El control del canal por el que pasa un 20% del petróleo mundial puede decidir el resultado del conflicto bélico con Irán Leer El control del canal por el que pasa un 20% del petróleo mundial puede decidir el resultado del conflicto bélico con Irán Leer
Hay zonas de guerra donde el conflicto se ve por todas partes. Otras, en cambio, no ofrecen señales tangibles; sin embargo, la presencia de la guerra lo condiciona todo. El agente de la garita fronteriza, con disdasha blanca y turbante, mira el pasaporte español y pregunta extrañado: «¿Es usted turista? Creo podría ser el único en visitarnos hoy. Disfrute de la península de Musandam«.
Una hora antes salíamos de la utopía futurista de Dubai, con sus rascacielos, hoteles de lujo, rusas en minifalda y coches deportivos, y el paisaje cambiaba. El cemento y el cristal dieron paso a las dunas doradas, algún camello solitario y a ciudades de color ocre. A la entrada de este estratégico enclave del sultanato de Omán, el horizonte volvió a cambiar. La arena dio paso a la roca. Mezquitas, tiendas y rebaños de cabras jalonaban el paseo hasta la línea divisoria. Casi un viaje al pasado.
Ya dentro de Omán, la carretera costera bordea un imponente acantilado calizo de color gris. El Golfo Pérsico adquiere aquí varios tonos de azul conforme se acerca a la costa. En las playas, completamente vacías, manda el color turquesa. La ruta hacia el extremo oeste del Estrecho bordea varias ensenadas y comienza a ascender hasta un alto pedregoso y árido que sirve de mirador sobre el canal. En este punto, uno puede intuir la costa iraní a 30 kilómetros de distancia, sobre todo la isla de Qeshm, la que tiene forma de tiburón y donde los ayatolás han montado una auténtica fortaleza militar.
Varios fuertes de piedra construidos en la Edad Media atestiguan la importancia de la vigilancia en esta costa. Desde esa privilegiada atalaya, no vemos ni un sólo barco cruzando el Estrecho en ese punto. Después comprobaremos el número de petroleros que ese día ha dejado pasar Irán sin abrir fuego: cero. El lugar se llama Harf Ghabi y está completamente vacío, aunque el paisaje es propicio para escorpiones, serpientes y halcones. Desde la frontera, y en 40 kilómetros de ruta, aún no nos hemos cruzado con nadie.
Decidimos seguir nuestro camino hasta el puerto de Khasab, enmarcado en un fiordo de roca viva. Por el camino vemos varias playas solitarias, con un tiempo perfecto para disfrutar de ellas pero sin turistas para hacerlo. Los chiringuitos de la playa están también clausurados por la guerra. En uno de los fiordos vemos un barco hundido y recostado sobre uno de sus laterales, y otro de mayor tamaño varado sobre el fondo en medio del mar. La primera persona que vemos en el sultanato es un marinero con cara de sueño que sale de una de sus puertas a secar su ropa. Nadie diría que el barco en el que vive puede volver a navegar.
Hasta hace unas semanas, este enclave tenía cierto interés turístico: el Estrecho es paso habitual de delfines y ballenas, y parte de los pescadores locales -la mayor industria de la zona- hacían viajes al canal para verlos de cerca. Además, era habitual realizar rutas de montaña en su paisaje escarpado, o submarinismo en sus aguas cristalinas. Hoy todo eso parece que sucedió hace mucho tiempo, porque los barcos de madera se pudren varados en el puerto de Khasab, la población más grande de la península de Musadam.
«Por la noche es fácil ver los misiles iraníes volando hacia Emiratos Árabes. Parecen estrellas fugaces al principio, pero luego descienden a toda velocidad como si un gran meteorito hubiera entrado en la atmósfera», cuenta Ahmed, un pescador local que aprovecha el parón para lijar todo el casco de su embarcación. «Desde aquí puedes oler la guerra y sentirla alrededor. Esto es un drama para nosotros. Somos un pueblo que vive del mar, y es ese mar al que ahora no podemos salir».
– ¿Por qué no pueden navegar por el Estrecho?
– Sabemos que Estados Unidos ha bombardeado las lanchas rápidas que los iraníes han usado para minar el Estrecho. No queremos que nos confundan y nos disparen también a nosotros.
La realidad es que muchos de estos pescadores llevaban una doble existencia. Por el día echaban las redes y, por la noche, realizaban otro tipo de viajes. Antes de la actual escalada, este Estrecho no era sólo una arteria del comercio global; también funcionaba como un espacio gris de contrabando tolerado en la práctica por todos los actores. No era marginal: formaba parte del paisaje cotidiano del Golfo. El principal negocio era el contrabando de combustible. Irán, con gasolina muy subvencionada, exportaba de forma ilegal enormes cantidades hacia Emiratos Árabes Unidos y Omán en pequeñas lanchas rápidas. Allí se revendía a precios de mercado.
