Me llamo April Langer Tor y soy una espía de cartas. Concretamente la espía de cartas de mi ejemplar de Diminuta casa encantada (Random House). Es el nombre ficticio que esta periodista ha adoptado para poder formar parte del nuevo libro de Laura Fernández (1981), un divertido requisito sugerido por la propia autora para integrar al lector en la trama. Una de las muchas licencias que la escritora de Terrassa se ha permitido en su debut en la literatura infantil, un juego que dice mucho de la importancia que tienen los nombres para ella.
La autora de Terrassa tira de su desbordante imaginación para dirigirse a su yo de 8 años con ‘Diminuta casa encantada’
Me llamo April Langer Tor y soy una espía de cartas. Concretamente la espía de cartas de mi ejemplar de Diminuta casa encantada (Random House). Es el nombre ficticio que esta periodista ha adoptado para poder formar parte del nuevo libro de Laura Fernández (1981), un divertido requisito sugerido por la propia autora para integrar al lector en la trama. Una de las muchas licencias que la escritora de Terrassa se ha permitido en su debut en la literatura infantil, un juego que dice mucho de la importancia que tienen los nombres para ella.
Caos, desorden, rareza, locura, trauma, diversión, juego… extraterrestres. Todo ello y todo junto es Diminuta casa encantada , una obra que la autora de La señora Potter no es exactamente Santa Claus brinda a su yo de ocho años. “Es el libro que hubiera querido leer antes de La historia interminable ”, dice refiriéndose a la obra de Michael Ende. El resultado es una deliciosa locura, como las que le gustan a Laura Fernández, con ecos de Roald Dahl o Lewis Carroll, donde aparentemente nada tiene ni pies ni cabeza pero donde todo cobra poco a poco sentido. “No me gustan las cosas preconcebidas –comenta–. Hay un punto antiautoritario en todo lo que hago. Como saltarme las normas desde el principio”.
“Un libro cerrado es un libro que no existe”, dice la autora, convencida de que leer es entrar en algo vivo
Que nadie espere entonces un arranque con “érase una vez”, ni “había un chico que…”. El libro te mete de lleno en medio de una mudanza, algo que en la vida real puede llegar a ser traumático para la autora. “Tengo mucha ansiedad ante los cambios”, reconoce. Pero lejos de huir, coge al toro por los cuernos en la ficción y se mete de lleno en ello.
Bill y su madre, una paleontóloga famosa, cambian de ciudad por motivos de trabajo, lo que trastoca el mundo del niño que se siente, de alguna forma, ninguneado. Su madre ama los dinosaurios; él los odia, como aborrece también a Harper Benjamin, un rarito perro-dinosaurio de peluche que, además de hablar (con otros peluches, claro), lo único que quiere es encajar en su entorno. Como también quiere encajar Bill y dejar de ser un niño raro, y por eso es mejor no explicar en su nueva escuela que tiene una pequeña casa de muñecas encantada habitada por una familia de miltons (alienígenas milimétricos) y un fantasma –Colper Tom– con ganas de cambiar de familia. Pero la niña Steve sí lo sabe, porque ella tiene otra.
De eso va Diminuta casa encantada , de mudanzas, de recuerdos, de ser tú mismo, de rarezas y, sobre todo, de no encajar. Y de cómo asumir la idea de no encajar. “Son cosas que nos pasan a todos en algún momento. De hecho, muchos problemas de salud mental vienen de un desencaje que se presupone invisible. Gente que parece extremadamente convencional no lo es tampoco, pero lo está ocultando y lo sufre”, comenta la autora, cuyo mayor éxito como madre asegura que fue cuando su hija con autismo le dijo: “Soy rara, pero ese es mi superpoder”.
William George Matson Lee Parmly Seabert Willetts, Harper Benjamin, Genio Delumba, Willa Willets, la familia Prickle Mainly, Teddy Ted, el planeta Miton Du Du A… Son solo algunos de los nombres que habrá que ir recordando a medida que avanza el libro. Es un juego en el que hay que entrar. “Siempre saco los nombres de otros libros, los mezclo, los desordeno… Tienen que sonar bien, seer algo lúdico”. Una extravagancia que es a la vez una manera de mantener al lector en lo desconocido, en tierra de nadie. “Cuando uno lee de niño, precisamente lo que no haces es controlar, porque aún no conoces el mundo. Esa idea de la lectura como algo que te descubre un mundo que no tiene porqué tener nada que ver con el real la sigo manteniendo como si fuese una militancia, también en las novelas de adultos”.

También por eso el libro no se comporta como un relato convencional. Fernández lo construye como un objeto vivo, casi caprichoso, que interpela constantemente a quien lo tiene entre manos. “Quería que fuese un artefacto”, dice. Un artefacto que recuerda que leer no es un acto pasivo: “El libro se completa cuando tú lo lees”. O más aún: “Un libro cerrado es un libro que no existe”.
Como en sus libros para adultos ( B ienvenidos a Welcome , Wendolin Kramer , La chica zombie , El show de Grossman o Connerland) Laura Fernández juega con la tipografía y los signos ortográficos, pero en esta ocasión añade un elemento más: los pies de página. “Es algo que me hubiera gustado saber de pequeña, como el hecho de que siempre estás acompañado dentro del libro; que hay alguien que controla más que tú y te cuenta cómo van las cosas”.
Diminuta casa encantada no es solo una historia disparatada, divertida y extraña. Es también un grito de la autora contra los libros prefabricados, contra los relatos que lo explican todo, contra las normas que encorsetan. “Cuando los libros están escritos para darte una lección, no aprendes nada, lo aborreces o te quedas completamente vacío al acabarlo”, advierte. Y de esos, dice, hay muchos en el mercado actual. De ahí que este libro esté concebido como un refugio del que deben abstenerse todos los que no estén dispuestos a imaginar a lo grande.
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