Uno de los primeros recuerdos de la infancia del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 58 años), es ver por televisión el partido de Argentina contra la Unión Soviética en el invierno de Kiev. Se le quedó grabado porque para él, un niño argentino, era muy raro ver jugar al fútbol en la nieve. «Los nuestros se resbalaban todo el tiempo, no estaban acostumbrados. Parecía un show de circo», evoca. El investigador también recordaba vivamente el contraste de la pelota naranja sobre el campo blanco. Sin embargo, ese recuerdo es falso. La pelota era blanca. Quian Quiroga descubrió la verdad mucho más tarde, ya adulto y de casualidad. Una foto de Hugo Gatti, el León de Kiev, que aparece tomando la pelota en el aire, es la prueba irrefutable. Había inferido que era naranja porque es el color que se escoge en ciertas condiciones, cuando la visibilidad está en juego. «¡Me arruinó la infancia!», bromea.La anécdota muestra cómo la memoria no es una recapitulación perfecta de acontecimientos pasados, sino «una reconstrucción del cerebro a partir de muy poca información», afirma a este periódico en una conversación telefónica. El motivo es que «olvidamos mucho» y lo hacemos porque nos beneficia. Si no lo hiciéramos, si nos quedáramos con toda la información, como el protagonistas del famoso cuento de Borges ‘Funes el memorioso’, no sabríamos distinguir lo que es importante de lo que no. El cerebro humano «no está hecho para recordar, sino para entender el mundo», defiende Quian Quiroga en su nuevo libro, ‘La máquina del olvido’ (Ariel). Noticia Relacionada Entrevista al neurocientífico estandar Si Iain McGilchrist: «Si no empezamos a pensar con el lado derecho del cerebro, estamos perdidos» Judith de JorgeDe Aniston a RockyEl que ahora es investigador ICREA en el Hospital del Mar Research Institute (IMIM) en Barcelona se hizo mundialmente conocido en 2005 al descubrir las neuronas de concepto o de Jennifer Aniston , llamadas así porque se activaban ante las diferentes imágenes de la actriz. Estos experimentos, llevados a cabo en el Instituto Tecnológico de California (Caltech) con pacientes epilépticos, mostraron cómo el cerebro humano es capaz de abstraer y quedarse con lo esencial, descartando detalles superfluos para poder generalizar y hacer analogías. Después han llegado centenares de neuronas más: la de Halle Berry, Oprah Winfrey, Luke Skywalker, Penélope Cruz o la Virgen de la Gruta… «Olvidamos mucho. El cerebro humano no está hecho para recordar, sino para entender el mundo»En general, uno recuerda las cosas que le interesan, las que le impactan emocionalmente o son familiares. «Lo veo en los pacientes -afirma el investigador-: Tenía un chico al que le encantaban las películas de ‘Rocky’. En su cerebro encontré la neurona de ‘Mr. T’ y la de ‘Iván Drago’ (personajes en ‘Rocky III’ y IV). En otro, que daba clases de matemáticas, di con la neurona del teorema de Pitágoras». Pero la historia que generan esos recuerdos «no es una película exacta de la realidad». Los agujeros de la memoria se rellenan con sentido común, experiencias e inferencias. Un ejemplo asombroso de lo maleables que son los recuerdos fue dado por la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus en 1974: en un experimento, pidió a distintas personas que dijeran a qué velocidad transitaban dos coches involucrados en un accidente. Con algunas utilizó la palabra ‘chocaron’; con otras, ‘estrellaron’, ‘contactaron’, etc… Todos los sujetos vieron el mismo vídeo, pero los que escucharon ‘estrellaron’ dieron la estimación de velocidad más alta y los de ‘contactaron’, la más baja. Una semana después, se les preguntó si habían visto cristales rotos en la escena. La mayoría de los que dijeron que sí eran del grupo de ‘estrellaron’. Como ocurrió con la pelota naranja de la niñez de Quian Quiroga, era falso. No había cristales rotos.El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, en el Hospital del Mar Research Institute (IMIM), en Barcelona Inés BaucellsTestimonio manipuladoEstos resultados tuvieron un gran impacto en el ámbito judicial, ya que pusieron de manifiesto la subjetividad de los testigos visuales y el modo en el que un testimonio puede ser manipulado según la forma en que se formulen las preguntas. El investigador cita también en su libro el caso de Jennifer Thompson, una universitaria en Carolina del Norte (EE.UU.), que fue violada en 1984 por un hombre que irrumpió en su casa. Con un cuchillo en la garganta, la joven se concentró en la