planetarios puedan respirar con alivio. Todo vuelve a cuadrar, y se confirma que la Luna no tuvo un escudo magnético ‘imposible’ durante 500 millones de años, sino un campo débil interrumpido por ‘espasmos’ geológicos excepcionales que dejaron su firma en las oscuras llanuras basálticas.El accidentado Polo Sur lunar, destino de las próximas misiones Artemis, será la prueba de fuego definitiva para confirmar esta nueva historia geológica de nuestra vieja compañera espacialAhora el equipo mira ya al futuro, hacia el inminente regreso de la humanidad a la Luna. «Ahora -asegura Simon Stephenson, coautor de la investigación-somos capaces de predecir qué tipos de muestras preservarán qué intensidades de campo magnético en la Luna. Las próximas misiones Artemis nos ofrecerán la oportunidad de probar esta hipótesis y profundizar en la historia del campo magnético lunar».MÁS INFORMACIÓN noticia Si La ciencia desvela el motivo del molesto chirrido de las zapatillas cuando caminas noticia Si Hallan en la Patagonia a «patas flacas», uno de los dinosaurios más pequeños del mundoDe hecho, los futuros cohetes de la NASA no aterrizarán en las cómodas planicies ecuatoriales que visitaron los Apolo. El nuevo destino es el accidentado Polo Sur lunar, una región geológicamente distinta donde los astronautas recogerán rocas muy diferentes, más antiguas y, con toda probabilidad, desprovistas de ese titanio engañoso. Será la prueba de fuego que confirme, de una vez por todas, la verdadera historia magnética de nuestra vieja compañera espacial.
Durante más de medio siglo, un incómodo misterio ha traído de cabeza a los científicos planetarios de todo el mundo. Un enigma encerrado en las rocas que los astronautas de las misiones Apolo trajeron a la Tierra entre 1969 y 1972 y que desafiaba lo … que sabemos sobre cómo ‘funcionan’ los planetas.
Y es que esas piedras polvorientas nos contaban una historia imposible. Nos decían que hace miles de millones de años, nuestra pequeña y fría Luna poseía un campo magnético colosal. Un escudo protector que, según los análisis, era incluso más poderoso del que la Tierra tiene hoy en día.
Pero, ¿qué tiene que ver con nosotros el campo magnético de la Luna? Un campo magnético es, en esencia, un enorme escudo invisible que protege a un planeta (o a una luna) del viento solar y de la radiación cósmica letal. En la Tierra, ese escudo nos permite tener una atmósfera, océanos de agua líquida y, en última instancia, vida. Sin él, nuestro planeta sería un desierto estéril, barrido y esterilizado por las partículas cargadas que expulsa el Sol, tal y como le ocurrió a Marte.
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Para generar este escudo planetario, la naturaleza utiliza un mecanismo que los físicos llaman ‘teoría de la dinamo’ que, esencialmente, funciona como la de una bicicleta tradicional: se necesita movimiento para generar energía. En nuestro caso, ese movimiento proviene de un núcleo externo de hierro líquido y ardiente que gira y se agita violentamente alrededor de un núcleo sólido interno del tamaño de Mercurio.
Pero el núcleo de la Luna es mucho más pequeño, y apenas representa una séptima parte de su radio (unos 330 kilómetros frente a los 1.737 kilómetros de radio total lunar). Es decir, que en teoría no tiene la masa ni el calor suficientes para mantenerse en movimiento durante cientos de millones de años. Debería haberse enfriado rápidamente.
Sin embargo, prestigiosos estudios anteriores, como el exhaustivo informe liderado en 2014 por Benjamin Weiss desde el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), aseguraban que las rocas del Apolo demostraban que la Luna tuvo un campo magnético de hasta 100 microteslas (el doble que el de la Tierra actual) durante un larguísimo periodo: desde hace 4.200 millones de años hasta hace unos 3.500 millones de años.
Es decir, setecientos millones de años de magnetismo extremo a pesar de su núcleo enano. Era, sencillamente, una locura científica. Algo fallaba. O la teoría de la dinamo planetaria que rige en todo el Universo estaba equivocada, o nos estábamos perdiendo una pieza fundamental del rompecabezas.
El ‘engaño’ del titanio
Ahora, un nuevo estudio recién publicado en ‘Nature Geoscience’ por investigadores del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Oxford, acaba de resolver el misterio. Ambas partes del debate tenían razón, pero todos fueron víctimas de un ‘engaño’, de un monumental sesgo estadístico.
El equipo de Oxford decidió analizar minuciosamente la composición química de un tipo muy específico de roca lunar traída por los astronautas: los basaltos de los ‘mares’ lunares. Y allí, en las entrañas de esos minerales, encontraron un patrón inédito, una correlación directa entre la cantidad de titanio que contenía la roca y lo fuertemente magnetizada que estaba.
