El faro de Foucault

El 15 de octubre se conmemorará el centenario de Michel Foucault. Desde la izquierda, aún hay quien lo describe como un faro para el siglo XXI. Pero cada vez cuesta más verlo bajo este aspecto sin pensar en el faro del fin del mundo novelado por Jules Verne, que los piratas usaban para desorientar a los navegantes y hacer naufragar barcos. Las famosas lecciones del curso 1978-1979 sobre El nacimiento de la biopolítica, publicadas póstumamente en el 2004, son el principal documento de como algunos pensadores influyentes en las nuevas izquierdas favorecieron la acomodación de las sensibilidades progresistas a la visión neoliberal de la gubernamentalidad, que tan bien combina con los neoconservadurismos. Quienes las escucharon en el Collège de France debieron salir pensando si, como decían en la época de Adenauer los ordoliberales alemanes, a quienes glosaba, el Estado de bienestar keynesiano era la antesala del totalitarismo contemporáneo y la seguridad social su más terrorífico instrumento de tortura.

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 El 15 de octubre se conmemorará el centenario de Michel Foucault. Desde la izquierda, aún hay quien lo describe como un faro para el siglo XXI. Pero cada vez cuesta más verlo bajo este aspecto sin pensar en el faro del fin del mundo novelado por Jules Verne, que los piratas usaban para desorientar a los navegantes y hacer naufragar barcos. Las famosas lecciones del curso 1978-1979 sobre El nacimiento de la biopolítica, publicadas póstumamente en el 2004, son el principal documento de como algunos pensadores influyentes en las nuevas izquierdas favorecieron la acomodación de las sensibilidades progresistas a la visión neoliberal de la gubernamentalidad, que tan bien combina con los neoconservadurismos. Quienes las escucharon en el Collège de France debieron salir pensando si, como decían en la época de Adenauer los ordoliberales alemanes, a quienes glosaba, el Estado de bienestar keynesiano era la antesala del totalitarismo contemporáneo y la seguridad social su más terrorífico instrumento de tortura.Seguir leyendo…  

El 15 de octubre se conmemorará el centenario de Michel Foucault. Desde la izquierda, aún hay quien lo describe como un faro para el siglo XXI. Pero cada vez cuesta más verlo bajo este aspecto sin pensar en el faro del fin del mundo novelado por Jules Verne, que los piratas usaban para desorientar a los navegantes y hacer naufragar barcos. Las famosas lecciones del curso 1978-1979 sobre El nacimiento de la biopolítica, publicadas póstumamente en el 2004, son el principal documento de como algunos pensadores influyentes en las nuevas izquierdas favorecieron la acomodación de las sensibilidades progresistas a la visión neoliberal de la gubernamentalidad, que tan bien combina con los neoconservadurismos. Quienes las escucharon en el Collège de France debieron salir pensando si, como decían en la época de Adenauer los ordoliberales alemanes, a quienes glosaba, el Estado de bienestar keynesiano era la antesala del totalitarismo contemporáneo y la seguridad social su más terrorífico instrumento de tortura.

A propósito de estas lecciones se ha hablado de un giro en el pensamiento foucaultiano. Pero las diferencias entre el último Foucault y los anteriores no son, bien mirado, muy notables. Su continuidad se percibe bien si se tiene en cuenta la demasiado desatendida clave de interpretación que él mismo ofreció en su última entrevista: “Heidegger –dijo a los entrevistadores– siempre ha sido para mí el filósofo esencial […] Su lectura ha determinado todo mi devenir filosófico”. Foucault nunca publicó ni una línea sobre el filósofo alemán. Pero lo leyó con entusiasmo a principios de los cincuenta y guardaba “toneladas de notas” de aquellas lecturas, que no fueron muy sistemáticas. Según decía, no había profundizado en Ser y tiempo, por ejemplo. Su Heidegger era el Heidegger posnazi que, sin renegar del pasado, pero reinterpretándolo desde las alturas, jugaba a pastorear el ser en la segunda posguerra mundial, el de la Carta sobre el humanismo, que Hannah Arendt, en un lapsus pertinente, denominó Carta contra el humanismo, y el de Caminos de bosque. 

El filósofo francés nunca publicó ni una línea sobre Heidegger, pero lo leyó con entusiasmo

Foucault no fue ni un heideggeriano ortodoxo ni un heideggeriano heterodoxo como Jacques Derrida. Pero los hilos importantes de su obra, aunque los tiñera de colores nietzscheanos, provienen de las madejas de Heidegger. Como la idea de que el sujeto tiene una historia y que la verdad, que tiene que ver con la relación de este sujeto con sus objetos, también la tiene, que religa todo su proyecto filosófico. Que Foucault, a la vez que seguía este hilo, también incorporara la perspectiva y la intención demoledora heideggerianas respecto a la racionalidad moderna tiene mucho que ver con la invariabilidad básica de su posición, a la que me refería. La historia intelectual y los presentes laberintos de Europa se descifran mejor si se considera el trasfondo ideológico de la crítica de la modernidad que Foucault y otros pasaban de contrabando.

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