Era un sistema casi industrial: miles de embarcaciones, rutas fijas y redes bien organizadas que movían millones de litros diarios. Las lanchas volvían a Irán con bienes de consumo para esquivar sanciones: electrónica, piezas industriales, automóviles y enormes cantidades de alcohol, un producto prohibidísimo en Irán. Tampoco era extraño ver decomisos policiales en las playas de Omán cuando la cosa se desmadraba. Muchos de estos productos entraban desde puertos del Golfo en circuitos semiinformales, a menudo con la vista gorda de autoridades locales. Pero la guerra ha terminado con todo ese tráfico, el legal y el ilegal.
«Ahora nos limitamos a pescar entre nuestras propias islas», dice otro pescador que acaba de llegar con su lancha, pero cuyas redes vienen vacías. En las calles del pueblo la parálisis es total. Es cierto que estamos en el último día del Ramadán y que la actividad baja muchos enteros, pero los hoteles para los turistas ni están abiertos ni abrirán, igual que los restaurantes, igual que las tiendas. Los negocios han cerrado por la guerra.
El muecín llama a la oración y varios parroquianos extienden su esterilla bajo una palmera mirando a La Meca. «Alabado sea Ala», se escucha la reverberación del rezo entre las montañas. La sensación aquí es de tiempo detenido.
«Esta situación no puede durar. Este Estrecho alimenta a mucha gente a ambos lados. Todo el mundo está perdiendo dinero y, si esto se prolonga, tendremos que trabajar de otra cosa», cuenta Ahmed. Todos aquí saben que la próxima tirada de la partida de ajedrez geopolítico global se jugará en las aguas donde se han bañado desde niños. Muchos se dedicaban también al abastecimiento de combustible de petroleros, avituallamiento de barcos llevándoles comida desde la costa, cambios de tripulación o evacuación de enfermos y reparaciones rápidas. En un mundo en el que pasaban cada día 150 grandes cargueros de un lado al otro, había trabajo para todos. Hoy algunos están sentados en la terminal del puerto viendo pasar la vida.
Ayer Irán volvió a atacar a varios navíos mercantes en el Golfo y, acto seguido, 22 países anunciaron que se unirán a los esfuerzos para desbloquear Ormuz. Entre ellos están Bahrein y Emiratos Árabes Unidos, quizá junto a Qatar, el país más perjudicado por la agresión a estas monarquías del Golfo.
Antes de que la guerra lo tensara todo, el paisaje era una superposición casi irreal de escalas: al amanecer, un superpetrolero avanzaba lento, cargado con millones de barriles, mientras a pocos metros una lancha de fibra salía disparada hacia la costa con bidones de gasolina; más allá, un cascarón de madera descargaba mercancía en silencio, como hace siglos, y en el horizonte los remolcadores y buques de suministro orbitaban a su alrededor como satélites de un sistema mayor. Todo ocurría al mismo tiempo y en el mismo lugar: el comercio legal, el tolerado y el clandestino, sin fronteras claras entre ellos, en capas de actividad que se toleraban y se respetaban unas a otras. Ormuz no era sólo un paso marítimo, sino un mercado en movimiento, donde cada barco -desde el más grande al más pequeño- formaba parte de una economía compartida que funcionaba precisamente porque nadie la controlaba del todo. Era un ecosistema que hoy está amenazado.
Durante siglos, el control del Estrecho de Ormuz fue clave para el poder marítimo del Omán, cuyo sultanato llegó a construir un verdadero imperio comercial entre los siglos XVII y XIX. Tras expulsar a los portugueses de la región en 1650, los omaníes dominaron las rutas entre el Golfo, la India y la costa swahili de África, estableciendo bases en Zanzíbar y extendiendo su influencia hasta Mombasa. Desde la península de Musandam, que vigila la entrada sur del Estrecho, controlaban el paso de mercancías, imponían tasas y protegían sus redes comerciales. Aunque ese poder fue declinando con la llegada de las potencias europeas en el siglo XIX, Omán conservó su posición geográfica estratégica como guardián de una de las principales puertas del comercio mundial, un papel que, de forma más discreta, sigue desempeñando hoy.
Los habitantes de esta península no se hacen ilusiones. Aunque Omán siempre ha sido un país que ha tenido un destacado papel como negociador de acuerdos, la crisis afectará a todos en alguna medida e incluso han sufrido también el ataque de misiles de Irán. El sultanato siempre se ha movido como un intermediario silencioso y fiable, una especie de canal discreto entre actores que no pueden hablarse directamente. Esa posición se consolidó bajo el sultán Qaboos bin Said y se ha mantenido con su sucesor, Haitham bin Tariq. También ahora su Gobierno interpreta ese papel en esta crisis. Aunque la tensión va en aumento, las relaciones entre ambos bandos no se han roto del todo en ningún momento.
Sea cual sea la decisión final de Trump, tanto si hay escolta armada de convoyes como operación de desembarco, los riesgos de escalada son más que evidentes.
Ahmed se pone de pie y señala a la orilla opuesta: «Aquí estamos muy preocupados, pero prefiero estar en este lado que en aquel. La potencia de fuego de Estados Unidos debe ser impresionante».
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