En la playa de la Malva-rosa de València, cuando aún se admiraba parte del Sol, había quien silbaba, como quien pide a alguien más velocidad. El Sol se iba escondiendo y muchos corrían a admirarlo mejor, moviéndose por el paseo marítimo, porque los no muy altos edificios de esa primera línea de la València turística amagaban con fastidiar el hechizo. Con la corona solar, aplausos y vítores en el paseo, donde cientos de personas lo vivieron en primera persona. Con sillas de playa, tirados sobre toallas en la arena, tapándose con un parasol hasta la hora señalada, alternando las gafas homologadas para mirar al cielo y las de sol para ver en el rostro de los demás la emoción de un momento único.
En la playa de la Malva-rosa de València, cuando aún se admiraba parte del Sol, había quien silbaba, como quien pide a alguien más velocidad. El Sol se iba escondiendo y muchos corrían a admirarlo mejor, moviéndose por el paseo marítimo, porque los no muy altos edificios de esa primera línea de la València turística amagaban con fastidiar el hechizo. Con la corona solar, aplausos y vítores en el paseo, donde cientos de personas lo vivieron en primera persona. Con sillas de playa, tirados sobre toallas en la arena, tapándose con un parasol hasta la hora señalada, alternando las gafas homologadas para mirar al cielo y las de sol para ver en el rostro de los demás la emoción de un momento único.Seguir leyendo…
En la playa de la Malva-rosa de València, cuando aún se admiraba parte del Sol, había quien silbaba, como quien pide a alguien más velocidad. El Sol se iba escondiendo y muchos corrían a admirarlo mejor, moviéndose por el paseo marítimo, porque los no muy altos edificios de esa primera línea de la València turística amagaban con fastidiar el hechizo. Con la corona solar, aplausos y vítores en el paseo, donde cientos de personas lo vivieron en primera persona. Con sillas de playa, tirados sobre toallas en la arena, tapándose con un parasol hasta la hora señalada, alternando las gafas homologadas para mirar al cielo y las de sol para ver en el rostro de los demás la emoción de un momento único.
Como Jackson, turista venezolano que asistía con el de ayer al segundo eclipse de su vida. El otro recuerda que lo vio en Caracas, “en una favela”. Ayer se fotografiaba con su mujer antes del arranque y reconocía estar sorprendido de disfrutarlo “con una concentración tan alta de personas, con tanta diversidad de lenguas y nacionalidades”.
En Peñíscola, un incendio calcinó 34 coches junto a la zona de visualización
Sus palabras las escuchaba Albert, natural de Barcelona pero residente en Bucarest, que leía en su ebook a la espera del fenómeno. El martes voló de Rumanía a València, “porque aquí se vería bien y con esta ciudad había vuelo directo”. Tenía “bajas expectativas” con el eclipse y se mostraba sorprendido, también, por la gran cantidad de personas presentes. El de la Malva-rosa era uno de los puntos de visualización oficial de la Comunitat Valenciana y la previsión del dispositivo era que hubiese unas 10.000 personas. No hubo incidentes, tampoco una excesiva afluencia de coches, por lo que la Policía solo cortó ciertas vías de acceso para regular la salida, una vez la playa ya se desalojaba. Sí que cerró el acceso al parque natural del Saler, donde decenas de personas lo disfrutaron sentadas en el embarcadero de la Albufera, en una de esas imágenes que son casi una postal. Para llegar hubo algunas retenciones, como en la V-21 hacia Puçol, otro punto oficial, y en la A-23, con accidente en Segorbe. El incidente más grave registrado en la jornada fue el incendio originado en un vehículo en Peñíscola, que acabó calcinando otros 33 y provocando heridas leves a varios de sus propietarios. Ocurrió a unos 200 metros del punto de visualización de esa localidad, por lo que Emergencias tuvo que desmontar y trasladar el hospital de campaña.
Cultura
