El zoólogo Igor Dykky, voluntario en las fuerzas armadas de Ucrania, fue desplegado al frente, lo que los soldados llaman «na nuli» (a cero), desde noviembre de 2022 hasta enero de 2024. Su batallón luchó cerca de la ciudad de Lyman, en la región de Donetsk, y en las inmediaciones de Járkov, en la frontera con Rusia. Allí se encontró con las primeras jaurías de perros callejeros, muchos de ellos mutilados. A pesar de enfrentar cara a cara la tragedia humana y exponer su propia vida cada día, «ver a estos animales me impactó profundamente», confiesa a ABC. Los canes vagabundeaban por las calles entre las ruinas, algunos abandonados por sus dueños durante el asedio, otros, perdidos, eran las mascotas de personas asesinadas por los rusos. La mayoría estaban aterrorizados por los bombardeos y hambrientos, hasta el punto de hurgar con frecuencia entre los cadáveres de los soldados caídos.Estas vivencias coincidieron con la propuesta de una colega de Dykky, la investigadora polaca Malgorzata Pilot, para participar en un proyecto de investigación sobre los «perros de la guerra». Dykky, que ahora imparte clases en la Facultad de Biología de la Universidad Nacional Ivan Franko de Lviv, se comprometió a recolectar las muestras de ADN en primera línea de fuego. Lo que encontraron les sorprendió enormemente. En unos pocos años, los canes habían cambiado. Los que sobrevivían tenían rasgos más asilvestrados que recordaban a los lobos, los coyotes o los dingos, y eran más pequeños. La guerra había actuado como un «potente y rápido» impulsor de la selección natural. Los investigadores se percataron de que, en primera línea, las morros chatos y las orejas caídas, rasgos muy habituales entre las mascotas domésticas, habían dado paso a orejas puntiagudas, colas rectas y un pelaje más uniforme, con menos manchas blancas para pasar más desapercibidos. Además, los datos mostraron una reducción de la masa corporal. «Los más pequeños tienen menos probabilidades de activar una mina o ser alcanzados por metralla, necesitan menos comida para sobrevivir y pueden esconderse en espacios reducidos», explica Maria Martsiv, zoóloga de la Universidad de Leópolis y autora principal del estudio, publicado recientemente en la revista ‘Evolutionary Applications’. Los que tenían más posibilidades de sobrevivir eran los individuos más fuertes, con fenotipos ‘salvajes’. Noticia relacionada No No Sí, la mayoría de los perros tienen algo de lobo, hasta los chihuahuas Judith de JorgeNeurosis de guerra«Estamos acostumbrados a la idea de que la evolución es un proceso lento , pero la guerra dicta otras reglas. Lo que opera aquí no es la selección natural en el sentido clásico -quién tiene mayor éxito reproductivo y deja más descendencia-, sino más bien una dura supervivencia: quién no perece ahora», aclara Martsiv. Reconoce que le asombró la velocidad de los cambios: «Esperábamos encontrarlos, pero no que se manifestaran tan vívidamente en tan poco tiempo. Que la presión de la guerra haya sido tan intensa ha resultado crucial». «Sin nadie que les dé de comer, es frecuente ver a los canes hurgando entre los cadáveres de los soldados caídos»Además de ser más parecidos a perros salvajes, los canes ucranianos comenzaron a comportarse como tales. Por ejemplo, se agrupaban con más frecuencia, lo que podía ayudarles a cazar o defenderse. Con poca gente viviendo aún en las localidades del frente que pudiera alimentarles, también empezaron a consumir bastante comida vegetal. Y se volvieron carroñeros por necesidad, incluso de cuerpos humanos. A los gatos les ocurrió lo mismo. «Esos individuos —afirma Dykky— se mantenían alejados de los humanos y mostraron una agresividad intensificada». En la imagen vertical, Igor Dykky, con un cachorro. En el resto, perros callejeros que han participado en el estudio I. DykkyMuchos perros callejeros eran adoptados por los militares. «Donde quiera que miraras, los soldados habían tomado a uno o