cara de su agresor para, si sobrevivía, poder identificarlo y llevarlo a prisión. Sin embargo, y aunque estaba convencida de lo que recordaba, lo confundió con un inocente que pasó once años en la cárcel hasta que fue exculpado por una prueba de ADN y ni siquiera reconoció al verdadero culpable cuando lo tuvo delante. «Tener buena memoria no significa ser inteligente. El sistema educativo debería tenerlo en cuenta»Teniendo en cuenta cómo funciona el cerebro, Quian Quiroga duda de que el sistema educativo tradicional, basado en la memorización, favorezca de verdad el aprendizaje. A su juicio, «confunde inteligencia con memoria, y eso es un error. Ser memorioso no es lo mismo que ser inteligente. Los chicos aprenden los nombres de todos los próceres, los de todos los ríos, las cuatro formas del silogismo o las reacciones redox… un bombardeo de cosas distintas que hay que retener y días después largar en una prueba. Si la neurociencia te está diciendo que recordamos muy poco, ese bombardeo no tiene sentido. Creo que el secreto está en fomentar más que la memorización, el entendimiento. Tratar de relacionar los contenidos unos con otros para crear contexto, como si fuera un telar de la memoria». «No hay nada mágico en el cerebro humano que no se pueda replicar. ¿Pero para qué querríamos una computadora que olvida? La tiraríamos a la basura»La memoria humana se distingue también de la de los animales. El neurocientífico cree que los animales tienen memoria episódica, pero no de concepto. «Recuerdan sus experiencias pasadas, como el perro que ladra al veterinario que le puso una inyección, pero almacenan la información de manera distinta: no tienen ese proceso tan desarrollado del olvido y la abstracción. Nosotros dejamos de lado los detalles porque nos concentramos en lo esencial, en los conceptos y las asociaciones entre ellos. Esto nos permite un nivel de inteligencia mucho más avanzado», señala. Es lo que estudia ahora en el IMIM, comparando la memoria humana con la de ratas, ratones o murciélagos. ¿Y podrán las máquinas pensar como los humanos alguna vez? «Es posible. No creo que haya nada mágico en el cerebro humano que sea ‘irreplicable’», responde. «El problema es cómo lograr el olvido en una inteligencia artificial. Si tienes una computadora que olvida, la tiras a la basura. No es práctico», añade. «A día de hoy, por mucho que nos sorprenda la IA por su impresionante capacidad de cálculo y aprendizaje, no veo ninguna evidencia de inteligencia siquiera parecida a la del ser humano». Eso sí, la tecnología nos influirá a la hora de recordar: «Un chico de ahora, con un navegador, no va a recordar igual las calles de Madrid que uno de hace veinte años». MÁS INFORMACIÓN noticia Si Qué llevó a la vaca Veronika a agarrar una escoba noticia Si Cómo se evaporó el Mediterráneo: uno de los episodios más increíbles de la Tierra ¿Y de qué se olvida Quian Quiroga con facilidad? «Uy, de un montón de cosas -confiesa-. A veces me pasa que llego al trabajo y así, para jugar, cierro los ojos y me pregunto: A ver, ¿qué llevo puesto? Capaz que hace media hora que me vestí y no me acuerdo». Uno de los primeros recuerdos de la infancia del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 58 años), es ver por televisión el partido de Argentina contra la Unión Soviética en el invierno de Kiev. Se le quedó grabado porque para él, un niño argentino, era muy raro ver jugar al fútbol en la nieve. «Los nuestros se resbalaban todo el tiempo, no estaban acostumbrados. Parecía un show de circo», evoca. El investigador también recordaba vivamente el contraste de la pelota naranja sobre el campo blanco. Sin embargo, ese recuerdo es falso. La pelota era blanca. Quian Quiroga descubrió la verdad mucho más tarde, ya adulto y de casualidad. Una foto de Hugo Gatti, el León de Kiev, que aparece tomando la pelota en el aire, es la prueba irrefutable. Había inferido que era naranja porque es el color que se escoge en ciertas condiciones, cuando la visibilidad está en juego. «¡Me arruinó la infancia!», bromea.La anécdota muestra cómo la memoria no es una recapitulación perfecta de acontecimientos pasados, sino «una reconstrucción del cerebro a partir de muy poca información», afirma a este periódico en una conversación telefónica. El motivo es que «olvidamos mucho» y lo hacemos porque nos beneficia. Si no lo hiciéramos, si nos quedáramos con toda la información, como el protagonistas del famoso cuento de Borges ‘Funes el memorioso’, no sabríamos distinguir lo que