Cómo nació la civilización europea

En los momentos de gran debate sociopolítico, cuando se ponen en cuestión concepciones largo tiempo asentadas, es recomendable acudir, para aclarar las ideas, a las bases culturales de fondo. Fue útil hacerlo con la Gran Bretaña del Brexit y la Catalunya del procés, y también tiene sentido hacerlo ahora respecto a los EE.UU. de Donald Trump, o a la Europa que se replantea su lugar en el mundo.

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 En su último libro el medievalista Franco Cardini reconoce a Carlomagno el mérito de conjugar la herencia clásica latina, el impulso cristiano y el auge franco-germánico  

En los momentos de gran debate sociopolítico, cuando se ponen en cuestión concepciones largo tiempo asentadas, es recomendable acudir, para aclarar las ideas, a las bases culturales de fondo. Fue útil hacerlo con la Gran Bretaña del Brexit y la Catalunya del procés, y también tiene sentido hacerlo ahora respecto a los EE.UU. de Donald Trump, o a la Europa que se replantea su lugar en el mundo.

¿Cuándo nació lo que entendemos hoy por Europa? ¿Se trata simplemente de una definición geográfica o resulta incomprensible sin atender a su base civilizatoria? El profesor Franco Car­dini, uno de los medievalistas más prestigiosos del mundo, autor de una vastísima bibliografía, lo tiene claro:

la civilización que para nosotros es “la propiamente europea, con su unidad de fondo y su irrenunciable diversidad”, nace con el reinado de Carlomagno. Así lo estipula en su reciente y oportuno libro Las rutas del conocimiento. Un recorrido intelectual por la Europa medieval (Alianza).

⁄ Carlomagno apenas sabía leer, pero hacía que sus ayudantes le leyeran textos como ‘La ciudad de Dios’ de san Agustín

Este soberano de los francos, coronado emperador del christianum imperium el día de Navidad del año 800 en Roma, consiguió enlazar las estructuras políticas del antiguo imperio romano de Occidente con el simbolismo encarnado por el papa León III, quien le invistió como intercambio de favores por haberle protegido. Y al crear su nueva capital en Aquisgrán, Carlomagno estableció su centro político en el mundo germánico. 

Sumado todo ello a un gran impulso a la arquitectura y las artes, así como al estudio de los antiguos textos latinos, tenemos el núcleo de un renacimiento cultural que se extendió por un vasto territorio y se dio la mano con la multiplicación de bibliotecas monásticas y escuelas para funcionarios y jóvenes nobles.

Carlomagno, nos recuerda Cardini, apenas sabía leer, pero hacía que sus ayudantes le leyeran textos como La ciudad de Dios de san Agustín, sobre el que gustaba mantener largas conversaciones. Decidió destinar a la cultura unos recursos que en buena medida provenían de las riquezas obtenidas en sus incursiones bélicas. Dictó instrucciones a obispos y abades para que perfeccionaran su latín y fueran capaces de proporcionar instrucción en letras a los interesados, y reunió a su alrededor en Aquisgrán una schola palatina de hombres sabios dirigida por el benedictino Alcuino de York, donde el propio Carlomagno participaba en debates y coloquios, siguiendo las siete artes liberales del trivium (gramática, dialéctica y retórica) y el cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía.

Entre las grandes figura de la schola, Cardini cita a Pablo Diácono, autor de una Gesta episcoporum Mettensium, que inaugura “el género historiográfico de la historia diocesana”, y a Teodulfo de Orleans, teólogo y poeta satírico, valga el oxímoron. Estos asesores, de muy distintos orígenes, convirtieron la corte “en un formidable núcleo irradiador de la cultura latina”. Se ocuparon de crear una magnífica biblioteca palaciega, así como de conservar y transmitir obras del mundo clásico, “buena parte de las cuales, de otro modo, muy probablemente se habrían perdido”, y de establecer normas que pulieran el uso de la lengua y hasta la puntuación.

Este renacer civilizatorio, combinando la citada herencia clásica, el impulso cristiano y el auge franco-germánico, marcó, según concluye Cardini , “el inicio de un proceso que desde entonces, a pesar de mil dificultades, ya no se detendría”.

Hay unas cuantas teorías en pugna, con distintos grados de plausibilidad, sobre aquello que constituye la esencia de Europa. La discusión es antigua y admite muchos matices. El libro de Franco Cardini marca este momento crucial del resurgimiento carolingio y, aunque más atento a las ideas que a las creaciones culturales, y no muy sensible al legado griego, tiene la virtud de llevarnos en un sintético recorrido europeo desde la hegemonía eclesiástica del siglo V al al esplendor del arte gótico, la consolidación de las universidades, la España de las tres culturas y el definitivo Renacimiento humanista, mil años después, en el contexto urbano de la Italia tan cara al autor.

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