Hasta el siglo XVIII los dibujantes y escribanos usaban migas de pan duro para intentar borrar los trazos de grafito. Era un método torpe, grasiento y poco eficaz, pero era lo único que había. En 1770 el ingeniero británico Edward Nairne, en su taller londinense, buscaba distraídamente una migaja para limpiar una mancha de lápiz y agarró por error un trozo de caucho natural, conocido entonces como «goma elástica» o, simplemente, «caucho» . Al frotarlo sobre el papel, vio algo asombroso: el grafito se desvanecía limpiamente, sin dejar residuos grasos.Nairne, más curioso que teórico, no escribió un tratado científico, sino que empezó a vender pequeños trozos de caucho como «goma para borrar». El filósofo y científico Joseph Priestley lo describió en una nota de 1770 como una «sustancia vegetal» capaz de borrar las marcas del lápiz. Con esa frase, casi de pasada, dio al mundo su primera descripción escrita del borrador moderno. Así, un descuido en una mesa de trabajo se convirtió en el origen de un objeto que hoy nadie cuestiona: el borrador de caucho.Un borrador con problemasEl caucho natural, sin embargo, era un material caprichoso. Se desmenuzaba al usarlo, se endurecía o se volvía pegajoso según la temperatura, y olía mal. Además, se oxidaba con el tiempo y se volvía inútil. Aun así, durante décadas, los artistas, arquitectos y estudiantes lo aceptaron como el mal menor: por fin podían corregir sin rasgar el papel.Noticia Relacionada estandar Si De manchas y genialidades: la insólita historia del bolígrafo Pedro Gargantilla László Bíró, un periodista húngaro con ojo crítico y espíritu inventivo, estaba harto de las embarazosas manchas de tinta. Así comienza el origen de uno de los utensilios más utilizados en la actualidadMientras tanto, el lápiz de grafito ya era un objeto consolidado, desde el hallazgo de grandes vetas en Borrowdale (Inglaterra) en el siglo XVI. La combinación entre lápiz y borrador era evidente, pero nadie había pensado en integrarlos físicamente. Los dos objetos vivían separados sobre la mesa, y el error se corregía con un pequeño baile de manos entre punta y goma.La verdadera revolución llegó casi un siglo después, en 1858, en Filadelfia. Un emigrante jamaicano de origen sefardí -Hymen Lipman- se registró como inventor de un «lápiz con borrador». Lipman no había descubierto el borrador, ni el lápiz, pero sí una idea elegante: pegar un pequeño trozo de caucho preparado en un extremo del lápiz, de modo que la corrección siempre estuviera al alcance de la mano.Su patente estadounidense -número 19.783- describía un lápiz corriente al que se le reservaba una cuarta parte de la longitud, se tallaba una ranura y se insertaba un trozo de caucho «India» u otra sustancia borradora, fijada con cola. Lipman lo vendía como un objeto práctico: el borrador no se perdía, no se ensuciaba y acompañaba al lápiz en cada trazo. Para la época era una innovación casi trivial, pero enormemente eficaz: el error ya no requería levantar la mano para buscar un objeto extraño.Unos cardan la lana y otros…Con el tiempo, sin embargo, el nombre de Lipman ha quedado en segundo plano. En muchos relatos divulgativos se menciona, a veces de pasada, a otros protagonistas: Charles Goodyear, por ejemplo, el inventor de la vulcanización del caucho, o incluso figuras más oscuras ligadas a la fabricación de gomas industriales. Goodyear no inventó el borrador, pero sí transformó el caucho en un material estable, duradero y menos sensible al calor, lo que permitió que los borradores modernos fueran realmente útiles.Por otro lado, en algunos países se atribuye la idea del lápiz con borrador a inventores posteriores o a empresas de material de oficina que popularizaron el sistema con anillas metálicas en la parte superior del lápiz. La razón es sencilla: la patente de Lipman fue impugnada y, en 1875, un tribunal estadounidense decidió que no se trataba de una invención verdaderamente nueva, sino de una combinación obvia de dos objetos ya existentes. Aunque Lipman había sido el primero en patentarla el tribunal consideró que no había creado algo radicalmente distinto, sino una fusión evidente.El legado silencioso del borradorPese a los litigios y a los olvidos la idea de Lipman triunfó. El lápiz con borrador se convirtió en el estándar escolar y de oficina, y el caucho fue sustituido gradualmente por gomas sintéticas y plásticos más limpios y duraderos. Hoy, en cada clase, en cada despacho, el gesto de dar la vuelta al lápiz y borrar una línea equivocada se repite millones de veces al día, sin que casi nadie piense en la cadena de errores y casualidades que lo hicieron posible.MÁS INFORMACIÓN noticia No Golpear el mundo: la historia del primer martillo noticia Si Del palo cavador al arado: un error afortunado hace más de 5.000 añosEl borrador es, en el fondo, un monumento al derecho a equivocarse. Nació de una equivocación (coger caucho en lugar de pan), se consolidó gracias a otra (la fusión de lápiz y goma) y se mantuvo porque la sociedad entendió que corregir no es un lujo, sino una necesidad. Hasta