es importante de lo que no. El cerebro humano «no está hecho para recordar, sino para entender el mundo», defiende Quian Quiroga en su nuevo libro, ‘La máquina del olvido’ (Ariel). Noticia Relacionada Entrevista al neurocientífico estandar Si Iain McGilchrist: «Si no empezamos a pensar con el lado derecho del cerebro, estamos perdidos» Judith de JorgeDe Aniston a RockyEl que ahora es investigador ICREA en el Hospital del Mar Research Institute (IMIM) en Barcelona se hizo mundialmente conocido en 2005 al descubrir las neuronas de concepto o de Jennifer Aniston , llamadas así porque se activaban ante las diferentes imágenes de la actriz. Estos experimentos, llevados a cabo en el Instituto Tecnológico de California (Caltech) con pacientes epilépticos, mostraron cómo el cerebro humano es capaz de abstraer y quedarse con lo esencial, descartando detalles superfluos para poder generalizar y hacer analogías. Después han llegado centenares de neuronas más: la de Halle Berry, Oprah Winfrey, Luke Skywalker, Penélope Cruz o la Virgen de la Gruta… «Olvidamos mucho. El cerebro humano no está hecho para recordar, sino para entender el mundo»En general, uno recuerda las cosas que le interesan, las que le impactan emocionalmente o son familiares. «Lo veo en los pacientes -afirma el investigador-: Tenía un chico al que le encantaban las películas de ‘Rocky’. En su cerebro encontré la neurona de ‘Mr. T’ y la de ‘Iván Drago’ (personajes en ‘Rocky III’ y IV). En otro, que daba clases de matemáticas, di con la neurona del teorema de Pitágoras». Pero la historia que generan esos recuerdos «no es una película exacta de la realidad». Los agujeros de la memoria se rellenan con sentido común, experiencias e inferencias. Un ejemplo asombroso de lo maleables que son los recuerdos fue dado por la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus en 1974: en un experimento, pidió a distintas personas que dijeran a qué velocidad transitaban dos coches involucrados en un accidente. Con algunas utilizó la palabra ‘chocaron’; con otras, ‘estrellaron’, ‘contactaron’, etc… Todos los sujetos vieron el mismo vídeo, pero los que escucharon ‘estrellaron’ dieron la estimación de velocidad más alta y los de ‘contactaron’, la más baja. Una semana después, se les preguntó si habían visto cristales rotos en la escena. La mayoría de los que dijeron que sí eran del grupo de ‘estrellaron’. Como ocurrió con la pelota naranja de la niñez de Quian Quiroga, era falso. No había cristales rotos.El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, en el Hospital del Mar Research Institute (IMIM), en Barcelona Inés BaucellsTestimonio manipuladoEstos resultados tuvieron un gran impacto en el ámbito judicial, ya que pusieron de manifiesto la subjetividad de los testigos visuales y el modo en el que un testimonio puede ser manipulado según la forma en que se formulen las preguntas. El investigador cita también en su libro el caso de Jennifer Thompson, una universitaria en Carolina del Norte (EE.UU.), que fue violada en 1984 por un hombre que irrumpió en su casa. Con un cuchillo en la garganta, la joven se concentró en la cara de su agresor para, si sobrevivía, poder identificarlo y llevarlo a prisión. Sin embargo, y aunque estaba convencida de lo que recordaba, lo confundió con un inocente que pasó once años en la cárcel hasta que fue exculpado por una prueba de ADN y ni siquiera reconoció al verdadero culpable cuando lo tuvo delante. «Tener buena memoria no significa ser inteligente. El sistema educativo debería tenerlo en cuenta»Teniendo en cuenta cómo funciona el cerebro, Quian Quiroga duda de que el sistema educativo tradicional, basado en la memorización, favorezca de verdad el aprendizaje. A su juicio, «confunde inteligencia con memoria, y eso es un error. Ser memorioso no es lo mismo que ser inteligente. Los chicos aprenden los nombres de todos los próceres, los de todos los ríos, las cuatro formas del silogismo o las reacciones redox… un bombardeo de cosas distintas que hay que retener y días después largar en una prueba. Si la neurociencia te está diciendo que recordamos muy poco, ese bombardeo no tiene sentido. Creo que el secreto está en fomentar más que la memorización, el entendimiento. Tratar de relacionar los contenidos unos con otros para crear contexto, como si fuera un telar de la memoria». «No hay nada mágico en el cerebro humano que no se pueda replicar. ¿Pero para qué querríamos una computadora que olvida? La tiraríamos a la basura»La memoria humana se