En 1977 Serge Doubrovsky publicó Fils , un libro híbrido entre la autobiografía y la ficción que él mismo bautizó con una etiqueta que ha hecho fortuna, la autoficción, definida por Gérard Genette como “una fusión nominal entre autor, narrador y protagonista”. Veinte años después, Doubrovsky tuvo una bronca con su primo Marc Weitzmann porque lo hacía aparecer en la novela Caos (1997).
En 1977 Serge Doubrovsky publicó Fils , un libro híbrido entre la autobiografía y la ficción que él mismo bautizó con una etiqueta que ha hecho fortuna, la autoficción, definida por Gérard Genette como “una fusión nominal entre autor, narrador y protagonista”. Veinte años después, Doubrovsky tuvo una bronca con su primo Marc Weitzmann porque lo hacía aparecer en la novela Caos (1997). Seguir leyendo…
En 1977 Serge Doubrovsky publicó Fils , un libro híbrido entre la autobiografía y la ficción que él mismo bautizó con una etiqueta que ha hecho fortuna, la autoficción, definida por Gérard Genette como “una fusión nominal entre autor, narrador y protagonista”. Veinte años después, Doubrovsky tuvo una bronca con su primo Marc Weitzmann porque lo hacía aparecer en la novela Caos (1997).
Ahora Eclecta, una editorial recién nacida en Lleida, publica Vida de Tolstoi (un assaig de lectura) , de Andrei Zorin, traducida del ruso y prologada por Arnau Barios. Es un libro extraordinario que nos acerca a la intensa y extensa biografía de Tolstói en poco más de doscientas páginas a partir de los escritos que nos ha legado el polígrafo ruso en sus incursiones tanto en los territorios de la ficción (novelas) como en los de la no ficción (diarios y manuales didácticos).

Zorin sintetiza la vida de su magmático biografiado desplazando el centro de gravedad hacia la ficción. Las escenas de novela le permiten evocar las experiencias vitales que Tolstói vierte en ellas. Y no solo con personajes como Konstantín Levin, alter ego que comparte las preocupaciones morales con el autor. También en Anna Karénina, el heredero Pierre Bezúkhov, el funcionario Iván Ilich o el príncipe Andrei Bolkonski.
Zorin cartografía el terreno que podríamos bautizar como aloficción , en oposición a la autoficción, de modo que llega a las experiencias vitales del autor a partir de cómo las pone al servicio de las ficciones que construye. Y después las corrobora con la versión que Tolstói escribe en los diarios, tanto los que deja al alcance de su mujer como los que pretende que sean más secretos.
Zorin analiza el terreno que podríamos bautizar como ‘aloficción’, en oposición a la autoficción
El prefijo alo- de la palabra griega que designa al otro, al diferente, preside un libro de reflexiones psicolingüísticas que el añorado Pau Riba publicó hace un cuarto de siglo: Al·lolàlia (1999). Si la alolalia es una “afasia en la que uno pronuncia unas palabras por otras”, la aloficción podría ser una “ficción en la que el autor traslada sus vivencias a otros personajes”. Más o menos, lo que hemos hecho siempre los novelistas.
El lema fundacional de la aloficción sería el clásico “Madame Bovary c’est moi” de Flaubert, aunque probablemente sea una cita falsa. El erudito Yvan Leclerc (Centro de Estudios Flaubert de la Universidad de Ruan) ha documentado que no figura ni en la correspondencia ni en ninguna obra de Flaubert, sino que surge de una nota del libro de René Descharmes Flaubert. Sa vie, son caractère et ses idées avant 1857 (Ferroud, 1919, página 103), que recoge una atribución de cuarta mano, eso del amigo de un amigo de un amigo. Lean Vida de Tolstoi (un assaig de lectura) , de Andrei Zorin, y tendrán unas ganas irrefrenables de leer las aloficciones de Lev Tolstói.
Cultura
