Ana Labordeta nació en Zaragoza en una casa donde las palabras tenían peso. Su padre, el cantautor y político José Antonio Labordeta, hablaba de país, de cultura y de memoria con una naturalidad que convertía cualquier sobremesa en una pequeña clase de vida. El teatro apareció en su vida casi como una revelación y desde entonces no se ha marchado nunca.
La intérprete de Irene, en ‘Sueños de libertad’, admite que coge muy poco el coche en Madrid porque “es una ciudad complicada, con atascos constantes y, si llueve, todavía es peor”
Ana Labordeta nació en Zaragoza en una casa donde las palabras tenían peso. Su padre, el cantautor y político José Antonio Labordeta, hablaba de país, de cultura y de memoria con una naturalidad que convertía cualquier sobremesa en una pequeña clase de vida. El teatro apareció en su vida casi como una revelación y desde entonces no se ha marchado nunca.
También ha trabajado en cine y televisión, donde ha participado en producciones como Las cartas perdidas, Uno para todos o Planes para mañana, una película por la que recibió el Premio Francisco Rabal. En la pequeña pantalla ha formado parte de series muy populares como Madres. Amor y vida o Amar en tiempos revueltos, en la que interpretó a Rosario durante más de 370 episodios. Hasta hace poco dio vida a Irene, uno de los personajes más queridos de la aclamada serie Sueños de libertad, que la colocó en el centro del panorama televisivo.
Labordeta ha recibido el reconocimiento de la profesión, con galardones como el Premio de la Unión de Actores y el Premio Miguel Mihura de la SGAE
A lo largo de su carrera también ha recibido el reconocimiento de la profesión, con galardones como el Premio de la Unión de Actores y el Premio Miguel Mihura de la SGAE. Detrás de todo eso hay algo que pocas veces se cuenta cuando se habla de la vida de una actriz: los kilómetros. Carreteras de madrugada después de una función, trenes con guiones subrayados y aeropuertos donde repasa mentalmente su escena antes de aterrizar en otra ciudad. Nuestro viaje de hoy empieza ahí.
Ana, si tu vida fuera un vehículo, ¿cuál sería?
Me encanta el tren, por lo que sería uno que fuera despacito, en el que se pudiera disfrutar del paisaje sin prisa, saboreando el camino. Vamos, un “canfranero”, el del Pirineo aragonés que llega hasta la estación de Canfranc.
¿Recuerdas el primer coche en el que te llevó tu padre?
Cuando vivíamos en Teruel, mi padre tenía un Citroën 2 CV. Lo cogíamos mucho los fines de semana para salir y recorrer todo ese territorio que no conocíamos ninguno, ni siquiera mis padres. Además, se da la casualidad de que mi primer coche también fue un 2 CV de color gris.

¿Quién te enseñó a conducir?
Me intentó enseñar mi padre. Cuando cumplí 18 años, tenía clarísimo que quería sacarme el carnet y me matriculé en una autoescuela de Zaragoza. Para avanzar más rápido, le pedía a mi padre que me acompañase a practicar los fines de semana que no se iba a cantar. Estábamos un rato y enseguida decía: “Venga, para casa, que lo haces muy bien”. Al final, donde realmente aprendí fue en la autoescuela.
¿Qué recuerdas de los viajes de infancia?
Los viajes de infancia en coche son de los recuerdos más importantes que tengo porque significaban irnos de vacaciones, ya fuera a la playa o al Pirineo. Iba mi padre conduciendo y mi madre de copiloto con un orinal porque se mareaba. Detrás iba con mis hermanas, mi abuela y cuando tuvimos un canario, también venía con nosotros. Eran trayectos larguísimos; los coches no corrían tanto, no había aire acondicionado y en verano íbamos con las ventanillas bajadas. Atravesábamos pueblos en plena fiesta y a veces tocaba esperar para cruzarlos porque las carreteras pasaban por el centro y no existían circunvalaciones. Aun así, eran viajes en los que cantábamos, hablábamos y nos reíamos.