más bajo su protección, cuidándolos como si fueran suyos», recuerda. Intentaban paliar la «neurosis de guerra» de los perros. Había ejemplares cojos, ciegos… «A todos les dábamos cobijo y atención médica. En Zarichne, dimos de comer a una jauría de veinte», asegura.Crueldad rusaPero a menudo los perros desconfiaban de los efectivos y no les dejaban acercarse a menos de cinco metros. Aún así, seguían pidiéndoles comida. «Algunos reaccionaban con especial agresividad ante los uniformes militares o ante cualquiera que portara un arma. Este comportamiento probablemente se deba al trato de extrema crueldad que sufrieron por parte de las tropas rusas durante la ocupación. Según los residentes locales, a menudo los disparaban o los pateaban«, cuenta.Bregado en mil batallas y participante en cuatro expediciones antárticas, Dykky recuerda con especial tristeza a una San Bernardo preñada llamada ‘Linda’. Sus dueños la habían abandonado y él, encariñado, tenía la intención de llevársela a casa después de la guerra. «La escondimos en el sótano durante las explosiones y dio a luz a un solo cachorro. Trágicamente, murió atropellada por un blindado militar que circulaba a toda velocidad bajo un bombardeo. Recuerdo recoger a su cachorro, meterlo en el coche y conducir hasta la retaguardia para que los cocineros le dieran leche. Estaba tan abrumado por la emoción que casi choqué. El cachorro vivió solo dos meses», relata. Es fácil imaginar que llevar a cabo este estudio no ha sido un camino de rosas. La actividad científica en un país devastado por la guerra resulta «un desafío». Martsiv dice que sus condiciones de trabajo se han visto profundamente alteradas. «Los bombardeos constantes, la crisis energética y la falta de financiación estatal obligan a los científicos a trabajar principalmente por su propia iniciativa y a su propio coste», asegura. Para los zoólogos, la situación se complica aún más por el acceso restringido a los territorios: la ley marcial y la amenaza de minas terrestres hacen que el trabajo de campo tradicional sea prácticamente imposible, y utilizar instrumentos ópticos a menudo es peligroso o está prohibido.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Ya había perros de distinto aspecto hace más de 10.000 años Cuando relinchan, los caballos silban y cantan como los humanos, pero al mismo tiempo Si Judith de Jorge noticia Si Los simios también tienen imaginación y juegan ‘a las meriendas’Martsiv cree que otras especies animales en Ucrania pueden pasar por un proceso semejante al de los perros. «Por supuesto, la guerra es un desastre a gran escala y tiene un impacto en el ecosistema en su conjunto —afirma—. Por lo tanto, todas las especies animales sufren cambios, algunas más rápido, otras más tarde». El zoólogo Igor Dykky, voluntario en las fuerzas armadas de Ucrania, fue desplegado al frente, lo que los soldados llaman «na nuli» (a cero), desde noviembre de 2022 hasta enero de 2024. Su batallón luchó cerca de la ciudad de Lyman, en la región de Donetsk, y en las inmediaciones de Járkov, en la frontera con Rusia. Allí se encontró con las primeras jaurías de perros callejeros, muchos de ellos mutilados. A pesar de enfrentar cara a cara la tragedia humana y exponer su propia vida cada día, «ver a estos animales me impactó profundamente», confiesa a ABC. Los canes vagabundeaban por las calles entre las ruinas, algunos abandonados por sus dueños durante el asedio, otros, perdidos, eran las mascotas de personas asesinadas por los rusos. La mayoría estaban aterrorizados por los bombardeos y hambrientos, hasta el punto de hurgar con frecuencia entre los cadáveres de los soldados caídos.Estas vivencias coincidieron con la propuesta de una colega de Dykky, la investigadora polaca Malgorzata Pilot, para participar en un proyecto de investigación sobre los «perros de la guerra». Dykky, que ahora imparte clases en la Facultad de Biología de la Universidad Nacional Ivan Franko