el siglo XVIII los dibujantes y escribanos usaban migas de pan duro para intentar borrar los trazos de grafito. Era un método torpe, grasiento y poco eficaz, pero era lo único que había. En 1770 el ingeniero británico Edward Nairne, en su taller londinense, buscaba distraídamente una migaja para limpiar una mancha de lápiz y agarró por error un trozo de caucho natural, conocido entonces como «goma elástica» o, simplemente, «caucho» . Al frotarlo sobre el papel, vio algo asombroso: el grafito se desvanecía limpiamente, sin dejar residuos grasos.Nairne, más curioso que teórico, no escribió un tratado científico, sino que empezó a vender pequeños trozos de caucho como «goma para borrar». El filósofo y científico Joseph Priestley lo describió en una nota de 1770 como una «sustancia vegetal» capaz de borrar las marcas del lápiz. Con esa frase, casi de pasada, dio al mundo su primera descripción escrita del borrador moderno. Así, un descuido en una mesa de trabajo se convirtió en el origen de un objeto que hoy nadie cuestiona: el borrador de caucho.Un borrador con problemasEl caucho natural, sin embargo, era un material caprichoso. Se desmenuzaba al usarlo, se endurecía o se volvía pegajoso según la temperatura, y olía mal. Además, se oxidaba con el tiempo y se volvía inútil. Aun así, durante décadas, los artistas, arquitectos y estudiantes lo aceptaron como el mal menor: por fin podían corregir sin rasgar el papel.Noticia Relacionada estandar Si De manchas y genialidades: la insólita historia del bolígrafo Pedro Gargantilla László Bíró, un periodista húngaro con ojo crítico y espíritu inventivo, estaba harto de las embarazosas manchas de tinta. Así comienza el origen de uno de los utensilios más utilizados en la actualidadMientras tanto, el lápiz de grafito ya era un objeto consolidado, desde el hallazgo de grandes vetas en Borrowdale (Inglaterra) en el siglo XVI. La combinación entre lápiz y borrador era evidente, pero nadie había pensado en integrarlos físicamente. Los dos objetos vivían separados sobre la mesa, y el error se corregía con un pequeño baile de manos entre punta y goma.La verdadera revolución llegó casi un siglo después, en 1858, en Filadelfia. Un emigrante jamaicano de origen sefardí -Hymen Lipman- se registró como inventor de un «lápiz con borrador». Lipman no había descubierto el borrador, ni el lápiz, pero sí una idea elegante: pegar un pequeño trozo de caucho preparado en un extremo del lápiz, de modo que la corrección siempre estuviera al alcance de la mano.Su patente estadounidense -número 19.783- describía un lápiz corriente al que se le reservaba una cuarta parte de la longitud, se tallaba una ranura y se insertaba un trozo de caucho «India» u otra sustancia borradora, fijada con cola. Lipman lo vendía como un objeto práctico: el borrador no se perdía, no se ensuciaba y acompañaba al lápiz en cada trazo. Para la época era una innovación casi trivial, pero enormemente eficaz: el error ya no requería levantar la mano para buscar un objeto extraño.Unos cardan la lana y otros…Con el tiempo, sin embargo, el nombre de Lipman ha quedado en segundo plano. En muchos relatos divulgativos se menciona, a veces de pasada, a otros protagonistas: Charles Goodyear, por ejemplo, el inventor de la vulcanización del caucho, o incluso figuras más oscuras ligadas a la fabricación de gomas industriales. Goodyear no inventó el borrador, pero sí transformó el caucho en un material estable, duradero y menos sensible al calor, lo que permitió que los borradores modernos fueran realmente útiles.Por otro lado, en algunos países se atribuye la idea del lápiz con borrador a inventores posteriores o a empresas de material de oficina que popularizaron el sistema con anillas metálicas en la parte superior del lápiz. La razón es sencilla: la patente de Lipman fue impugnada y, en 1875, un tribunal estadounidense decidió que no se trataba de una invención verdaderamente nueva, sino de una combinación obvia de dos objetos ya existentes. Aunque Lipman había sido el primero en patentarla el tribunal consideró que no había creado algo radicalmente distinto, sino una fusión evidente.El legado silencioso del borradorPese a los litigios y a los olvidos la idea de Lipman triunfó. El lápiz con borrador se convirtió en el estándar escolar y de oficina, y el caucho fue sustituido gradualmente por gomas sintéticas y plásticos más limpios y duraderos. Hoy, en cada clase, en cada despacho, el gesto de dar la vuelta al lápiz y borrar una línea equivocada se repite millones de veces al día, sin que casi nadie piense en la cadena de errores y casualidades que lo hicieron posible.MÁS INFORMACIÓN noticia No Golpear el mundo: la historia del primer martillo noticia Si Del palo cavador al arado: un error afortunado hace más de 5.000 añosEl borrador es, en el fondo, un monumento al derecho a equivocarse. Nació de una equivocación (coger caucho en lugar de pan), se consolidó gracias a otra (la fusión de lápiz y goma) y se mantuvo porque la sociedad entendió que corregir no es un lujo, sino una necesidad.
