Los adolescentes que crecieron sin ningún límite en las redes sociales: “Mis padres me dieron el móvil y, a partir de ahí, tiré sola”

Carla Planas Costa, 20 años, estudiante de la Blanquerna, fotografiada junto a su móvil en el jardín interior de la Casa de la Misericordia.

“Mis padres me dieron el móvil y, a partir de ahí, tiré sola; empecé a subir fotografías bastante infantiles: de espalda, de algún paisaje, con alguna amiga. Pero no hacía como las chicas más populares que subían fotos mostrándose en el espejo con ropa llamativa. No era mi estilo aunque, ¡claro que comparaba sus likes con los míos!”, cuenta Júlia Teruel, estudiante de Publicidad de 20 años, de Sabadell. “Pero lo peor fue la llegada de ThisCrush: una red social para recibir comentarios anónimos. Llegué a recibir comentarios como ‘eres fea’ o ‘estás plana’, lo que me afectó muchísimo con 12 años”.

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Alberto Martínez posa con su 'samartphone'. Jóvenes que tuvieron su primer móvil a los 12 recuerdan una adolescencia sin normas digitales y reflexionan sobre el papel de los adultos  

“Mis padres me dieron el móvil y, a partir de ahí, tiré sola; empecé a subir fotografías bastante infantiles: de espalda, de algún paisaje, con alguna amiga. Pero no hacía como las chicas más populares que subían fotos mostrándose en el espejo con ropa llamativa. No era mi estilo aunque, ¡claro que comparaba sus likes con los míos!”, cuenta Júlia Teruel, estudiante de Publicidad de 20 años, de Sabadell. “Pero lo peor fue la llegada de ThisCrush: una red social para recibir comentarios anónimos. Llegué a recibir comentarios como ‘eres fea’ o ‘estás plana’, lo que me afectó muchísimo con 12 años”.

Algunos la llaman la generación sin límites: jóvenes que crecieron en el albor de las redes sociales, cuando estas plataformas se intuían como algo que podía favorecer la convivencia democrática y fomentar la libertad de expresión. Desde el inicio de las primaveras árabes de 2010 hasta la primera victoria electoral de Donald Trump en 2016, la percepción mayoritaria de las redes era positiva. O, al menos, no tan perjudicial como ahora que el Gobierno español plantea prohibir su uso a los menores de 16 años. “Mis padres quedaron al margen de todo esto: ellos no tenían Instagram entonces y no sabían ni que existía ThisCrush. Fue mi hermana, cuatro años mayor que yo, la que me vio encerrarme una y otra vez en el baño para llorar y me ayudó. Me pidió por favor que me lo quitara, que no intentara encajar, y así lo hice”, añade Teruel.

En aquel momento, nadie demonizaba las redes sociales, pero tampoco había unas reglas claras sobre su uso. De hecho, se acuñó un término, el de los nativos digitales, que venía a decir que los más jóvenes ya lo sabían todo en el terreno digital, porque eran más hábiles al apretar los botoncitos del teléfono y deslizar las imágenes. Aún no se hablaba de bullying digital, ni de un consumo desmesurado por parte de niños de pornografía. Tampoco de apuestas online. Ni se asociaba la tristeza, la ansiedad o la depresión a un uso desmesurado de las pantallas. “En ese momento pensaba que ya lo sabía todo, y fui muy insistente en tener móvil, pero ahora creo que mis padres podrían haber retrasado un poco mi acceso a las redes. Descubrí muy pronto que la gente puede ser muy cruel cuando está detrás de una pantalla”, sigue la estudiante.

Predicar con el ejemplo

El anuncio sobre la posible prohibición de las redes sociales a los menores de 16 años ha generado debate entre los jóvenes que crecieron sin límites. Reconocen que sus padres tampoco sabían usar el teléfono móvil, que hicieron lo que pudieron, pero que les hubiera gustado tener más conversaciones al respecto y que ahora son ellos quienes propician esos temas. “Ahora veo a mi padre enganchado a Instagram viendo reels y le digo: ‘parece que tengas mi edad’. Hablan de la dopamina en los jóvenes, pero luego son ellos los que pasan horas mirando el móvil”, se queja Teruel.