distingue también de la de los animales. El neurocientífico cree que los animales tienen memoria episódica, pero no de concepto. «Recuerdan sus experiencias pasadas, como el perro que ladra al veterinario que le puso una inyección, pero almacenan la información de manera distinta: no tienen ese proceso tan desarrollado del olvido y la abstracción. Nosotros dejamos de lado los detalles porque nos concentramos en lo esencial, en los conceptos y las asociaciones entre ellos. Esto nos permite un nivel de inteligencia mucho más avanzado», señala. Es lo que estudia ahora en el IMIM, comparando la memoria humana con la de ratas, ratones o murciélagos. ¿Y podrán las máquinas pensar como los humanos alguna vez? «Es posible. No creo que haya nada mágico en el cerebro humano que sea ‘irreplicable’», responde. «El problema es cómo lograr el olvido en una inteligencia artificial. Si tienes una computadora que olvida, la tiras a la basura. No es práctico», añade. «A día de hoy, por mucho que nos sorprenda la IA por su impresionante capacidad de cálculo y aprendizaje, no veo ninguna evidencia de inteligencia siquiera parecida a la del ser humano». Eso sí, la tecnología nos influirá a la hora de recordar: «Un chico de ahora, con un navegador, no va a recordar igual las calles de Madrid que uno de hace veinte años». MÁS INFORMACIÓN noticia Si Qué llevó a la vaca Veronika a agarrar una escoba noticia Si Cómo se evaporó el Mediterráneo: uno de los episodios más increíbles de la Tierra ¿Y de qué se olvida Quian Quiroga con facilidad? «Uy, de un montón de cosas -confiesa-. A veces me pasa que llego al trabajo y así, para jugar, cierro los ojos y me pregunto: A ver, ¿qué llevo puesto? Capaz que hace media hora que me vestí y no me acuerdo».
Uno de los primeros recuerdos de la infancia del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 58 años), es ver por televisión el partido de Argentina contra la Unión Soviética en el invierno de Kiev. Se le quedó grabado porque para él, un niño argentino, … era muy raro ver jugar al fútbol en la nieve. «Los nuestros se resbalaban todo el tiempo, no estaban acostumbrados. Parecía un show de circo», evoca. El investigador también recordaba vivamente el contraste de la pelota naranja sobre el campo blanco. Sin embargo, ese recuerdo es falso. La pelota era blanca.
Quian Quiroga descubrió la verdad mucho más tarde, ya adulto y de casualidad. Una foto de Hugo Gatti, el León de Kiev, que aparece tomando la pelota en el aire, es la prueba irrefutable. Había inferido que era naranja porque es el color que se escoge en ciertas condiciones, cuando la visibilidad está en juego. «¡Me arruinó la infancia!», bromea.
La anécdota muestra cómo la memoria no es una recapitulación perfecta de acontecimientos pasados, sino «una reconstrucción del cerebro a partir de muy poca información», afirma a este periódico en una conversación telefónica. El motivo es que «olvidamos mucho» y lo hacemos porque nos beneficia. Si no lo hiciéramos, si nos quedáramos con toda la información, como el protagonistas del famoso cuento de Borges ‘Funes el memorioso’, no sabríamos distinguir lo que es importante de lo que no. El cerebro humano «no está hecho para recordar, sino para entender el mundo», defiende Quian Quiroga en su nuevo libro, ‘La máquina del olvido’ (Ariel).
De Aniston a Rocky
El que ahora es investigador ICREA en el Hospital del Mar Research Institute (IMIM) en Barcelona se hizo mundialmente conocido en 2005 al descubrir las neuronas de concepto o de Jennifer Aniston, llamadas así porque se activaban ante las diferentes imágenes de la actriz. Estos experimentos, llevados a cabo en el Instituto Tecnológico de California (Caltech) con pacientes epilépticos, mostraron cómo el cerebro humano es capaz de abstraer y quedarse con lo esencial, descartando detalles superfluos para poder generalizar y hacer analogías. Después han llegado centenares de neuronas más: la de Halle Berry, Oprah Winfrey, Luke Skywalker, Penélope Cruz o la Virgen de la Gruta…
«Olvidamos mucho. El cerebro humano no está hecho para recordar, sino para entender el mundo»
En general, uno recuerda las cosas que le interesan, las que le impactan emocionalmente o son familiares. «Lo veo en los pacientes -afirma el investigador-: Tenía un chico al que le encantaban las películas de ‘Rocky’. En su cerebro encontré la neurona de ‘Mr. T’ y la de ‘Iván Drago’ (personajes en ‘Rocky III’ y IV). En otro, que daba clases de matemáticas, di con la neurona del teorema de Pitágoras».
