El liceísmo exigente andaba algo nervioso estas semanas, ante el debut “poco ortodoxo” que el teatro tenía reservado a su nuevo director musical, a modo de avanzadilla del que será su aterrizaje en el Gran Teatre en septiembre. Parecía que no era de recibo que Jonathan Nott presentara sus credenciales con un ballet en lugar de una ópera. Como si musicalmente no hubiera en el Nijinksy de John Neumeier -del 12 al 15 de abril- los mimbres necesarios para que la batuta británica demostrara cuán bien hilvanados lleva los botones.
El nuevo director musical del teatro brinda sensualidad y tragedia en el ‘Nijisnky’ del Ballet de Hamburgo
El liceísmo exigente andaba algo nervioso estas semanas, ante el debut “poco ortodoxo” que el teatro tenía reservado a su nuevo director musical, a modo de avanzadilla del que será su aterrizaje en el Gran Teatre en septiembre. Parecía que no era de recibo que Jonathan Nott presentara sus credenciales con un ballet en lugar de una ópera. Como si musicalmente no hubiera en el Nijinksy de John Neumeier -del 12 al 15 de abril- los mimbres necesarios para que la batuta británica demostrara cuán bien hilvanados lleva los botones.
Pero la realidad se impuso ya a la media parte de la première que ofreció este domingo el Ballet de Hamburgo en el coliseo de la Rambla. Nott demostró sobrado savoir faire sensual en la Sheherazade de Rimsky-Kórsakov con que arrancó la historia, tras un Preludio de Chopin y el Carnaval de Viena de Schumann al piano. Los bailarines en escena evocaban papeles icónicos que Vaslav Nijinski creó a principios del siglo XX, como el Esclavo de Oro en ese mismo ballet exótico basado en Las mil y una noches, o como el Espectro de Le Spectre de la rose, el Fauno de L’Après-midi d’un faune o el Arlequín de Le carnaval. Eran recuerdos del propio protagonista durante la que sería su última performance, en un hotel de Suiza lleno de burgueses adinerados, antes de sucumbir a la esquizofrenia.
Nott no escatima en musicalidad en la trágica y negra ‘Sinfonía núm. 11’ de Shostakóvich con la que Neumeier recrea la Primera Guerra Mundial
Y en medio de los movimientos de Sheherazade, hizo acto de presencia la meditativa y austera Sonata para viola y piano que Shostakóvich compuso ante de morir, y que sirvió con sus texturas desnudas el viola solista de la Simfònica del Liceu, Albert Coronado. Fue un anticipo de lo que en la segunda parte sería la trágica y negra Sinfonía núm. 11 del compositor ruso, en la que Nott, a diferencia de otros maestros, no escatimó en musicalidad. Este segundo acto contaba con un sinfín de bailarines con chaquetas de soldados de la Primer Guerra Mundial, cuyos horrores habrían desencadenado la enfermedad mental del protagonista.

La Simfònica del Liceu sonó en su punto y bien equilibrada en este debut de su nuevo titular en el podio. Nott dispuso los segundos violines a su derecha -una estrategia sonora que en su día utilizaba Wagner- y mantuvo la sintonía con los artistas del Ballet de Hamburgo, que por momentos se multiplicaban en número, simultaneando números distintos de los tantos ballets en los que colaboró en su día el genial Nijinski con Les Ballets Russes de Serge Diaghilev. Su tormento psicológico y su pasión artística conviven en la piel del extraordinario bailarín ucraniano Alexandr Trusch, que fue ovacionado por el público del Liceu -con la sala al 91% de ocupación- en los cinco minutos de aplausos finales.
“Entré con 12 años en la escuela del Ballet de Hamburgo y, a los 16, Neumeier ya me confiaba el papel de Romeo en una producción estudiantil”, dice el bailarín estrella
“Entré con 12 años en la escuela del Ballet de Hamburgo y, a los 16, John Neumeier ya me confiaba el papel de Romeo en una producción estudiantil”, explica en la copa posterior este artista cuyos padres viven también en la ciudad alemana, si bien conserva familia en Kiev. El de Nijinsky, asegura, es de los papeles más duros psicológicamente, y tan complejo y físico como otros del este coreógrafo, asegura en un Saló dels Miralls atestado de colegas que han actuado en el ballet.
En cualquier caso, Trusch es ahora una figura invitada, pues se encontraba entre los solistas que dimitieron de la compañía alemana como rechazo a las maneras que Demis Volpi demostró cuando en 2024 tomó el relevo de Neumeier, tras 51 años como director artístico del Ballet de Hamburgo. El contrato de Volpi se rescindió a los pocos meses, pero por entonces, el bailarín ucraniano ya se había despedido. Ahora es free lance.
El Liceu llevaba años queriendo traer el ya mítico Nijinsky by Neumeier, que fue creado el año 2000 para conmemorar el 50.º aniversario de la muerte del irrepetible bailarín. Pero no es un espectáculo especialmente económico: hay tantos -o más- bailarines en escena como músicos en el foso, y muchos personajes precisan de un segundo reparto. Además, cuenta con una escenografía que recrea la arquitectura del salón del hotel suizo, que al final se deconstruye y trocea, como la mente de Nijinski en pleno terror esquizoide. Un par de aros de desigual tamaño completan el juego de geometrías variables que podrían configurar la mente enferma del genial creador.
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