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El título de esta columna no alude a la duración reglamentaria del juego. Ni a los minutos de prolongación del partido. Ni a los que se pierden en las lesiones, los saques de falta o de esquina. Ni a los que se gastan en las consultas del VAR. Ni a la relatividad de su transcurso, de una pasmosa rapidez o una angustiosa lentitud según estén pintando las cosas en el césped. A nada de eso, sino al fútbol como unidad de medida del tiempo en la cotidianidad personal y ciudadana.
Dice José Luis Garci que la vida es eso que transcurre entre dos Mundiales. Y afirmamos otros que la vida no retoma su pulso normal hasta que empieza la Liga. No en el regreso de las vacaciones. No en la vuelta al cole. No en el inicio del curso político. No en la reapertura de establecimientos, sino cuando comienza la Liga.
Y el comienzo, lo que se dice el comienzo, ha llegado en la tercera jornada, unificada. Las dos primeras, entrecruzadas, mezcladas, superpuestas a la vez que separadas, han supuesto un batiburrillo de piezas desajustadas que ha despistado a la gente y alterado su rutina de ocio, compañera inseparable de la laboral, la familiar y la social.
Tampoco ha ayudado, en esa aplazada recuperación de las costumbres, los vaivenes, el tráfago del mercado con la competición en marcha. Carece de lógica que, ya con los primeros y siempre importantes puntos repartidos, las plantillas se encuentren aún sin completar y definir hasta un minuto antes de la medianoche del martes 1 de septiembre. Ha habido muchos movimientos, como es obvio, y el Madrid se ha caracterizado más que nadie en el doble capítulo de ventas y compras.
Ha hecho más caja que nunca con los canteranos: 200 millones (199 para ser exactos). Solamente con Nico Paz (60) y Gonzalo (40) alcanzó los 100, cifra a la que nos referíamos en este mismo espacio hace una semana. Como contraposición, también se ha gastado más dinero que en toda su historia en la adquisición de refuerzos extramuros de Valdebebas: 225.
«Sólo el necio confunde valor y precio». En el caso del Madrid y de todos los demás, en los distintos niveles de clubes y futbolistas, el reto y la apuesta de cada año estriban en que valor y precio coincidan. Y, si es posible, difieran en beneficio del valor. En esta temporada, en la cima monetaria de la adquisición liguera, al menos en el momento de escribir estas líneas, figuran Diomande (125 millones) y Rodri (76,5), representantes de los dos equipos destinados en principio a disputarse la Liga. Normal. Coherente.
Sus tasaciones los convierten en las máximas novedades económicas de la competición, a la que han regresado, y en algunos de sus mayores atractivos. El tiempo, en connivencia con las hinchadas, expectantes, nerviosas, ya les está urgiendo, azuzando, instándoles a responder con un rendimiento acorde con su coste. El tiempo del fútbol no tiene tiempo que perder ni que regalar. El fútbol siempre tiene prisa, siempre sufre ansiedad, y su dinero exige instantáneamente rentabilidad, retorno, devolución, amortización en forma de rendimiento, de goles, de eficacia.
En el fútbol, como en la vida, pero con menos paciencia, el tiempo es oro y el oro es tiempo.
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