de Lviv, se comprometió a recolectar las muestras de ADN en primera línea de fuego. Lo que encontraron les sorprendió enormemente. En unos pocos años, los canes habían cambiado. Los que sobrevivían tenían rasgos más asilvestrados que recordaban a los lobos, los coyotes o los dingos, y eran más pequeños. La guerra había actuado como un «potente y rápido» impulsor de la selección natural. Los investigadores se percataron de que, en primera línea, las morros chatos y las orejas caídas, rasgos muy habituales entre las mascotas domésticas, habían dado paso a orejas puntiagudas, colas rectas y un pelaje más uniforme, con menos manchas blancas para pasar más desapercibidos. Además, los datos mostraron una reducción de la masa corporal. «Los más pequeños tienen menos probabilidades de activar una mina o ser alcanzados por metralla, necesitan menos comida para sobrevivir y pueden esconderse en espacios reducidos», explica Maria Martsiv, zoóloga de la Universidad de Leópolis y autora principal del estudio, publicado recientemente en la revista ‘Evolutionary Applications’. Los que tenían más posibilidades de sobrevivir eran los individuos más fuertes, con fenotipos ‘salvajes’. Noticia relacionada No No Sí, la mayoría de los perros tienen algo de lobo, hasta los chihuahuas Judith de JorgeNeurosis de guerra«Estamos acostumbrados a la idea de que la evolución es un proceso lento , pero la guerra dicta otras reglas. Lo que opera aquí no es la selección natural en el sentido clásico -quién tiene mayor éxito reproductivo y deja más descendencia-, sino más bien una dura supervivencia: quién no perece ahora», aclara Martsiv. Reconoce que le asombró la velocidad de los cambios: «Esperábamos encontrarlos, pero no que se manifestaran tan vívidamente en tan poco tiempo. Que la presión de la guerra haya sido tan intensa ha resultado crucial». «Sin nadie que les dé de comer, es frecuente ver a los canes hurgando entre los cadáveres de los soldados caídos»Además de ser más parecidos a perros salvajes, los canes ucranianos comenzaron a comportarse como tales. Por ejemplo, se agrupaban con más frecuencia, lo que podía ayudarles a cazar o defenderse. Con poca gente viviendo aún en las localidades del frente que pudiera alimentarles, también empezaron a consumir bastante comida vegetal. Y se volvieron carroñeros por necesidad, incluso de cuerpos humanos. A los gatos les ocurrió lo mismo. «Esos individuos —afirma Dykky— se mantenían alejados de los humanos y mostraron una agresividad intensificada». En la imagen vertical, Igor Dykky, con un cachorro. En el resto, perros callejeros que han participado en el estudio I. DykkyMuchos perros callejeros eran adoptados por los militares. «Donde quiera que miraras, los soldados habían tomado a uno o más bajo su protección, cuidándolos como si fueran suyos», recuerda. Intentaban paliar la «neurosis de guerra» de los perros. Había ejemplares cojos, ciegos… «A todos les dábamos cobijo y atención médica. En Zarichne, dimos de comer a una jauría de veinte», asegura.Crueldad rusaPero a menudo los perros desconfiaban de los efectivos y no les dejaban acercarse a menos de cinco metros. Aún así, seguían pidiéndoles comida. «Algunos reaccionaban con especial agresividad ante los uniformes militares o ante cualquiera que portara un arma. Este comportamiento probablemente se deba al trato de extrema crueldad que sufrieron por parte de las tropas rusas durante la ocupación. Según los residentes locales, a menudo los disparaban o los pateaban«, cuenta.Bregado en mil batallas y participante en cuatro expediciones antárticas, Dykky recuerda con especial tristeza a una San Bernardo preñada llamada ‘Linda’. Sus dueños la habían abandonado y él, encariñado, tenía la intención de llevársela a casa después de la guerra. «La escondimos en el sótano durante las explosiones y dio a luz a un solo cachorro. Trágicamente, murió atropellada por un blindado militar que circulaba a toda velocidad