Nueva Delhi busca una alternativa diplomática tras el bloqueo del canal marítimo y defiende que la forma más eficaz de reanudar el tránsito es a través de las conversaciones con Irán Leer Nueva Delhi busca una alternativa diplomática tras el bloqueo del canal marítimo y defiende que la forma más eficaz de reanudar el tránsito es a través de las conversaciones con Irán Leer
En medio de la guerra en Oriente Próximo, India se ha descubierto una vez más caminando por la delgada línea que separa a sus distintos socios estratégicos. Con vínculos históricos con Irán y una estrecha relación con Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo, Nueva Delhi intenta ejercer el papel que mejor ha sabido desempeñar en su política exterior contemporánea: el de un malabarista de las relaciones internacionales que, con mucha diplomacia, trata de desatascar la enorme crisis energética desatada con el bloqueo del estrecho de Ormuz.
Mientras que Donald Trump presiona a sus aliados -y también rivales, como el caso de China- para que envíen sus buques de guerra para reabrir la arteria por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial, el Gobierno de Narendra Modi muestra que hay otra fórmula más silenciosa y pacífica: hablar directamente con Teherán.
El pasado sábado, dos buques cisterna con bandera india cargados de gas licuado de petróleo (GLP) lograron atravesar el estrecho de Ormuz con destino a puertos del oeste del país del sur de Asia. La autorización fue una excepción en medio del bloqueo impuesto por el régimen de los ayatolás tras los ataques estadounidenses e israelíes contra territorio iraní.
A diferencia de la gran mayoría de aliados de EEUU, Nueva Delhi mantiene un canal político abierto con la República Islámica desde hace décadas. La relación se sustenta tanto en intereses energéticos como en proyectos estratégicos de conectividad regional, como el puerto iraní de Chabahar, concebido como una puerta hacia Asia Central.
El ministro de Asuntos Exteriores de India, Subrahmanyam Jaishankar, defendía este enfoque diplomático en una entrevista con el Financial Times, en la que calificó las conversaciones con Irán como «la forma más eficaz» de reanudar el tránsito marítimo. «El diálogo ha arrojado algunos resultados», afirmó. «Para nosotros, es preferible recurrir a la razón, coordinar esfuerzos y encontrar una solución», señalaba en unas declaraciones posteriores al mensaje en el que Trump pedía a varios países, entre ellos China, Reino Unido o Japón, que contribuyeran con sus buques de guerra en una campaña militar para desbloquear el estrecho de Ormuz.
De momento, la presión de la Casa Blanca no ha conseguido arrancar ningún compromiso. Australia y Japón, dos de los principales aliados de EEUU en el Pacífico, marcaron el lunes distancias descartando el envío de buques. «Seguimos analizando qué puede hacer Japón de forma independiente y qué es posible dentro del marco legal», aseguró la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, quien se reunirá el jueves con Trump en Washington. La líder nipona está atada de manos por las restricciones de la Constitución pacifista de Tokio, que limita la participación de las Fuerzas de Autodefensa en operaciones militares en el extranjero.
El domingo, Trump presionó de nuevo directamente a China para que ayude a Washington en Ormuz, amenazando incluso con posponer su visita al gigante asiático para finales de mes, cuando está previsto que se reúna con el líder chino Xi Jinping. Desde Pekín, cautos en la respuesta, aseguraron que seguían dialogando con EEUU sobre el viaje del presidente estadounidense, que este lunes anunció que finalmente se retrasará «un mes más o menos».
«China reitera su llamamiento a todas las partes para que detengan de inmediato las operaciones militares, eviten una mayor escalada de la tensión e impidan que la inestabilidad regional tenga un mayor impacto en el crecimiento económico mundial», manifestó un portavoz chino ante una pregunta sobre si Pekín había recibido una invitación formal de Washington para enviar buques de guerra para ayudar a abrir el estrecho de Ormuz.
En India ni siquiera se ha abierto un debate sobre esta cuestión porque sumarse a una operación naval contra Irán supondría arriesgar una relación diplomática cuidadosamente cultivada durante décadas. Para Delhi, su entramado de alianzas convierte la guerra en Oriente Próximo en un gran ejercicio de equilibrio geopolítico.
Modi habló por teléfono el pasado viernes con el presidente iraní Masoud Pezeshkian para abordar la seguridad del tránsito de mercancías y energía en el Golfo. India es el tercer mayor consumidor de petróleo del mundo y depende de las importaciones que transitan por Ormuz, cuyo bloqueo amenaza con provocar escasez de combustibles básicos en un país de más de 1.400 millones de habitantes. El Gobierno indio ha activado poderes de emergencia y ordenado a las refinerías maximizar la producción de GLP para evitar desabastecimientos. También redujo las ventas industriales para garantizar el suministro a los 333 millones de hogares que utilizan este combustible para cocinar.
La mediación silenciosa de India no es nueva en su política exterior. Desde la Guerra Fría hasta el actual escenario, el país ha cultivado una reputación de actor pragmático capaz de dialogar con bloques enfrentados sin alinearse con ninguno. Ese legado explica por qué, en medio del ruido de la actual guerra, Delhi insiste en una estrategia de diálogo que se aleja de las demostraciones de fuerza naval. Para un país acostumbrado a navegar con éxito entre potencias rivales, la diplomacia sigue siendo la herramienta más segura para atravesar aguas turbulentas.
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