Tengo buen recuerdo de los viajes de mi infancia: mi padre iba conduciendo y mi madre de copiloto con un orinal porque se mareaba
Cuando vas con otras personas en el coche, ¿cuál es tu rol favorito?
Si la persona que conduce lo hace bien y me fío, prefiero ir de copiloto. Disfruto del paisaje, voy hablando y el viaje se hace mucho más agradable. Si no me fío, entonces prefiero conducir yo.
Conducir muchas horas obliga a tener paciencia. ¿La tienes o te desesperan los atascos?
Soy humana y los atascos me desesperan, sobre todo cuando piensas que te queda media hora y de repente se convierte en dos. En Madrid intento coger muy poco el coche porque vivo en el centro y me muevo mucho mejor en transporte público, ya sea autobús o metro. Solo lo utilizo cuando no me queda más remedio porque no me gusta nada conducir por allí; es una ciudad complicada, como Barcelona o cualquier gran ciudad, con atascos constantes y, si llueve, todavía peor.

Cuando utilizamos el tren o el bus, somos testigos de grandes historias. Ahora te voy a dar un sentimiento y tú me cuentas la última vez que lo viste o lo experimentaste en el transporte público.
Tristeza:
Eso me pasa mucho en el metro, que es lo que más cojo, porque entras en un vagón y todo el mundo está aislado con el móvil. No ves a casi nadie leyendo un libro ni se cruzan esas miradas que antes terminaban en una sonrisa. Ese individualismo, ese aislamiento constante, con cada uno metido en su pantalla, me llama mucho la atención. Algunos van escuchando vídeos o audios en alto, lo que me genera cabreo porque me parece una falta de respeto tener que escuchar lo que pone la persona de al lado. Ponte cascos o quita el volumen. Cuando veo a alguien con un libro, sonrío porque ya es raro, y lo mismo cuando veo a dos personas hablando entre ellas.
Risa:
Me he reído muchísimo con Fernando Tejero en el tren; es muy gracioso y tiene algo de niño pequeño que lo hace todavía más divertido. Le encantan los aparatitos y lleva uno que imita el sonido de los pedos. El año pasado hicimos una gira muy larga juntos. Justo cuando alguien pasaba a su lado, apretaba la maquinita y sonaba un “pedo”. Me acuerdo y me sigo riendo muchísimo porque, además, él se ríe sin parar, como un niño pequeño, y tiene una gracia muy contagiosa.
Envidia:
Me produce envidia ver a una pareja bonita que se quiere y está ahí, con mucho amor; en este momento de mi vida es algo que noto especialmente.
Pues vamos justo con ese, Amor:
Me provoca amor la gente que en el metro se busca la vida cantando. Me genera mucha empatía, además hay personas que lo hacen maravillosamente bien.
Me da tristeza entrar en el metro y que la gente esté aislada con el móvil; casi nadie lee libros ni se cruzan miradas
En Sueños de libertad has pasado mucho tiempo dando vida a Irene, eso supone muchas horas de rodaje y un montón de viajes en taxi o coche de producción, ¿qué relación tienes con los chóferes o taxistas?
Tengo mucho cariño a los chóferes de las producciones porque no dejan de ser la primera persona que ves a las seis menos cuarto de la mañana, cuando lo único que querrías es seguir en la cama durmiendo. Suelen ser casi todos hombres y tienen un respeto maravilloso, saben perfectamente cuándo te apetece hablar y cuándo no, así que ese primer encuentro del día lo hacen muy fácil. En mi caso, recuerdo uno concretamente de Sueños de libertad. Yo vivía en un piso con bastante movimiento y les pedía que me llamaran en lugar de esperar abajo, pero este en concreto dejaba el coche aparcado como podía y me esperaba siempre en la puerta, cada día, a esas horas.
Además, como a veces pasas mucho tiempo con ellos por los atascos, acabas creando un vínculo distinto al que tienes con el resto del equipo, y cuando vas acompañada, se generan conversaciones muy interesantes. Vamos, que al final son quienes más saben de todo, de los entresijos, de lo que pasa y de lo que ocurre en una producción.

