Cada 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, la sociedad vuelve a mirar con atención la igualdad de género. En la escuela, este día es una oportunidad pedagógica para reflexionar, revisar prácticas y preguntarnos qué mensajes reciben niños y niñas desde sus primeros años de vida. La coeducación no comienza en la adolescencia ni en los contenidos curriculares de Secundaria. Empieza mucho antes: en los juegos que ofrecemos, en los cuentos que leemos, en los espacios que diseñamos y en las expectativas que proyectamos sobre la infancia.
Este 8 de marzo cabe recordar que la equidad y los derechos se construyen también a través de las experiencias cotidianas. Cada detalle en la crianza es una oportunidad para que los menores crezcan libres de estereotipos y prejuicios
Cada 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, la sociedad vuelve a mirar con atención la igualdad de género. En la escuela, este día es una oportunidad pedagógica para reflexionar, revisar prácticas y preguntarnos qué mensajes reciben niños y niñas desde sus primeros años de vida. La coeducación no comienza en la adolescencia ni en los contenidos curriculares de Secundaria. Empieza mucho antes: en los juegos que ofrecemos, en los cuentos que leemos, en los espacios que diseñamos y en las expectativas que proyectamos sobre la infancia.
Como docentes y familias, tenemos la responsabilidad de acompañar el desarrollo de niños y niñas desde una mirada que promueva la igualdad, el respeto y la libertad de ser. Porque educar en igualdad no es solo hablar de derechos: es construir experiencias cotidianas donde esos derechos sean reales y se vivan.
El pedagogo italiano Francesco Tonucci afirma que jugar permite a los niños “recortar un trocito de mundo y manipularlo”. En ese pequeño mundo simbólico se construyen ideas sobre quiénes somos, qué podemos hacer y qué lugar ocupamos en la sociedad. Por eso, cuando elegimos juguetes o diseñamos espacios de juego, no estamos tomando decisiones neutras. Estamos ofreciendo modelos de mundo.
Durante la primera infancia, los niños y niñas aún no tienen plena libertad para elegir: son los adultos quienes organizan su entorno. Si ese entorno reproduce estereotipos (muñecas solo para cuidar, coches solo para competir, colores asignados por género), estaremos limitando su desarrollo y su identidad.
La coeducación en el juego implica ampliar posibilidades. Significa ofrecer:
- Juego simbólico sin etiquetas de género.
- Juegos cooperativos donde el objetivo sea compartir y no excluir.
- Juegos motores y valientes para todos los niños y niñas, sin distinción.
- Espacios de juego libre que fomenten la curiosidad y la autonomía.
Cuando esto ocurre, el juego se convierte en una herramienta poderosa para aprender convivencia, empatía y respeto.
Los juguetes no son inocentes. Hablan de la sociedad que los produce. En los últimos años, se han dado avances importantes hacia juguetes más inclusivos y diversos, aunque todavía queda camino por recorrer. Un ejemplo inspirador es la empresa española Miniland, reconocida por desarrollar muñecos que representan distintas realidades, como niños con síndrome de Down o implantes cocleares. Este tipo de propuestas recuerda algo fundamental: la infancia necesita verse reflejada en los juguetes y materiales con los que juega. Elegir un juguete igualitario implica preguntarnos:
- ¿Estimula la imaginación y la creatividad?
- ¿Evita estereotipos de género?
- ¿Puede ser utilizado por cualquier niño o niña?
- ¿Representa la diversidad humana?
Cuando un niño juega no solo se entretiene, está interpretando el mundo y construyendo su identidad. Y coeducar también significa pensar los espacios. La casa, el aula, el patio o la biblioteca escolar son lugares donde los menores aprenden a relacionarse con los demás y consigo mismos. Diseñar estos espacios con intención pedagógica permite que el juego se convierta en una experiencia inclusiva y respetuosa. Esto implica crear ambientes donde todos puedan jugar juntos; ofrecer materiales diversos y accesibles; favorecer la exploración y la toma de decisiones y priorizar calidad de experiencias frente a cantidad de juguetes. Porque muchas veces el mejor juego nace de algo simple: una caja, una tela o una historia inventada.

Si el juego es un lenguaje de la infancia, la literatura es uno de sus espejos más potentes. Como decía el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Estamos hechos de historias”. Los cuentos que elegimos influyen profundamente en cómo los niños y niñas comprenden el mundo, los roles sociales y las relaciones entre las personas. Por eso, educar en coeducación también implica revisar nuestras bibliotecas infantiles:
- Buscar equilibrio entre personajes femeninos y masculinos.
- Evitar relatos que perpetúen roles tradicionales.
- Incluir diversidad cultural y familiar.
- Presentar personajes que resuelven conflictos desde la cooperación y la empatía.
La literatura infantil no solo entretiene: ayuda a construir conciencia moral, pensamiento crítico y sensibilidad social.
El 8 de marzo nos recuerda que la igualdad no se construye solo con discursos, sino con acciones cotidianas. Cada juguete elegido, cada cuento leído y cada espacio de juego diseñado transmite un mensaje sobre el mundo que queremos. La escuela y la familia tienen la oportunidad y la responsabilidad de ofrecer a la infancia modelos más justos, plurales y libres de prejuicios. Porque, como educadores, no solo acompañamos lo que los niños y niñas serán mañana; también cuidamos quiénes son hoy.
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