Los británicos rechazan el proyectado viaje de Estado del rey británico a EEUU en plena guerra en Irán Leer Los británicos rechazan el proyectado viaje de Estado del rey británico a EEUU en plena guerra en Irán Leer
Rara vez había generado tanta polémica preventiva y provocado tantos ríos de tinta una visita de Estado sobre la que ni se ha producido anuncio ni mucho menos confirmación oficial. Pero se da por hecho que el rey Carlos III se embarcará en apenas unas semanas en su viaje al exterior más comprometedor desde que asumió el trono, en otoño de 2022. Estados Unidos es el destino. Y las circunstancias no pueden ser más complicadas para la Monarquía británica, ya que lo que se viene diseñando con gran discreción desde hace muchos meses como el gesto simbólico de mayor calado para visibilizar la vieja «relación especial entre Washington y Londres», dado que la visita del soberano tiene como trasfondo las celebraciones por el 250º aniversario de la independencia estadounidense, se ha convertido en un laberinto de difícil salida para Carlos III por la guerra en Irán y las incendiarias andanadas que Trump está dedicando al Gobierno de Starmer por su posición ante la contienda en Oriente Próximo.
Que la Casa Blanca y Buckingham estén demorando tanto el anuncio se explica por la enorme tensión que está provocando el asunto. En el Reino Unido, no faltan voces que llevan desde comienzos de marzo exigiendo la suspensión de los planes. Edward Davey, el líder de los Liberal Demócratas, fue el primero en reclamar al primer ministro Keir Starmer la cancelación de la visita en plena «guerra ilegal» contra la República Islámica y como reacción a los «insultos repetidos» del mandatario norteamericano al pueblo británico. Y le han seguido otros dirigentes como la diputada laborista Emily Thornberry, que pide un retraso de la visita «para evitar que Sus Majestades se sientan avergonzados», o su homólogo conservador Simon Hoare, que ha llegado a afirmar en redes que «el mundo civilizado no puede tratar más con Trump».
Pero a nadie se le escapa que se trata de una patata más que caliente para Downing Street y el propio Palacio de Buckingham. Que Londres decidiera unilateralmente que los reyes no crucen finalmente el charco en abril sería una estocada al orgullo del inquilino de la Casa Blanca de impredecibles consecuencias, que dañaría de modo más que significativo la hoy deteriorada relación bilateral. Para el presidente republicano, convertirse en el anfitrión del actual sucesor de Jorge III -el monarca que ocupaba el trono inglés cuando las 13 colonias norteamericanas declararon su independencia de Gran Bretaña el 4 de julio de 1776- y festejar ante sus narices la hegemonía sin rivales que hoy ostenta en el globo Estados Unidos es más que un sueño cumplido. Una oportunidad más de Trump para relamerse como dueño y señor del planeta ante un emperador venido a menos, que es lo que representa en estos días el titular de una potencia venida a menos como el Reino Unido.
Tal es la presión que el embajador estadounidense en suelo británico, Warren Stephens -rico empresario y financiero muy próximo a toda la familia Trump-, ha advertido esta semana, con tono poco diplomático, que una hipotética cancelación del viaje de Carlos III y Camila «sería un grave error». Así se expresó durante una conferencia empresarial en Londres en la que, cómo no, fue preguntado por los rumores sobre una suspensión, que él prefirió desechar. «Creo que [el rey] irá a Estados Unidos y que será un viaje muy significativo para él«, subrayó.
A los ciudadanos británicos, sin embargo, maldita la gracia que les hace. Hasta el 49% se oponen a que el monarca se desplace en las actuales circunstancias a Washington, y sólo el 33% está de acuerdo en que lo haga, según la última encuesta difundida el jueves por YouGov. El rechazo es abismal entre los votantes del Partido Verde (70%), del Partido Liberal Demócrata (65%) y del Laborista (62%). Incluso entre los simpatizantes del Partido Conservador son más, el 45%, los que no desean el viaje, que los que lo apoyan, el 43%. La excepción se da entre los seguidores del ultra Reform UK, con un 63% que aplauden el encuentro entre Carlos III y Trump. No en vano, su líder, Nigel Farage, ha sido uno de los políticos más alineados con el republicano en Europa, si bien en los últimos días hace malabarismos para justificar su sintonía y a la vez rechazar que el Reino Unido se involucre en una guerra que «no es la suya».
Aunque la visita de Estado se haya acabado convirtiendo en una encrucijada para el jefe de los Windsor, su concepción buscaba seguir profundizando la relación entre los dos países y resultaba lógica como devolución de la visita del mismo rango que Trump realizó al Reino Unido en septiembre. Fue aquél un gesto excepcional con el que Buckingham desplegó todo su cortejo al estadounidense, ya que éste se convirtió en el primer mandatario mundial que repetía una visita de Estado a Londres -ya había hecho una anterior, en 2019, con Isabel II como anfitriona-. Como sus predecesores, el laborista Starmer jugó la carta de la exquisita diplomacia blanda de la Monarquía -Trump nunca ha disimulado su fascinación por la familia real británica- para un acercamiento con la Casa Blanca del que se sentía más que necesitado en plena guerra arancelaria.
Del programa del viaje todavía fantasma se ha ido filtrando, paradójicamente, casi todo ya. Trump va a extender kilómetros de alfombra roja al monarca para agasajarle, aunque muchos analistas advierten de que presumiblemente no desaprovechará la ocasión tanto para tratar de epatarle con el inigualable poderío militar y económico de su país como para lanzar dardos contra el Gobierno Starmer, lo que dejaría al rey en una posición más que incómoda, obligado como está a sortear las cuestiones políticas espinosas. Carlos III y Camila serán recibidos en la Casa Blanca, donde les aguarda una visita guiada más que excepcional, y protagonizarán un banquete de Estado que promete emociones fuertes. Se espera, igualmente, que el monarca se dirija en el Capitolio a una sesión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes, probablemente el 27 de abril. Los reyes tendrán también agenda en Nueva York, incluida una ofrenda floral ante el Memorial por las víctimas del 11-S. Los medios estadounidenses también han especulado con el deseo de Carlos III de desplazarse alguna jornada a alguna zona rural del país. La agricultura ecológica y el medio ambiente son dos de sus intereses más recurrentes.
La difunta Isabel II también realizó una visita de Estado con motivo de las celebraciones del bicentenario de Estados Unidos, en 1976. Y la de Carlos III y Camila no sería la única visita de los Windsor a la ex colonia este año. Porque casi más expectación despierta la presencia casi segura del príncipe Guillermo en junio en la ceremonia de inauguración y algunos partidos del Mundial de Fútbol. Todo si la guerra de Irán y la impulsiva lengua de Trump no lo impiden.
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