La guerra transita una situación caótica concebida para durar días y que atraviesa su quinta semana sin que se vea el final Leer La guerra transita una situación caótica concebida para durar días y que atraviesa su quinta semana sin que se vea el final Leer
La exitosa misión para rescatar a los tripulantes del F-15 ha dado un balón de oxígeno a Donald Trump en su fin de semana más crítico desde que volvió al poder, tras el fracaso de su apuesta por una intervención rápida en Irán y el inesperado bloqueo del Estrecho de Ormuz, pero ni siquiera todos los eslóganes bélicos tan del gusto de la Casa Blanca, como «no dejaremos a nadie atrás», pueden ocultar la situación caótica de una guerra concebida para durar días y que atraviesa su quinta semana sin que se vea el final. De momento, la operación «Furia Épica» —nombre con el que Washington bautizó la ofensiva contra Irán— deja más preguntas que respuestas:
Esa ventana se cerró durante los primeros días. Trump podría haberlo hecho cuando sus bombarderos decapitaron el régimen y mataron al ayatolá Ali Jamenei. Pero en cuanto Teherán comenzó a atacar petroleros y cerró el Estrecho de Ormuz unos días después, la opción de cantar victoria y volver a casa perdió credibilidad.
Estados Unidos e Israel están desgastando de forma decisiva las capacidades militares de los ayatolás, pero no puede decirse que estén ganando la guerra, de la misma forma que tampoco puede afirmarse que Irán la esté perdiendo. Aunque sufra importantes bajas y pérdidas materiales, el régimen sigue en pie y ha activado una palanca estratégica clave: su capacidad para condicionar el tráfico mundial de petróleo. Por el Estrecho de Ormuz transita aproximadamente un 20% del crudo global, lo que le permite absorber golpes durante meses mientras mantiene presión sobre la economía internacional.
Negociar desde una posición de fuerza. Sabe que Estados Unidos no se puede permitir tener cerrado el Estrecho de Ormuz, aunque Trump asegure lo contrario. Los ayatolás saben que han atrapado a Trump en un laberinto y la salida que le ofrecen es la de un perdedor: reconocer la soberanía iraní sobre Ormuz y darles garantías de seguridad de que no habrá nuevos ataques, algo que separaría los intereses de EEUU de los de su aliado Benjamin Netanyahu. A cambio, podrían conceder detener su programa nuclear, porque han constatado que el control del Estrecho es un elemento de disuasión más eficaz a corto plazo que el desarrollo de un arma nuclear.
Porque no tiene un plan de salida y no se decide a poner en marcha ninguna operación terrestre, por limitada que sea. Antes de lanzar la operación de decapitación del régimen el 28 de febrero, el propio general Dan Caine, responsable militar de Estados Unidos en Oriente Próximo, le advirtió sobre el riesgo de que Irán cerrara el Estrecho de Ormuz. Trump ignoró esa advertencia. Ahora parece que sí valora los riesgos de escalar el conflicto con tropas sobre el terreno. Pero el régimen de Teherán se aferra a ese Estrecho como su principal salvavidas y no tiene incentivos para negociar ahora, como repite de forma constante.
Militarmente, para un ejército tan poderoso y avanzado como el de Estados Unidos, puede ser una maniobra complicada pero asumible. El problema es que cualquier operación de ese nivel dejaría bajas, y eso puede suponer un gran coste político en términos de impopularidad. Son islas que pueden invadirse, pero son difíciles de mantener y con una logística endiablada, ya que los iraníes podrían atacarlas desde su costa con el arsenal que aún conservan. Además, la milicia de los hutíes de Yemen, aliados de Irán, ya ha dejado claro que cualquier intento de invasión llevaría al cierre inmediato del Estrecho de Bab el Mandeb, en el mar Rojo, además del de Ormuz, lo que afectaría a dos de las principales arterias del comercio marítimo mundial, un escenario extremadamente grave para la economía global.
Difícilmente. El régimen de Teherán, una vez que Estados Unidos se lanzó a decapitarlo y a llamar a los civiles a la insurrección, entendió que lucha por su supervivencia. Será difícil que se rinda por muchas centrales que EEUU destruya. De hecho, los ayatolás ya han iniciado una estrategia de represalias regionales, atacando refinerías, oleoductos, puertos o desalinizadoras para imponer costes a los aliados de Estados Unidos. Además, a diferencia de los puentes, que sí se consideran un objetivo militar, atacar centrales de generación de energía es, por definición, un crimen de guerra. Lo que llama la atención es que amenace con ello el propio presidente de Estados Unidos.
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