‘Farage Fest’: manual básico de populismo político

Al líder de Reform UK y a Trump les funciona agitar la demonización de la inmigración Leer Al líder de Reform UK y a Trump les funciona agitar la demonización de la inmigración Leer  

El político ultraderechista Nigel Farage pisa el acelerador populista tras su triunfo en las urnas. Para el líder de Reform UK, los votantes de Clacton, circunscripción en el sureste de Inglaterra que representa en el Parlamento británico, le han dado la razón. Y es que ya anunció en julio, cuando renunció a su escaño para forzar esta convocatoria de unas elecciones especiales que obedecían a su particular show político, que la cita con las urnas iba a ser un pulso entre «el pueblo y el establishment». Tampoco lo tenía difícil, pues en tan singular contienda su más formidable oponente ha sido un comediante disfrazado de cubo de basura, todo un símbolo del circo político y su reciclaje, algo que domina a la perfección el propio Farage.

Este político que juega a ser un antisistema se mira en el espejo de otro supuesto outsider, el presidente estadounidense Donald Trump, cuya retórica populista tomó por asalto al Partido Republicano en la campaña electoral de 2016, y al país entero ese mismo año al vencer a la demócrata Hillary Clinton. Desde entonces, la impronta del trumpismo ha permeado una nación que jamás habría imaginado una intentona golpista en el Capitolio antes de la irrupción en la política del magnate neoyorquino. Fue precisamente en 2016 cuando el británico Farage -crecido por el triunfo de la cruzada Brexit que sacó al Reino Unido de la Unión Europea– y el republicano forjaron una alianza que les unía en sus ambiciones políticas y en una visión ultranacionalista en la que los inmigrantes son demonizados. El estadounidense respaldaba todo lo que torpedeara la coalición de las democracias europeas (en la campaña electoral de 2016 conminó a Putin a «interferir» en los comicios de EEUU), y Farage lo apoyó en su primera carrera a la Casa Blanca.

En realidad, ni uno ni otro son individuos que salieron de la nada para defender los intereses de los más vulnerables frente a la clase política tradicional. Farage, hijo de un corredor de Bolsa en la City londinense, siguió los pasos de su padre. En cuanto a Trump, también la figura paterna lo moldeó al provenir de una familia con negocios inmobiliarios en Nueva York que acabaron en juicios por tácticas «racistas» contra posibles inquilinos negros en sus propiedades. Antes de saltar a la política, ambos eran conocidos en los ambientes sociales por sus personalidades expansivas y su capacidad de seducción, al disfrazar su elitismo con demagogia populista y prácticas poco éticas por las que, hasta ahora, los dos no han rendido cuentas.

Uno de los motivos por los que Trump quiso aspirar nuevamente a la Presidencia fue para estar a salvo de más investigaciones sobre manejos empresariales que podrían acabar en los tribunales. Ahora, instalado por segunda vez en la Casa Blanca, ha intensificado lo que apunta a tráfico de influencias y enriquecimiento personal, con un desfile constante en su mansión de Mar-a-Lago de los barones de Silicon Valley, jeques árabes y multimillonarios del opaco mundo de las criptomonedas. A lo largo de los años, Farage ha frecuentado el exclusivo club social situado en Florida. El ultra británico también camina sobre la cuerda floja de lo inapropiado y lo ilegal, pues pende sobre él una investigación del Parlamento por haber aceptado donaciones en la campaña electoral de 2024 que no declaró. Dichos «regalos» los recibió de un aristócrata que cumplió una condena en Estados Unidos y de un inversor de criptomonedas establecido en Tailandia. A diferencia de Trump, amparado en la inmunidad que le otorga la Presidencia, el dirigente de Reform UK no se librará de la investigación en curso a pesar de su golpe de efecto con unas elecciones parciales innecesarias.

Siguiendo la estela trumpista, en las encuestas nacionales Farage se mantiene como un rival peligroso contra los partidos tradicionales, el conservador y el laborista. Su agresivo mensaje antiinmigración prende tanto como sucede en Estados Unidos, con una base MAGA que en la campaña electoral de 2020 aplaudió las palabras de Trump: «Los inmigrantes envenenan la sangre de nuestro país». Farage no es menos severo con un flujo de inmigrantes que en Europa tensa cada vez más a los votantes, dispuestos a inclinarse hacia las políticas más duras que propone en Francia la ultraderechista Marine Le Pen; o la primera ministra italiana Giorgia Meloni, quien encabeza el traslado de migrantes a terceros países, una medida que secunda el Gobierno socialdemócrata de Dinamarca. En medio de sus reveses con la Justicia, el británico apuesta por un sentimiento antiinmigrante que cruza las barreras ideológicas y que el trumpismo ha sabido rentabilizar en Estados Unidos.

Nigel Farage festeja el triunfo con su Farage Fest, convencido de que, como su amigo en Washington, un día podría llegar a ocupar la residencia en 10 Downing Street. En el camino, le queda por aclarar el escándalo financiero que le salpica. Desde luego, en el manual del populismo no es un obstáculo para alcanzar la meta.

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