Los croissants de O Pote do Ouro

Ramírez, el propietario del bar O Pote do Ouro tiene vitiligo, aquella enfermedad de la piel que aparece cuando los melanocitos dejan de producir melanina. Tiene las manos y los brazos con manchas de piel más clara, de formas redondeadas y caprichosas. Si fuera fontanero o llevara un taxi no pasaría nada. “Tengo vitiligo. Puede estar tranquilo que no es contagioso. ¿No ha visto nunca a la modelo Winnie Harlow? Incluso ha desfilado para Victoria’s Secret.” Y, con un gesto, el cliente diría: “No se preocupe”. Pero en un bar gallego es una tragedia. Antes lo llevaba él solo –O Pote do Ouro es la mínima expresión de un bar–. Pero ahora tiene contratado a un camarero peruano, que no les entra tan bien a los clientes –a él le conocen de toda la vida–. Y además –hay que joderse– tiene la cara grabada de viruela.

Seguir leyendo…

 Ramírez, el propietario del bar O Pote do Ouro tiene vitiligo, aquella enfermedad de la piel que aparece cuando los melanocitos dejan de producir melanina. Tiene las manos y los brazos con manchas de piel más clara, de formas redondeadas y caprichosas. Si fuera fontanero o llevara un taxi no pasaría nada. “Tengo vitiligo. Puede estar tranquilo que no es contagioso. ¿No ha visto nunca a la modelo Winnie Harlow? Incluso ha desfilado para Victoria’s Secret.” Y, con un gesto, el cliente diría: “No se preocupe”. Pero en un bar gallego es una tragedia. Antes lo llevaba él solo –O Pote do Ouro es la mínima expresión de un bar–. Pero ahora tiene contratado a un camarero peruano, que no les entra tan bien a los clientes –a él le conocen de toda la vida–. Y además –hay que joderse– tiene la cara grabada de viruela.Seguir leyendo…  

Ramírez, el propietario del bar O Pote do Ouro tiene vitiligo, aquella enfermedad de la piel que aparece cuando los melanocitos dejan de producir melanina. Tiene las manos y los brazos con manchas de piel más clara, de formas redondeadas y caprichosas. Si fuera fontanero o llevara un taxi no pasaría nada. “Tengo vitiligo. Puede estar tranquilo que no es contagioso. ¿No ha visto nunca a la modelo Winnie Harlow? Incluso ha desfilado para Victoria’s Secret.” Y, con un gesto, el cliente diría: “No se preocupe”. Pero en un bar gallego es una tragedia. Antes lo llevaba él solo –O Pote do Ouro es la mínima expresión de un bar–. Pero ahora tiene contratado a un camarero peruano, que no les entra tan bien a los clientes –a él le conocen de toda la vida–. Y además –hay que joderse– tiene la cara grabada de viruela.

“Parece el hospital de los infecciosos”, dice el croissant de chocolate, en la vitrina, junto a las otras pastas que han sobrado del desayuno.

Se ahorra tener que buscar a quien regalar las pastas y la mala conciencia de que se echen a perder

El cocinero filipino va tirando dados de patata en un cubo para tenerlos a punto mañana por la mañana para freír las bravas. La mujer de Ramírez guarda en la nevera la bandeja de ensaladilla rusa. La tortilla de patatas no, porque un señor se acaba de comer un trozo e igual repite. Entra otro señor, la tortilla de patatas le hace tilín y pide una ración. La que quede, Ramírez se la llevará a casa, aunque ya está un poco saturado de tortilla de patatas para cenar. Con los croissants y los dónuts que sobran del desayuno ha encontrado la solución ideal: la app Lo mejor que le puede pasar a un cruasán. Al mediodía les dice cuántos croissants, croissants de chocolate y dónuts le quedan y en la web esa preparan unos lotes. En función de la demanda fijan un precio u otro, que nunca es muy alto, porque son pastas que sobran y que acabarían en la basura. Saca un mínimo de dinero pero se ahorra el trabajo de tener que buscar a quien regalarlos y la mala conciencia de que se echen a perder. Tiene ganas de cerrar pero debe esperar a que vengan a por las pastas. Entra un señor que con la excusa de un café pide una copa de coñac.

–¿Cuál le sirvo?

–Uno de la parte del culo. Hace una pausa y añade: Veterano, Soberano…

A un tipo que se ha tomado tres cervezas le parece que oye hablar a las pastas: “Nadie nos quiere, por viejas y secas.¡Cuánta injusticia!”

En aquel momento entra una chica con una Brompton y le enseña la pantalla del móvil a Ramírez, que mete los dos croissants, el croissant de chocolate y el dónut en una bolsa de papel de Lo mejor que le puede pasar a un cruasán.

El señor del Veterano, calvo y apergaminado, comenta la escena con el tipo de las tres cervezas. “Ramírez da cosita, con esas manchas, pero tiene fatalismo, elevación, profundidad y, sobre todo, y se agradece, buena fe”.

 Cultura

Te Puede Interesar