La semana negra de los hombres fuertes

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Una noche en Nueva York, durante la semana de la Asamblea General de la ONU y recién arrancada la primera Administración de Donald Trump, el magnate cenó junto a media docena de líderes de centroderecha latinoamericanos. Mientras conversaba con ellos, se lanzó a detallar lo que le gustaría hacer con Venezuela. Los rostros de los dirigentes se tensaron, según cuenta un antiguo miembro del Departamento de Estado estadounidense, y más de uno mostró su desacuerdo. Al término de la cena, sin embargo, Trump era el más molesto. Se levantó y les dijo con desprecio: «Me habían dicho que ustedes eran los tipos duros de Latinoamérica».

Casi una década después, Trump ha encontrado finalmente a los «tipos duros» que buscaba (Javier Milei en Argentina, Abelardo de la Espriella en Colombia, José Antonio Kast en Chile, Nayib Bukele en El Salvador…) y ha llevado a cabo sus planes sobre Venezuela. Todos forman parte del Escudo de las Américas y estos días esperaban con los brazos abiertos la incorporación de Flávio Bolsonaro, que habría permitido a Trump sumar Brasil al club de los hombres fuertes y contar con un aliado al frente del gigante latinoamericano. Pero, contra todo pronóstico y en segunda vuelta, Lula da Silva protagonizó la gran remontada y chafó los planes del inquilino de la Casa Blanca.

Lo que Trump está haciendo con su patio trasero lo replica en el resto del planeta: una red de alianzas que va tejiendo en función de criterios ideológicos. Y en apenas una semana no sólo ha visto frustrada una incorporación (la de Bolsonaro), sino que se ha quedado sin un socio en Europa (Aleksandar Vucic) y ha resultado noqueado su aliado más fiel en Oriente Próximo (Benjamin Netanyahu).

En Belgrado, el domingo pasado el presidente que había gobernado Serbia con puño de hierro durante 14 años cayó estrepitosamente en las urnas frente a la Lista Estudiantil, un movimiento de protesta sin líderes. La derrota de Vucic se ha comparado con la de Viktor Orban en Hungría, otro de los amigos europeos que Trump ha perdido. Para Vucic, el presidente estadounidense era un «espíritu afín»; Trump, por su parte, valoraba la visión favorable que el dirigente serbio albergaba del presidente ruso, Vladimir Putin, lo que es poco o nada común en el Viejo Continente.

Pero el revés de Benjamin Netanyahu podría ser el que más factura pase al Despacho Oval. El martes, el primer ministro israelí vio esfumarse su mayoría parlamentaria y, a día de hoy, sería incapaz de formar gobierno. Netanyahu no perdió, pero tampoco ganó y, ante todo, salió debilitado. El detalle no es baladí. Se trata de Israel, un país cuya influencia se extiende no solo a la política exterior, sino también a la política interna de Estados Unidos.

Es más, quien gobierne Israel será determinante para los próximos pasos de Trump en la guerra de Irán, un conflicto que condicionará a su vez las elecciones de mitad de mandato (‘midterms’), que se celebran este mismo martes.

El control del Congreso estadounidense está en juego. Todo apunta a que los demócratas se harán con la Cámara de Representantes e incluso podrían ganar también el Senado. La reacción de Trump ante ese escenario es imprevisible. Más aún en el terreno internacional. Pero, ¿quién puede anticipar sus movimientos? Imposible saberlo.

Lo que sí evaluaremos es el estado de salud de la democracia estadounidense y, en caso de victoria demócrata, si esa atmósfera de impunidad que rodea al líder republicano empieza a disiparse. Bien es cierto que el presidente de EEUU es todopoderoso, pero entrarían en juego de repente ciertos cortafuegos.

Así, quedaría condicionado el segundo ciclo de la actual Administración Trump, que ha estado marcada hasta ahora por la inseguridad e inestabilidad. La inseguridad se ha enquistado especialmente a raíz de la guerra de Irán, mientras que la inestabilidad parte ya de la constatación de un mundo multipolar caracterizado por alianzas políticas y relaciones comerciales imprevisibles.

A partir de este 3-N, el escenario internacional puede presentar un aspecto muy diferente. Los primeros cambios ya se han producido en tres países, tres continentes y tres citas electorales distintas pero decisivas: las mencionadas de Brasil, Serbia e Israel, que han castigado a unos líderes que orbitaban alrededor de EEUU. Y ahora queda la guinda: el destino en el Congreso de la formación política de Donald Trump.

El resultado indicará si a los estadounidenses les pesa más el bolsillo vacío a cuenta de la equivocada estrategia de su país en Irán o si por el contrario siguen fieles a esa lógica de suma cero que les vendió el magnate republicano y que les lleva a considerarlo uno de los suyos a pesar de su abultada cuenta bancaria. Y es que Trump construyó una sólida base electoral con un mensaje muy sencillo: «Ustedes han perdido algo y yo voy a devolvérselo. Voy a detener a quienes se están aprovechando de ustedes». Veremos si ese discurso sigue calando.

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