Hasta el siglo XVIII los dibujantes y escribanos usaban migas de pan duro para intentar borrar los trazos de grafito. Era un método torpe, grasiento y poco eficaz, pero era lo único que había. En 1770 el ingeniero británico Edward Nairne, en su taller londinense, … buscaba distraídamente una migaja para limpiar una mancha de lápiz y agarró por error un trozo de caucho natural, conocido entonces como «goma elástica» o, simplemente, «caucho». Al frotarlo sobre el papel, vio algo asombroso: el grafito se desvanecía limpiamente, sin dejar residuos grasos.
Nairne, más curioso que teórico, no escribió un tratado científico, sino que empezó a vender pequeños trozos de caucho como «goma para borrar». El filósofo y científico Joseph Priestley lo describió en una nota de 1770 como una «sustancia vegetal» capaz de borrar las marcas del lápiz. Con esa frase, casi de pasada, dio al mundo su primera descripción escrita del borrador moderno. Así, un descuido en una mesa de trabajo se convirtió en el origen de un objeto que hoy nadie cuestiona: el borrador de caucho.
Un borrador con problemas
El caucho natural, sin embargo, era un material caprichoso. Se desmenuzaba al usarlo, se endurecía o se volvía pegajoso según la temperatura, y olía mal. Además, se oxidaba con el tiempo y se volvía inútil. Aun así, durante décadas, los artistas, arquitectos y estudiantes lo aceptaron como el mal menor: por fin podían corregir sin rasgar el papel.
Mientras tanto, el lápiz de grafito ya era un objeto consolidado, desde el hallazgo de grandes vetas en Borrowdale (Inglaterra) en el siglo XVI. La combinación entre lápiz y borrador era evidente, pero nadie había pensado en integrarlos físicamente. Los dos objetos vivían separados sobre la mesa, y el error se corregía con un pequeño baile de manos entre punta y goma.
La verdadera revolución llegó casi un siglo después, en 1858, en Filadelfia. Un emigrante jamaicano de origen sefardí -Hymen Lipman- se registró como inventor de un «lápiz con borrador». Lipman no había descubierto el borrador, ni el lápiz, pero sí una idea elegante: pegar un pequeño trozo de caucho preparado en un extremo del lápiz, de modo que la corrección siempre estuviera al alcance de la mano.
Su patente estadounidense -número 19.783- describía un lápiz corriente al que se le reservaba una cuarta parte de la longitud, se tallaba una ranura y se insertaba un trozo de caucho «India» u otra sustancia borradora, fijada con cola. Lipman lo vendía como un objeto práctico: el borrador no se perdía, no se ensuciaba y acompañaba al lápiz en cada trazo. Para la época era una innovación casi trivial, pero enormemente eficaz: el error ya no requería levantar la mano para buscar un objeto extraño.
Unos cardan la lana y otros…
Con el tiempo, sin embargo, el nombre de Lipman ha quedado en segundo plano. En muchos relatos divulgativos se menciona, a veces de pasada, a otros protagonistas: Charles Goodyear, por ejemplo, el inventor de la vulcanización del caucho, o incluso figuras más oscuras ligadas a la fabricación de gomas industriales. Goodyear no inventó el borrador, pero sí transformó el caucho en un material estable, duradero y menos sensible al calor, lo que permitió que los borradores modernos fueran realmente útiles.
Por otro lado, en algunos países se atribuye la idea del lápiz con borrador a inventores posteriores o a empresas de material de oficina que popularizaron el sistema con anillas metálicas en la parte superior del lápiz. La razón es sencilla: la patente de Lipman fue impugnada y, en 1875, un tribunal estadounidense decidió que no se trataba de una invención verdaderamente nueva, sino de una combinación obvia de dos objetos ya existentes. Aunque Lipman había sido el primero en patentarla el tribunal consideró que no había creado algo radicalmente distinto, sino una fusión evidente.
El legado silencioso del borrador
Pese a los litigios y a los olvidos la idea de Lipman triunfó. El lápiz con borrador se convirtió en el estándar escolar y de oficina, y el caucho fue sustituido gradualmente por gomas sintéticas y plásticos más limpios y duraderos. Hoy, en cada clase, en cada despacho, el gesto de dar la vuelta al lápiz y borrar una línea equivocada se repite millones de veces al día, sin que casi nadie piense en la cadena de errores y casualidades que lo hicieron posible.
El borrador es, en el fondo, un monumento al derecho a equivocarse. Nació de una equivocación (coger caucho en lugar de pan), se consolidó gracias a otra (la fusión de lápiz y goma) y se mantuvo porque la sociedad entendió que corregir no es un lujo, sino una necesidad.
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