Hace un tiempo que Edward Carey regresó a su Inglaterra natal. Durante veinte años años tuvo fija su residencia en Austin (Texas), pero consideró cambiar de vida. ¿Los motivos?: “No solo por nostalgia a mi tierra, sino porque Estados Unidos es ahora un lugar aterrador que se está yendo al infierno. Empezó con cosas tan básicas como cerrar departamentos de humanidades en las universidades y prohibiendo libros, y ahora ya se ha desatado todo. Y no, el Brexit al que me vengo tampoco está bien y es un completo desastre, pero de Trump me fío menos. No puede salir nada bueno de allí”, confiesa a La Vanguardia durante su visita a Barcelona.
Llega en castellano y en catalán ‘La conjura de Lombres’, el cierre de las novelas de los Iremonger, que han dotado al escritor británico de fama mundial
Hace un tiempo que Edward Carey regresó a su Inglaterra natal. Durante veinte años años tuvo fija su residencia en Austin (Texas), pero consideró cambiar de vida. ¿Los motivos?: “No solo por nostalgia a mi tierra, sino porque Estados Unidos es ahora un lugar aterrador que se está yendo al infierno. Empezó con cosas tan básicas como cerrar departamentos de humanidades en las universidades y prohibiendo libros, y ahora ya se ha desatado todo. Y no, el Brexit al que me vengo tampoco está bien y es un completo desastre, pero de Trump me fío menos. No puede salir nada bueno de allí”, confiesa a La Vanguardia durante su visita a Barcelona.
Ha viajado hasta aquí para presentar La conjura de Lombres (Blackie Books), el cierre de la trilogía superventas de la familia Iremonger, a la que dedicó diez años de su vida y con la que se ha hecho popular tanto en Estados Unidos como en Europa. No es para menos pues, más allá de sus generosas dosis de suspense gótico, el escritor entreteje una extensa denuncia sobre el sistema de clases británico y la falta de conciencia ambiental en un mundo en el que cada vez hay más deshechos.
Estamos dejando a los más jóvenes un legado realmente miserable”
En este tercer volumen, Los Iremonger dejan atrás Foulsham tras quedar sepultada bajo los Cúmulos, montones de basura que se extienden hasta donde alcanza la vista, y se mudan a Londres (Lombres, como ellos la llaman) con el fin de destruirla, pues sienten que la ciudad les ha traicionado. “No es deliberado que la primera novela se ambiente en el espacio cerrado de Heap House, la residencia de los protagonistas; que saltara en el segundo libro a un pueblo y que termine en una ciudad tan grande como Londres en crisis. Es un reflejo de lo que se vive. El mundo se ahoga y estamos dejando a los más jóvenes un legado realmente miserable”, lamenta.
Por duras que suenen sus declaraciones, cabe decir que Carey es un tipo de lo más risueño, que opina que “el humor es lo único que nos queda”, por lo que también lo cuela en sus novelas y en sus respuestas. Un ingenio que los vecinos de Londres (o Lombres) también desearían hallar en los Iremonger, pero que les resulta imposible, pues prefieren evitarlos a toda costa. Algunos ni siquiera creen que existan realmente pero pronto ven que algo pasa, pues empiezan a suceder extraños sucesos: seres queridos que desaparecen, objetos insólitos que brotan de la nada y una oscuridad sigilosa que parece devorar la luz del día.

Lo de los objetos no es una casualidad. De hecho, cobran mucho protagonismo a lo largo de la saga. Y es que los Iremonger perpetúan una tradición, la de vivir ligados a un objeto de nacimiento que deben proteger con su vida y que parecen susurrar algo, pero solo Clod, el Escuchador y también el principal protagonista, es capaz de escucharlos.
¿De dónde surgen estas ideas? En libros anteriores, como Little, donde narra la vida de Madame Tussaud, la fuente de imaginación era su trabajo, pues él mismo estuvo un tiempo en el museo de cera. Pero, en este caso –reconoce– se unen varias cosas y ninguna de ellas laborales: “Confieso soy un aficionado del mudlarking y durante años he buscado objetos desechados en el Támesis. Cuando vivía en EE.UU. y venía por unos días a Londres me cubría de barro para hallar tesoros romanos, victorianos, georgianos… de todas las épocas, desde cazoletas hasta pipas de arcilla que nos hacen pensar en tantas vidas olvidadas. Un día empecé a pensar en todos esos objetos y en su poder de sugerir existencias pasadas”.
El humor es lo único que nos queda”
A esta primera idea se sumaron repetidas visitas al Hospital Foundling, que fue la primera casa dedicada al cuidado de niños abandonados del Reino Unido. ”Las madres, antes de abandonar a sus hijos, dejaban un objeto cotidiano o parte de él, como un dedal, un botón o una simple etiqueta de botella de ginebra. Si alguna vez querían tener de vuelta a sus pequeños, tenían que dar la parte del objetor estante, o uno igual. ensé en todas esas personas, pequeños engranajes del imperio, que sufren constantes aplastamientos. El inicio de la saga empezó a surgir de todas estas combinaciones de pensamientos”. Y fue todo un acierto, que recuerda además a la saga Blackwater, otro triunfo de la editorial, también de gótico sureño.
Sin embargo, pese al reclamo de los lectores, considera las historias de los Iremongers acabadas. “A veces, si un chicle se estira demasiado, se pierde la esencia, y no quisiera que ocurriera lo mismo. Nunca digas nunca, pero lo veo muy complicado”.
Cultura