Pero la historia que generan esos recuerdos «no es una película exacta de la realidad». Los agujeros de la memoria se rellenan con sentido común, experiencias e inferencias. Un ejemplo asombroso de lo maleables que son los recuerdos fue dado por la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus en 1974: en un experimento, pidió a distintas personas que dijeran a qué velocidad transitaban dos coches involucrados en un accidente. Con algunas utilizó la palabra ‘chocaron’; con otras, ‘estrellaron’, ‘contactaron’, etc… Todos los sujetos vieron el mismo vídeo, pero los que escucharon ‘estrellaron’ dieron la estimación de velocidad más alta y los de ‘contactaron’, la más baja. Una semana después, se les preguntó si habían visto cristales rotos en la escena. La mayoría de los que dijeron que sí eran del grupo de ‘estrellaron’. Como ocurrió con la pelota naranja de la niñez de Quian Quiroga, era falso. No había cristales rotos.
Inés Baucells
Testimonio manipulado
Estos resultados tuvieron un gran impacto en el ámbito judicial, ya que pusieron de manifiesto la subjetividad de los testigos visuales y el modo en el que un testimonio puede ser manipulado según la forma en que se formulen las preguntas. El investigador cita también en su libro el caso de Jennifer Thompson, una universitaria en Carolina del Norte (EE.UU.), que fue violada en 1984 por un hombre que irrumpió en su casa. Con un cuchillo en la garganta, la joven se concentró en la cara de su agresor para, si sobrevivía, poder identificarlo y llevarlo a prisión. Sin embargo, y aunque estaba convencida de lo que recordaba, lo confundió con un inocente que pasó once años en la cárcel hasta que fue exculpado por una prueba de ADN y ni siquiera reconoció al verdadero culpable cuando lo tuvo delante.
«Tener buena memoria no significa ser inteligente. El sistema educativo debería tenerlo en cuenta»
Teniendo en cuenta cómo funciona el cerebro, Quian Quiroga duda de que el sistema educativo tradicional, basado en la memorización, favorezca de verdad el aprendizaje. A su juicio, «confunde inteligencia con memoria, y eso es un error. Ser memorioso no es lo mismo que ser inteligente. Los chicos aprenden los nombres de todos los próceres, los de todos los ríos, las cuatro formas del silogismo o las reacciones redox… un bombardeo de cosas distintas que hay que retener y días después largar en una prueba. Si la neurociencia te está diciendo que recordamos muy poco, ese bombardeo no tiene sentido. Creo que el secreto está en fomentar más que la memorización, el entendimiento. Tratar de relacionar los contenidos unos con otros para crear contexto, como si fuera un telar de la memoria».
«No hay nada mágico en el cerebro humano que no se pueda replicar. ¿Pero para qué querríamos una computadora que olvida? La tiraríamos a la basura»
La memoria humana se distingue también de la de los animales. El neurocientífico cree que los animales tienen memoria episódica, pero no de concepto. «Recuerdan sus experiencias pasadas, como el perro que ladra al veterinario que le puso una inyección, pero almacenan la información de manera distinta: no tienen ese proceso tan desarrollado del olvido y la abstracción. Nosotros dejamos de lado los detalles porque nos concentramos en lo esencial, en los conceptos y las asociaciones entre ellos. Esto nos permite un nivel de inteligencia mucho más avanzado», señala. Es lo que estudia ahora en el IMIM, comparando la memoria humana con la de ratas, ratones o murciélagos.
¿Y podrán las máquinas pensar como los humanos alguna vez? «Es posible. No creo que haya nada mágico en el cerebro humano que sea ‘irreplicable’», responde. «El problema es cómo lograr el olvido en una inteligencia artificial. Si tienes una computadora que olvida, la tiras a la basura. No es práctico», añade. «A día de hoy, por mucho que nos sorprenda la IA por su impresionante capacidad de cálculo y aprendizaje, no veo ninguna evidencia de inteligencia siquiera parecida a la del ser humano». Eso sí, la tecnología nos influirá a la hora de recordar: «Un chico de ahora, con un navegador, no va a recordar igual las calles de Madrid que uno de hace veinte años».
¿Y de qué se olvida Quian Quiroga con facilidad? «Uy, de un montón de cosas -confiesa-. A veces me pasa que llego al trabajo y así, para jugar, cierro los ojos y me pregunto: A ver, ¿qué llevo puesto? Capaz que hace media hora que me vestí y no me acuerdo».
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