Durante dos días y medio, el centro de esta ciudad alemana se convierte en el lugar con mayor densidad de poder por metro cuadrado del planeta Leer Durante dos días y medio, el centro de esta ciudad alemana se convierte en el lugar con mayor densidad de poder por metro cuadrado del planeta Leer
La Conferencia de Seguridad de Múnich funciona como un biotopo, una reserva natural donde cada especie, cada engranaje del poder, ocupa su lugar y ejerce una función. Solo que aquí, en vez de fauna salvaje, lo que circula son refinados jefes de Estado, ministros de Defensa, militares, analistas, lobistas, empresarios voraces y espías camuflados de normalidad. La prensa, más de 1.500 periodistas acreditados en esta edición, forma parte de ese ecosistema como turistas en un safari, con prismáticos, acompañados de un ranger y siguiendo un itinerario cuidadosamente delimitado.
Durante dos días y medio, el centro de Múnich se convierte en el lugar con mayor densidad de poder por metro cuadrado del planeta. En los vestíbulos de los hoteles y en los pasillos protegidos se cruzan el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, el presidente francés, Emmanuel Macron, el primer ministro británico, Keir Starmer, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, el canciller alemán, Friedrich Merz, y Jens Stoltenberg, ex secretario general de la OTAN y próximo director de la Conferencia. También está el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, acompañado de una delegación de congresistas de EEUU inusualmente numerosa. No es un desfile. Es un sistema en funcionamiento.
La acreditación se convierte rápidamente en el principal instrumento de orientación. Nadie mira primero a la cara. Mira el color. Azul y blanco para delegados y periodistas VIP, con acceso al Bayerischer Hof, el hotel que actúa como núcleo operativo de la Conferencia. Amarillo para la prensa, la masa, el último eslabón de esta cadena. Blanco para los técnicos, que atraviesan todos los espacios con una libertad que los convierte en una figura curiosamente envidiada. El color no solo identifica. Define el territorio de cada uno.
El centro de prensa es el hábitat natural de la masa. Pantallas, teclados, cafés que se enfrían y agendas que cambian cada pocos minutos. El programa se actualiza constantemente, con paneles que se suceden uno tras otro en una cadencia que impide cualquier sensación de control. La prensa observa, registra, espera. Y aprende rápidamente que, en este ecosistema, ver no siempre significa acceder.
Pero las jerarquías no terminan en las acreditaciones. También existen dentro de la propia prensa. Los periodistas que viajan con el secretario de Estado estadounidense forman parte, en la práctica, de su delegación. No trabajan desde el centro de prensa común ni comparten la misma logística. Se alojan en su propio hotel, se desplazan con la delegación y tienen acceso directo a sus fuentes. Han pagado su viaje para estar allí, pero ese acceso forma parte del sistema. Llegan con él. Se van con él. Y operan dentro de un circuito informativo distinto. Para el resto, el acceso funciona de otra manera.
Además la Conferencia no consiste solo en el programa oficial. Ocurre también en el mapa informal que se despliega alrededor de su núcleo operativo. El primer anillo lo forman los grandes hoteles históricos, como el Vier Jahreszeiten. Su vestíbulo, y en particular el bar Jahreszeiten, es uno de los mejores lugares para observar el ecosistema en movimiento. Delegaciones que llegan, asesores que esperan, conversaciones breves. El Polo Bar español completa ese pequeño universo interior. Nadie parece estar esperando a nadie, pero nadie está allí por casualidad.
El segundo anillo incluye otros hoteles de cinco estrellas, como el Rosewood, convertido en punto de encuentro habitual de asesores y legisladores estadounidenses. El movimiento es constante. Caras conocidas. Otras que no lo son tanto. Pero todas encajan en el mismo patrón.
Este año, además, circula un pequeño cotilleo geopolítico que el propio embajador Wolfgang Ischinger, histórico director de la Conferencia, ha dejado caer con precisión quirúrgica. Hay más senadores y congresistas estadounidenses en Múnich que los que acompañaron a Donald Trump en Davos semanas antes. No es un detalle menor. Sugiere que, más allá del ruido político, el verdadero interés estratégico de Washington sigue pasando por este perímetro de apenas 500 metros en el centro de Baviera.
Más allá de los hoteles, la periferia operativa incluye bares y restaurantes como la Brasserie Oskar Maria, en el Literaturhaus o el Brenner Grill, a pocos minutos a pie. Son espacios abiertos al público, pero durante estos días funcionan como extensiones informales de la Conferencia. Mesas ocupadas durante horas. Conversaciones en voz baja. Encuentros que no figuran en ninguna agenda oficial.
Fue en ese entorno donde, hace años, esta corresponsal encontró en el bar del Bayerischer Hof a un ministro de Defensa colombiano que mantenía contactos discretos con representantes de la industria armamentística. Colombia buscaba entonces equipamiento para equilibrar su capacidad militar frente a las FARC. No hubo comunicado. Solo una cerveza y una conversación. Hoy, un encuentro así sería mucho más difícil. El ecosistema ha aprendido a protegerse mejor.
El Bayerischer Hof, durante esos días, funciona como un organismo cerrado. Todo está previsto. Todo está integrado en el sistema. Incluso los rumores forman parte del paisaje. Uno de ellos, contado por un conserje con una sonrisa ambigua, hablaba de la posibilidad de solicitar un cojín adicional en la habitación. No era una cuestión de comodidad, sino, supuestamente, una señal discreta para activar determinados servicios que no figuran en el catálogo oficial del hotel. Nada visible. Nada que se pueda confirmar. Solo una de las muchas historias que circulan en un entorno donde la discreción es parte del protocolo.
La Conferencia de Seguridad de Múnich comienza siempre con teloneros. No aparecen en el programa ni intervienen en los paneles. Son los servicios de inteligencia occidentales, encargados de preparar el terreno en ese espacio donde la seguridad deja de ser un discurso y se convierte en análisis, proyecciones y negociaciones. En esas reuniones preliminares no participan los servicios rusos. No de forma oficial.
Rusia no participa en la Conferencia desde 2022. Pero no porque haya sido excluida. Según explicó el propio Ischinger, toda la delegación rusa canceló su asistencia de forma coordinada apenas dos semanas antes de la invasión de Ucrania. Desde entonces, ni el Ministerio de Asuntos Exteriores en Moscú ni el embajador ruso en Berlín han dado señales de querer regresar.
El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, fue durante años uno de los pilares de la Conferencia de Seguridad de Múnich. Asistía con regularidad y, sobre todo, hacía algo que pocos hacen en este foro: atender a la prensa de forma directa y sin filtros en el último día. Por eso sus ruedas de prensa eran multitudinarias. Su ausencia se nota. No es nostalgia. Es vacío informativo.
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