Durante medio siglo, las rocas del Apolo contaron una historia imposible: a pesar de su pequeño núcleo, la Luna tuvo un escudo magnético colosal dos veces superior al de la Tierra
Los datos fueron concluyentes. Cada una de las muestras lunares que registraba un campo magnético excepcionalmente fuerte contenía también enormes cantidades de titanio. Por el contrario, aquellas muestras que tenían menos de un 6% de titanio (en peso) mostraban evidencias de un campo magnético muy débil.
Los investigadores sugieren que la formación de estas rocas ricas en titanio y la generación de un fuerte magnetismo están íntimamente ligadas. Y que el hundimiento y derretimiento de material pesado rico en titanio en las profundidades de la Luna, justo en la frontera entre su manto y su núcleo, provocó una agitación tan violenta que ‘encendió’ de golpe la dinamo lunar, generando temporalmente un campo magnético de enorme intensidad. Pero fue un efecto fugaz.
«Nuestro nuevo estudio -explica Claire Nichols, autora principal del artículo- sugiere que las muestras del Apolo están sesgadas hacia eventos extremadamente raros que duraron unos pocos miles de años, pero hasta ahora se habían interpretado como si representaran 500 millones de años de historia lunar. Parece que un sesgo de muestreo nos impidió darnos cuenta de lo cortos y raros que fueron en realidad estos eventos de fuerte magnetismo».
La investigadora añade, también, el matiz que salva las leyes de la física planetaria: «Ahora creemos -afirma- que durante la gran mayoría de la historia de la Luna su campo magnético ha sido débil, lo que es consistente con nuestra comprensión de la teoría de la dinamo. Pero que durante períodos de tiempo muy cortos (no más de 5.000 años, pero posiblemente tan cortos como unas pocas décadas) el derretimiento de rocas ricas en titanio en el límite entre el núcleo y el manto de la Luna resultó en la generación de un campo muy fuerte».
Aterrizar en el lugar equivocado
Pero si estos eventos fueron tan raros, ¿por qué casi todas las rocas traídas a la Tierra por las diferentes misiones Apolo decían lo contrario?
La respuesta es que, con la tecnología de los años 60 y 70, la agencia espacial necesitaba zonas amplias, planas y sin apenas cráteres para aterrizar los delicados módulos lunares. Zonas ideales que desde la Tierra vemos como grandes manchas oscuras en la superficie de la Luna a las que llamamos ‘Mares’. Y resulta que esos mares son inmensas planicies de basalto rico en titanio, el rastro petrificado de esas raras erupciones que magnetizaban las rocas.
La necesidad de la NASA de encontrar zonas de aterrizaje seguras y planas en los años 60 nos llevó a un monumental sesgo estadístico: recogimos las rocas más inusuales de todo el satélite
En otras palabras, los astronautas trajeron a la Tierra cientos de kilos de piedras que no representaban en absoluto a la mayor parte de la superficie lunar. Era como intentar deducir la fauna de todo el planeta Tierra aterrizando seis veces seguidas en el centro del desierto del Sáhara.
Jon Wade, coautor del estudio, ilustra con un ejemplo la magnitud del error: «Si fuéramos extraterrestres explorando la Tierra -afirma- y hubiéramos aterrizado aquí solo seis veces, probablemente tendríamos un sesgo de muestreo similar, especialmente si estuviéramos seleccionando superficies planas para aterrizar. Fue solo por casualidad que las misiones Apolo se centraron tanto en la región de los mares de la Luna; si hubieran aterrizado en otro lugar, probablemente habríamos concluido que la Luna solo tuvo un campo magnético débil y nos habríamos perdido esta parte importante de la historia lunar temprana por completo».
Los resultados del estudio permiten que, por fin, los científicos planetarios puedan respirar con alivio. Todo vuelve a cuadrar, y se confirma que la Luna no tuvo un escudo magnético ‘imposible’ durante 500 millones de años, sino un campo débil interrumpido por ‘espasmos’ geológicos excepcionales que dejaron su firma en las oscuras llanuras basálticas.
El accidentado Polo Sur lunar, destino de las próximas misiones Artemis, será la prueba de fuego definitiva para confirmar esta nueva historia geológica de nuestra vieja compañera espacial
Ahora el equipo mira ya al futuro, hacia el inminente regreso de la humanidad a la Luna. «Ahora -asegura Simon Stephenson, coautor de la investigación-somos capaces de predecir qué tipos de muestras preservarán qué intensidades de campo magnético en la Luna. Las próximas misiones Artemis nos ofrecerán la oportunidad de probar esta hipótesis y profundizar en la historia del campo magnético lunar».
De hecho, los futuros cohetes de la NASA no aterrizarán en las cómodas planicies ecuatoriales que visitaron los Apolo. El nuevo destino es el accidentado Polo Sur lunar, una región geológicamente distinta donde los astronautas recogerán rocas muy diferentes, más antiguas y, con toda probabilidad, desprovistas de ese titanio engañoso. Será la prueba de fuego que confirme, de una vez por todas, la verdadera historia magnética de nuestra vieja compañera espacial.
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