bajo un bombardeo. Recuerdo recoger a su cachorro, meterlo en el coche y conducir hasta la retaguardia para que los cocineros le dieran leche. Estaba tan abrumado por la emoción que casi choqué. El cachorro vivió solo dos meses», relata. Es fácil imaginar que llevar a cabo este estudio no ha sido un camino de rosas. La actividad científica en un país devastado por la guerra resulta «un desafío». Martsiv dice que sus condiciones de trabajo se han visto profundamente alteradas. «Los bombardeos constantes, la crisis energética y la falta de financiación estatal obligan a los científicos a trabajar principalmente por su propia iniciativa y a su propio coste», asegura. Para los zoólogos, la situación se complica aún más por el acceso restringido a los territorios: la ley marcial y la amenaza de minas terrestres hacen que el trabajo de campo tradicional sea prácticamente imposible, y utilizar instrumentos ópticos a menudo es peligroso o está prohibido.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Ya había perros de distinto aspecto hace más de 10.000 años Cuando relinchan, los caballos silban y cantan como los humanos, pero al mismo tiempo Si Judith de Jorge noticia Si Los simios también tienen imaginación y juegan ‘a las meriendas’Martsiv cree que otras especies animales en Ucrania pueden pasar por un proceso semejante al de los perros. «Por supuesto, la guerra es un desastre a gran escala y tiene un impacto en el ecosistema en su conjunto —afirma—. Por lo tanto, todas las especies animales sufren cambios, algunas más rápido, otras más tarde».
El zoólogo Igor Dykky, voluntario en las fuerzas armadas de Ucrania, fue desplegado al frente, lo que los soldados llaman «na nuli» (a cero), desde noviembre de 2022 hasta enero de 2024. Su batallón luchó cerca de la ciudad de Lyman, en la región de … Donetsk, y en las inmediaciones de Járkov, en la frontera con Rusia. Allí se encontró con las primeras jaurías de perros callejeros, muchos de ellos mutilados. A pesar de enfrentar cara a cara la tragedia humana y exponer su propia vida cada día, «ver a estos animales me impactó profundamente», confiesa a ABC. Los canes vagabundeaban por las calles entre las ruinas, algunos abandonados por sus dueños durante el asedio, otros, perdidos, eran las mascotas de personas asesinadas por los rusos. La mayoría estaban aterrorizados por los bombardeos y hambrientos, hasta el punto de hurgar con frecuencia entre los cadáveres de los soldados caídos.
Estas vivencias coincidieron con la propuesta de una colega de Dykky, la investigadora polaca Malgorzata Pilot, para participar en un proyecto de investigación sobre los «perros de la guerra». Dykky, que ahora imparte clases en la Facultad de Biología de la Universidad Nacional Ivan Franko de Lviv, se comprometió a recolectar las muestras de ADN en primera línea de fuego. Lo que encontraron les sorprendió enormemente. En unos pocos años, los canes habían cambiado. Los que sobrevivían tenían rasgos más asilvestrados que recordaban a los lobos, los coyotes o los dingos, y eran más pequeños. La guerra había actuado como un «potente y rápido» impulsor de la selección natural.
Los investigadores se percataron de que, en primera línea, las morros chatos y las orejas caídas, rasgos muy habituales entre las mascotas domésticas, habían dado paso a orejas puntiagudas, colas rectas y un pelaje más uniforme, con menos manchas blancas para pasar más desapercibidos. Además, los datos mostraron una reducción de la masa corporal. «Los más pequeños tienen menos probabilidades de activar una mina o ser alcanzados por metralla, necesitan menos comida para sobrevivir y pueden esconderse en espacios reducidos», explica Maria Martsiv, zoóloga de la Universidad de Leópolis y autora principal del estudio, publicado recientemente en la revista ‘Evolutionary Applications’. Los que tenían más posibilidades de sobrevivir eran los individuos más fuertes, con fenotipos ‘salvajes’.
