El diseño de la infancia (Capitán Swing), de la crítica cultural estadounidense Alexandra Lange, es un libro importante. Explica cómo, desde el siglo XVIII hasta ahora, la niñez ha ido ganando protagonismo en nuestras vidas, casas, instituciones educativas y espacios públicos, hasta convertirse en el núcleo del mundo contemporáneo. Lo hace con una sabia mezcla de erudición histórica y ejemplos de pedagogía aplicada al diseño de objetos y de espacios.
El diseño de la infancia (Capitán Swing), de la crítica cultural estadounidense Alexandra Lange, es un libro importante. Explica cómo, desde el siglo XVIII hasta ahora, la niñez ha ido ganando protagonismo en nuestras vidas, casas, instituciones educativas y espacios públicos, hasta convertirse en el núcleo del mundo contemporáneo. Lo hace con una sabia mezcla de erudición histórica y ejemplos de pedagogía aplicada al diseño de objetos y de espacios.Seguir leyendo…
El diseño de la infancia (Capitán Swing), de la crítica cultural estadounidense Alexandra Lange, es un libro importante. Explica cómo, desde el siglo XVIII hasta ahora, la niñez ha ido ganando protagonismo en nuestras vidas, casas, instituciones educativas y espacios públicos, hasta convertirse en el núcleo del mundo contemporáneo. Lo hace con una sabia mezcla de erudición histórica y ejemplos de pedagogía aplicada al diseño de objetos y de espacios.

El ensayo se lee como cinco historias culturales paralelas de ámbitos pedagógicos complementarios: los bloques, la casa, la escuela, el parque y la ciudad. Empieza con la invención de los juegos de construcción, con los bloques de madera que introdujeron en la enseñanza Johann Friedrich Pestalozzi y Friedrich Froebel hace más de doscientos años. Los abuelos de Lego y su evolución digital, Scratch y Minecraft. La idea, hecha materia diseñada, de que los más jóvenes deben experimentar con las manos para estimular su neuroplasticidad. Y termina con una vindicación del urbanismo que privilegia el paseo, la bicicleta, el aire libre, la ecología. Entre un extremo y otro, Lange analiza cómo el juego, el estudio y el descanso de los más jóvenes de la familia fueron ganando importancia en el hogar, a través tanto de la arquitectura como del mobiliario; y la genealogía del jardín de infantes y del parque, vasos comunicantes, en el marco de las pedagogías más innovadoras, que han convivido con las clásicas durante toda la modernidad.
Hacen falta presupuestos razonables para sostener y actualizar las arquitecturas complejas de la infancia
El ensayo –que incluye las escuelas tecno-utópicas de hoy– da argumentos para defender el equilibrio entre la horizontalidad y la verticalidad, los proyectos y la memorización, lo físico y lo digital, los experimentos y los planes de estudio. Sólo a través de fórmulas que combinen diversos porcentajes, siempre variables, de tradición y cambio es posible el progreso, sin olvidar nunca que la infancia es una experiencia profundamente material. No sólo por la realidad del cuerpo, también por el diseño de los instrumentos y los espacios que nos conforman.
Las reclamaciones recientes de nuestros docentes y de nuestros alumnos de estudios superiores apuntan hacia las “redes de seguridad” que defiende Lange. Hacen falta presupuestos razonables para sostener y actualizar esas arquitecturas complejas, que impulsan energías intangibles, como las del interés, la curiosidad o la ambición intelectual, a través de objetos, tecnologías y construcciones palpables y sólidas. El diseño de la infancia no sólo debería ser leído por quienes educan profesionalmente, sino también por los madres y padres (para pensar en los juegos y videojuegos, en los deberes y las extraescolares y el ocio) y, sobre todo, por los políticos que deben decidir si dedicamos nuestro dinero a comprar drones de guerra y a rescatar bancos o a la educación de los ciudadanos jóvenes: los que conocerán el siglo XXII.
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