A muchos la prohibición de Sánchez no les acaba de convencer; no les parece ni bien, ni mal: simplemente no creen que se pueda cumplir. Cómo restringir el acceso sin vulnerar la privacidad de los usuarios sigue siendo un debate entre los expertos. Los jóvenes reconocen que les hubiera gustado conversar acerca de cómo están diseñadas las redes para captar y retener su atención; qué tipo de perfiles seguir y cómo protegerse para no compararse constantemente. Hay una división en cuanto al control parental: para algunos, es una herramienta de seguridad (aunque en su momento no lo entendieron así); para otros, una intromisión en su privacidad.

“Poder hablar con un adulto de lo que pasa en las redes es lo que me ha ayudado a tener la relación que tengo ahora con el móvil”, explica Carla Planas, nacida en Matadepera hace 20 años. “Mi primer móvil me lo dieron con 12 para hacer un trayecto de cinco minutos sola. Y me lo dieron con control parental para saber dónde estaba y ver un poco qué hacía en internet”, explica. Y añade: “Durante mucho tiempo ni siquiera lo usaba, muchas veces se me olvidaba cargarlo. Instagram llegó cuando estaba en segundo de ESO y yo fui de las últimas en hacérmelo. No le veía la utilidad a subir fotos, pero al final cedí a la presión del grupo”.

Más adelante, el contenido que le salía en las redes fue un elemento potenciador de un momento difícil que vivió en la adolescencia. “Tras sufrir episodios de bullying en el instituto, empecé a centrar mi atención en lo único que podía controlar: la comida y mi cuerpo, lo que derivó en un trastorno de la conducta alimentaria”, detalla Planas. Sin embargo, el acompañamiento familiar y el diálogo constante fueron clave para superarlo. “Mi madre lo detectó muy pronto, porque yo siempre había disfrutado mucho comiendo y, de repente, me empecé a restringir. A partir de entonces, entre otras cosas, revisamos juntas a quién seguía y dejé de seguir todas las cuentas que me hacían daño”. También “educó” al algoritmo para que dejara de recomendarle rutinas de entrenamiento o recetas poco saludables. Su madre empezó a acompañarla al gimnasio para decidir, junto al entrenador, qué ejercicios le iban bien, y siguió de cerca su alimentación.

Hijos que enseñan a sus padres

“Para mí, el anonimato y la libertad en internet son muy importantes”, dispara Alberto Martínez, de 22 años, graduado superior en Ciberseguridad y estudiante de ingeniería informática. “Mis padres me entregaron mi primer móvil a los 12 años sin ningún tipo de restricciones, ni vigilancia, y me parece que es lo ideal. El Gobierno no tiene que ser responsable de los menores de 16 años. Tampoco creo en el control parental. Cada chaval tiene que experimentar por sí mismo y aprender”, explica Martínez, que ha tenido épocas en las que ha cerrado Instagram y TikTok porque le hacían perder demasiado tiempo.

“Soy un autodidacta, como la mayoría; pero no creo en la sobreprotección. Al contrario, puede generar problemas más grandes de los que quiere prevenir”, afirma este barcelonés afincado en un pueblo de Toledo. “Con el tiempo he aprendido que no sirve de nada tener el doble check azul en Whatsapp: ya responderán cuando puedan. Y si es algo urgente, ya llamarán”, argumenta Martínez. Desactivar las notificaciones de redes sociales o esperar a consultarlas una vez ha terminado la actividad que está haciendo en el mundo físico; hacer periódicamente desconexiones digitales o no compartir datos personales ni ubicación son algunas de las cosas que a él le funcionan para tener una relación sana con el móvil.