Neurosis de guerra
«Estamos acostumbrados a la idea de que la evolución es un proceso lento, pero la guerra dicta otras reglas. Lo que opera aquí no es la selección natural en el sentido clásico -quién tiene mayor éxito reproductivo y deja más descendencia-, sino más bien una dura supervivencia: quién no perece ahora», aclara Martsiv. Reconoce que le asombró la velocidad de los cambios: «Esperábamos encontrarlos, pero no que se manifestaran tan vívidamente en tan poco tiempo. Que la presión de la guerra haya sido tan intensa ha resultado crucial».
«Sin nadie que les dé de comer, es frecuente ver a los canes hurgando entre los cadáveres de los soldados caídos»
Además de ser más parecidos a perros salvajes, los canes ucranianos comenzaron a comportarse como tales. Por ejemplo, se agrupaban con más frecuencia, lo que podía ayudarles a cazar o defenderse. Con poca gente viviendo aún en las localidades del frente que pudiera alimentarles, también empezaron a consumir bastante comida vegetal. Y se volvieron carroñeros por necesidad, incluso de cuerpos humanos. A los gatos les ocurrió lo mismo. «Esos individuos —afirma Dykky— se mantenían alejados de los humanos y mostraron una agresividad intensificada».
(I. Dykky)
Muchos perros callejeros eran adoptados por los militares. «Donde quiera que miraras, los soldados habían tomado a uno o más bajo su protección, cuidándolos como si fueran suyos», recuerda. Intentaban paliar la «neurosis de guerra» de los perros. Había ejemplares cojos, ciegos… «A todos les dábamos cobijo y atención médica. En Zarichne, dimos de comer a una jauría de veinte», asegura.
Crueldad rusa
Pero a menudo los perros desconfiaban de los efectivos y no les dejaban acercarse a menos de cinco metros. Aún así, seguían pidiéndoles comida. «Algunos reaccionaban con especial agresividad ante los uniformes militares o ante cualquiera que portara un arma. Este comportamiento probablemente se deba al trato de extrema crueldad que sufrieron por parte de las tropas rusas durante la ocupación. Según los residentes locales, a menudo los disparaban o los pateaban«, cuenta.
Bregado en mil batallas y participante en cuatro expediciones antárticas, Dykky recuerda con especial tristeza a una San Bernardo preñada llamada ‘Linda’. Sus dueños la habían abandonado y él, encariñado, tenía la intención de llevársela a casa después de la guerra. «La escondimos en el sótano durante las explosiones y dio a luz a un solo cachorro. Trágicamente, murió atropellada por un blindado militar que circulaba a toda velocidad bajo un bombardeo. Recuerdo recoger a su cachorro, meterlo en el coche y conducir hasta la retaguardia para que los cocineros le dieran leche. Estaba tan abrumado por la emoción que casi choqué. El cachorro vivió solo dos meses», relata.
Es fácil imaginar que llevar a cabo este estudio no ha sido un camino de rosas. La actividad científica en un país devastado por la guerra resulta «un desafío». Martsiv dice que sus condiciones de trabajo se han visto profundamente alteradas. «Los bombardeos constantes, la crisis energética y la falta de financiación estatal obligan a los científicos a trabajar principalmente por su propia iniciativa y a su propio coste», asegura.
Para los zoólogos, la situación se complica aún más por el acceso restringido a los territorios: la ley marcial y la amenaza de minas terrestres hacen que el trabajo de campo tradicional sea prácticamente imposible, y utilizar instrumentos ópticos a menudo es peligroso o está prohibido.
Martsiv cree que otras especies animales en Ucrania pueden pasar por un proceso semejante al de los perros. «Por supuesto, la guerra es un desastre a gran escala y tiene un impacto en el ecosistema en su conjunto —afirma—. Por lo tanto, todas las especies animales sufren cambios, algunas más rápido, otras más tarde».
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