Un pesimista es un optimista bien informado, parece sugerir la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, cuando advierte que harán una revisión a la baja del crecimiento global debido a las consecuencias de la guerra de Irán. Incluso en el escenario más optimista las cosas irán mal.
Un pesimista es un optimista bien informado, parece sugerir la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, cuando advierte que harán una revisión a la baja del crecimiento global debido a las consecuencias de la guerra de Irán. Incluso en el escenario más optimista las cosas irán mal.Seguir leyendo…
Un pesimista es un optimista bien informado, parece sugerir la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, cuando advierte que harán una revisión a la baja del crecimiento global debido a las consecuencias de la guerra de Irán. Incluso en el escenario más optimista las cosas irán mal.
España, aunque menos expuesta por su lejanía del conflicto, sufrirá el impacto;
la inflación afectará a las clases desfavorecidas. No sería recomendable que el
Gobierno de Pedro Sánchez recurriera al aumento del déficit y de la deuda pública para afrontar el encarecimiento de productos básicos, que continuará al menos durante algunos meses más.
Todo está en juego; todos arriesgan mucho y no hay beneficios
Es probable que se reanuden las negociaciones de paz y que se logre el acuerdo esperado, pero los daños sufridos en
las infraestructuras, los complejos gasistas, las interrupciones en la cadena de
suministros y la pérdida de confian-
za continuarán teniendo repercusiones significativas.
Los riesgos de un shock energético mundial que provoque un incremento de la inflación y la amenaza de una hambruna para millones de personas son ciertos. Sin embargo, también es posible que los pronósticos del FMI se cumplan por su propio pesimismo: si no hay inversión ni consumo, la economía podría detenerse y causar una nueva crisis. Es lo que podríamos llamar el vaticinio autoproclamado . Hay demasiados pájaros de mal agüero que se han olvidado de que más vale una cerilla que cien quejas por la oscuridad. No es cuestión de un optimismo ciego, sino de un mínimo de sentido común. EE.UU., Israel e Irán están condenados a entenderse porque la alternativa sería un Armagedón, como señaló Donald Trump.
Tampoco es posible olvidarse de que el régimen de los ayatolás, controlado por fanáticos de la Guardia Revolucionaria, tiene 400 kilos de uranio altamente enriquecido con el que se podría fabricar bombas atómicas. Armas que tendrían como objetivo declarado borrar del mapa el Estado de Israel. La frase “del río al mar” es más que un eslogan, al menos es así como lo sienten la mayor parte de los israelíes. Estos creen que se enfrentan a una cuestión existencial. La masacre del 7 de octubre del 2023, perpetrada por Hamas con el apoyo de Irán y Líbano, provocó una guerra que tienen que acabar por vía diplomática o militar.
Todo está en juego; todos arriesgan mucho y no hay beneficios. Solo el acuerdo es posible, ya que no hay alternativa. Estados Unidos debe terminar esta guerra en dos semanas, dentro de las dos semanas de tregua dada por Trump, o no le quedará otra que cumplir con sus amenazas, y el Gobierno de Teherán lo sabe.
Esto hace que la tesis de una “guerra corta” se imponga a la de una “guerra larga” como la de Ucrania. Y a partir de este escenario, el futuro económico global hace más necesario que nunca a los optimistas frente a los pesimistas. Europa no tiene que resignarse a una estanflación, aunque habrá que apretarse el cinturón.
Economía