El estudiante explica: “A mis padres les he instalado Brave, un buscador sin publicidad que evita hacer clic en anuncios estafa que hoy están a la orden del día”. Aunque lo hace con respeto y pudor, enseña a sus padres el uso de la tecnología y cree que es importante la formación tecnológica. “Ahora las redes no son como hace 10 años: existe TikTok, que es muy adictivo, y mucho contenido está pensado para manipularte y polarizarte. Todos tenemos que hacer un uso responsable. Los padres tienen que ser conscientes, educarse y educar en consecuencia”, detalla Martínez.

Ojalá me hubieran puesto más límites

“En mi casa sólo había dos normas claras: el móvil no entra en la habitación a la hora de dormir; no se puede tener en la mesa mientras comemos o cenamos”, explica a sus 22 años Laia Solà, de Torelló. “Mis padres tampoco hacían un uso excesivo del móvil y cumplían las mismas normas. Pero me hubiera gustado que se cuadraran más y hubieran sido más taxativos”, recuerda. Sus padres no revisaban los mensajes que recibía ni lo que publicaba en redes y, aunque lo interpreta como un gesto de confianza, reconoce que quizá sí se sintió poco acompañada.

“No podían acompañarme porque tampoco sabían cómo funcionaba”, desarrolla Solà. De hecho, le habría gustado entender mejor qué hay detrás de las tecnológicas, en general, y de Instagram en particular, pero reconoce que sus progenitores tampoco lo sabían: “Si lo hubieran sabido, habríamos hablado. En casa hablábamos de todo”. Entre los efectos negativos de haber tenido móvil desde los 12 años, señala sobre todo, como muchas jóvenes de su edad, vivían “una comparación constante con la gente” que, en aquel momento, no identificaba del todo. “Sin ser consciente, me comparaba mucho a nivel de cómo vestía, físicamente, el cuerpo que tenía… y también por los likes que recibía”, admite. Mirar perfiles y medir la popularidad de los demás, dice, coincidió con sus problemas de autoestima.

El móvil también cambió algunas rutinas familiares y sociales: “Cuando acabábamos de cenar en casa siempre nos sentábamos los cuatro en el sofá para ver una película o algún programa de televisión. Cuando llegó el móvil, dejé de estar tan atenta a lo que pasaba”. Esa distracción, añade Solà, hizo que se perdiera momentos de calidad con sus padres o incluso alguna quedada con amigos. “De 10 tardes, quizá una dejaba de quedar porque me distraía mirando YouTube o cualquier cosa de internet”, rememora.

El elefante en la habitación

Algunas de las conversaciones más incómodas entre padres e hijos tienen que ver con los contenidos que circulan fuera de las redes sociales. Pol Puig, de 22 años, estudiante del grado en Seguridad, tuvo su primer móvil a los 11 años porque jugaba a baloncesto en un pueblo cercano y sus padres querían saber dónde estaba. Era un dispositivo con control parental que limitaba el acceso a redes sociales: en aquel momento utilizaba sobre todo WhatsApp y YouTube para ver vídeos de videojuegos. Instagram llegó más tarde, para compartir fotos con su equipo. “Entre las conversaciones que más recuerdo con mis padres hay una sobre pornografía online y otra tras los atentados del 17 de agosto de 2017 en Barcelona”, cuenta Puig. En ese momento le alertaron sobre los rumores y la desinformación que empezaban a circular en redes.

“La pornografía, en el caso de los chicos, es un tema complicado”, coincide Alberto Martínez. “Pero tampoco creo que se tenga que prohibir el acceso a estas páginas web. No hay que restringir la curiosidad de los adolescentes, pero sí que creo conveniente el control parental. Igual que ocurre con las apuestas online, que es algo que nadie cuenta, pero que genera muchos problemas entre jóvenes. Aunque al final es uno mismo el que tiene que ser consciente de lo que consume y regularse”, concluye el estudiante de ingeniería.

No existe un único modelo sobre cómo deben actuar los padres ante el uso de las redes sociales por parte de los menores. Algunos jóvenes piden más límites; otros defienden la libertad para aprender por uno mismo. Pero casi todos comparten una idea: haber hablado más sobre lo que ocurría al otro lado de la pantalla habría hecho las cosas más fáciles.

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