Fito & Fitipaldis, eterno rock & roll

Pasan los años y ahí está Fito, el más bajo de la banda, gorra calada, gafas redondas, grito en el cuello y guitarra al hombro para reunir a sus huestes. Esta vez el punto de encuentro era El monte de los aullidos, octavo disco de la veterana formación que el bilbaíno se sacó de la manga allá por 1998, casi tres décadas atrás, aunque la música no se oxide con los años, y algunas de sus melodías parezcan hechas para corearlas eternamente.

Seguir leyendo…

 Fito & Fitipaldis cumplió con todos los cánones del género ante un público intergeneracional  

Pasan los años y ahí está Fito, el más bajo de la banda, gorra calada, gafas redondas, grito en el cuello y guitarra al hombro para reunir a sus huestes. Esta vez el punto de encuentro era El monte de los aullidos, octavo disco de la veterana formación que el bilbaíno se sacó de la manga allá por 1998, casi tres décadas atrás, aunque la música no se oxide con los años, y algunas de sus melodías parezcan hechas para corearlas eternamente.

No es la primera ni la segunda vez que el bueno de Cabrales actúa por duplicado en el Palau Sant Jordi, lleno anoche hasta la bandera (hoy lo volverá a estar) de un público intergeneracional dispuesto a cantar unos temas que cumplen con el ABC del rock. De las reminiscencias del blues originario a lo más duro del género, todose amalgamó en una salsa bien ligada gracias a la solidez de los Fitipaldis sobre los escenarios, ya sean pequeños teatros o grandes espacios como el de anoche, convertido en una fiesta desde la inicial A contraluz sin necesidad de aspavientos tecnológicos, reemplazados por buena acústica y una pared de amplis cargados de historia.

La canción, de nuevo cuño fue recibida por el público con la misma vitola que si llegara directamente de 20 años atrás. El saxo de Javi Alzola, en la mejor tradición de Bruce Springsteen, y el rasgueo a la guitarra sencillo pero tenaz de Carlos Raya (que como es habitual, se valió de un amplio repertorio de guitarras) marcaron de buen comienzo el ritmo de la velada, que incluyó seis temas del nuevo álbum y otros cuatro de los dos lanzamientos anteriores, propuesta alejada de la narcótica nostalgia en que podría caer una banda de largo recorrido que supo dosificar sus éxitos para no convertir la velada en un karaoke.

Con el galope de Un buen castigo aparecieron de buen comienzo los solos de Raya, escudero inseparable de Fito que anoche regaló varios riffs en la mejor tradición del rock nacional, especialmente en la estrenada Los cuervos se lo pasan bien, o emulando el punteo de un Mark Knopfler subido de revoluciones en Cielo hermético mientras Fito hacía lo propio en el blues que da título al nuevo disco. Previamente habían caído los primeros hits, Por la boca vive el pez y la comedida Me equivocaría otra vez, caballos ganadores necesarios para entender el longevo éxito de la banda, que combinó pausa y frenesí en la veintena de temas que incluyó el repertorio.

Carlos Raya demostró su variado talento con la guitarra eléctrica
Carlos Raya demostró su variado talento con la guitarra eléctricaAlex Garcia

Bajaron las revoluciones temas como Entre la espada y la pared, Volverá el espanto -dedicada a las interminables guerras con imágenes de Gaza derruida en la pantalla- o La noche más perfecta con la que arrancó los bises. En el otro extremo, el twist alegre y verbenero de Whisky barato acompañado de violín y acordeón, el viaje sonoro a los 60 de Como un ataúd o el recuerdo a Platero y tú con Entre dos mares agitaron a un público con ganas de saltar. También sonó Cada vez cadáver, ritmo country, mientras el órgano Hammond de Jorge Arribas añadía reminiscencias clásicas al septeto sobre el escenario, completado por Boli Climent al bajo, Coki Jiménez a la batería y Diego Galaz a la guitarra y el violín.

El baladeo de Soldadito marinero protagonizó el primer cierre del concierto, con las luces de móviles al aire y el público cantando a coro, como ya lo habían hecho con Acabo de llegar y La casa por el tejado. Matices pop en estas dos piezas para completar esta oda al rock & roll con letras desnudas de referencias concretas y malos modos, pero con el don de transmitir una felicidad tan sencilla y efectiva como la música que Fito y sus Fitipaldis regalaron a Barcelona.

 Cultura

Te Puede Interesar