Si algo le obsesiona más que la música es el orden. Por eso, en la mochila, Carlota Flâneur lleva su propia autobiografía en seis bolsitas de tela. En una hay kleenex, tapones para los oídos (“nunca sabes cuándo te pueden ir bien”), tiritas, tijeras y una lima de uñas, un peine, “fotoprotector, importante”, gotas para los ojos, ibuprofeno y paracetamol, cacao para los labios y crema de manos. En otra, bolígrafos y un subrayador. En otra, los auriculares.
La artista halla en la creación una forma de expresarse, y en la promoción, una reflexión cultural
Si algo le obsesiona más que la música es el orden. Por eso, en la mochila, Carlota Flâneur lleva su propia autobiografía en seis bolsitas de tela. En una hay kleenex, tapones para los oídos (“nunca sabes cuándo te pueden ir bien”), tiritas, tijeras y una lima de uñas, un peine, “fotoprotector, importante”, gotas para los ojos, ibuprofeno y paracetamol, cacao para los labios y crema de manos. En otra, bolígrafos y un subrayador. En otra, los auriculares.
En la cartera, cuatro tarjeteros, con el DNI, Bicing y la T-Mobilitat. Y fotos carnet (algunas de 2016), suyas y de su familia. En un llavero con una mariposa de Lego, las llaves de su casa y las de los abuelos; le gusta pasar tiempo con ellos.
Hija de informáticos, su hermano es biólogo, y ella estudió biología humana.
Dice que de pequeña se adaptaba bien al sistema educativo y eso hacía que explorara poco su creatividad. “Si te matriculas en ciencias, siempre podrás pasarte a letras, decían; es absurdo tener que elegir cuando todo está relacionado”.
En la adolescencia le gustaban Red Hot Chili Peppers, Green Day, y soñaba con tener un grupo de rock; de hecho, lo tuvo entre los 15 y los 20 años. Escuchaba artistas catalanes que cantaban en inglés, como Núria Graham o The Zephyr Bones, y quizá por eso lo haga ella: “Escribir letras en una lengua que no es la tuya ayuda a poner distancia”.
En la universidad tuvo amigos del alma. Había perdido la motivación de la banda y quería ser solista. Tenía bagaje –“Boca Nord es imprescindible para empezar a relacionarte con gente que hace música”– y en 2018 se presentó a un concurso del Espai Jove Garcilaso.

Entonces recibió el mail de un miembro del jurado que le proponía grabar algo. Ella estaba en clase y se puso a llorar. Pensaba: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”.
Con veintitrés años, publicó el primer EP, Brains , y en el 2022 llegaría el LP Uncertainty , en Hidden Track Records, con Ferran Palau como productor: “Empezar a trabajar con él, habiéndolo escuchado e idealizado tanto y de ir siempre al Vida para verlo, fue un shock”.
El año pasado sacó el disco What my body wants y ahora prepara otro con algunas canciones en catalán; dice que, pese a ser autobiográficas como siempre, sonarán más confesionales.
Con veintitrés años, publicó el primer EP, Brains , y en el 2022 llegaría el LP Uncertainty, con Ferran Palau como productor
Para ella la música es un lenguaje completo que le permite entender cosas que, solo con la palabra, le resultan incomprensibles. Pero, a medida que adquiere profesionalidad, tiene que dedicar más tiempo a la gestión.
Es ordenada y organizada, y cuenta con un sello discográfico y una agencia de management. Pero le cuesta encontrar ratos para sentarse, escribir y ver qué sale sin ninguna pretensión.
Por eso busca espacios que no entiendan su proyecto como empresa, e intenta relacionarse con la música desde un lugar más naïf; le van bien las clases de canto con Leila Montes y de guitarra con Amaia Miranda.
Cree que el presente musical es tan rico como precario: “Si no hubiera ayudas, la industria no sobreviviría”. Parte del problema, explica, es que no hay costumbre de pagar por la música, y mucha gente se limita a invertir en la cuota de Spotify y en un concierto de setenta euros en el Sant Jordi, en vez de descubrir grupos en las salas.
“Alguien que tenga que pagar un alquiler en Barcelona o mantener a una familia lo tiene difícil”
Se venden pocos discos, y los artistas capaces de sostener proyectos en el tiempo son los que tienen ciertos privilegios: “Alguien que tenga que pagar un alquiler en Barcelona o mantener a una familia lo tiene difícil”.
Ella vive con sus padres y eso le permite dedicar lo que gana a la música. Trabaja en el mundo cultural. Se levanta a las siete, va al gimnasio y después a la Fabra i Coats.
Cuando acaba de trabajar, se queda tocando porque allí tiene un buc de ensayo.
Aparte, lleva L’esmorzar con el periodista Marc Ferrer, un podcast donde hablan de discos con sus autores. Empezaron hace más de cuarenta programas en la tienda Ultralocal de Poblenou, pasaron a Ràdio Primavera Sound y ahora están en Betevé.
A Carlota Flâneur le gustaría dejar de ser una artista emergente, pero no quiere ser famosa hasta el punto de no poder salir a la calle. Su referente es Alice Phoebe Lou: “Así me gustaría verme en diez años, poder hacer giras por el mundo y que fuera rentable”.
El presente
¿Dónde vive?Con sus padres, en el barrio del Clot. También pasa mucho tiempo en casa de sus abuelos.
¿Qué hace de vacaciones?Lo que más y gusta es quedarse en casa para poner orden, ver pelis y leer. No le gusta el turismo de plantarse en un sitio y mirar en Google qué hacer. En 2018 vivió en Alemania y visita a sus amigos por Europa.
¿Medio de transporte?Público, no tiene carné de conducir. “Siempre digo que me lo sacaré por si hay una emergencia, pero siempre pasa por delante”.
Una recomendación.El disco The Art of Loving, de Olivia Dean
Un clásico.La película Before Sunrise, de Richard Linklater (1995)
Un moderno.La serie Somebody Somewhere (2022-24)
Redes sociales.Instagram desde 2015, y hace un esfuerzo por estar en TikTok. Se pregunta si tendría redes, si no fuera por el proyecto musical. Le pasan cosas bonitas, pero “el autobombo es agotador”. Aunque es una herramienta de promoción, también publica cosas personales porque las canciones que escribe tratan de su vida. “Dependo de una empresa ultra chunga como Instagram. Y es irónico, porque estamos enganchados todo el día, pero luego nadie tiene tiempo para escuchar un disco de 35 minutos”.
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