¿Con cuál de los personajes que has interpretado a lo largo de los años te irías encantada de viaje?
Me iría con la madre que interpreté en Los años nuevos de Sorogoyen, porque era una mujer muy vital, muy divertida, de las que te hacen el viaje mucho mejor. También me iría con Irene, en la última etapa del personaje, cuando ya muere su hermano y vuelve a reencontrarse con la mujer que fue.
Viajar, a priori, siempre parece muy gratificante, pero ¿qué es lo que llevas peor, tanto en lo personal como en lo profesional?
Lo que llevo peor es que tengo un TOC que me hace pensar siempre que voy a perder el tren o el avión. Mira que he viajado toda la vida por trabajo, con bolos sin parar, y aun así nunca se me ha quitado ese miedo. Llego una hora antes y, cuando ya estoy en la estación, me pregunto qué hago allí, si solo estoy a quince minutos en metro de Atocha. Hay cosas que me encantan, como hacer la maleta; el problema es que nunca la hago pequeña porque me llevo de todo. Para dos días, meto cuatro libros “por si acaso”, el iPad o lo que sea, ropa por si hace frío, por si hace calor… Al final, acabo con maletas enormes y me cabreo porque termino poniéndome lo mismo todo el rato y leyendo medio libro.
Tengo un problema con hacer la maleta de viaje; meto muchas cosas ‘por si acaso’ y acabo poniéndome siempre lo mismo
Ana, ¿en cuál de tus viajes el trayecto fue más importante que el destino?
Creo que vuelvo a la infancia, esos viajes en coche con mis padres, mi abuela, el canario, mis hermanas… El destino estaba muy bien, pero el trayecto era lo que realmente importaba, y son los que me vienen como viajes top. Yo viviría en ese coche casi el resto de mi vida.
Cuando piensas en tu infancia en Zaragoza, ¿qué viajes familiares aparecen primero en tu memoria?
Sobre todo recuerdo los viajes a Oropesa del Mar en verano y al Pirineo en Navidades, Semana Santa y también parte del verano. Mi madre, que se marea y lo pasa fatal, siempre intentaba organizar un viaje al año con toda la familia. Ahora lo seguimos haciendo, porque con 86 años le sigue apeteciendo viajar a pesar de la artrosis y de los pies. Hemos estado en París, en Venecia, en Roma… Disfrutamos mucho viajando juntas.
¿Cómo era viajar con José Antonio Labordeta?
Era un hombre muy prudente al volante, tenía una paciencia enorme y jamás le escuché una mala palabra. El viaje era muy divertido porque cantábamos, aunque mis hermanas y yo lo hacíamos bastante mal y desafinábamos, mientras que mi madre cantaba muy bien. A él le gustaba al principio, pero llegaba un momento en que decía: “Venga, callaros un ratico”. Nos lo pasábamos genial.

¿Cuál fue tu primer gran viaje de adolescencia?
Fue a París con el colegio. No recuerdo si era en primero de BUP, pero tendría 14 o 15 años. Fue el primer viaje importante sin mis padres.
¿Qué lugar has visto desde los ojos de una joven y, años más tarde, con los de una persona adulta? ¿Lo viviste igual?
Madrid, por ejemplo. Fui con mis padres cuando aún no pensaba dedicarme a la interpretación. Me impactó muchísimo. Años después volví y, de alguna manera, se convirtió en mi ciudad, pero sigo teniendo la misma fascinación. Me encanta, la miro y pienso qué bonita es. La Gran Vía me parece una preciosidad, Chamberí es maravilloso, aunque también tenga su parte más caótica, con demasiado turismo y suciedad. Aun así, tiene algo muy vital y un punto de cachondeo que la hace especial.
Con París me pasó algo parecido. Fui primero con el colegio y luego volví con mis padres cuando mi madre decidió llevar a mi abuela por su 90 cumpleaños porque quería conocerla. Fue otro viaje totalmente distinto; ella no se cansaba nunca y nosotros queríamos volver al hotel, pero fue una maravilla. Más tarde regresé una tercera vez para ver a un amigo que estaba pasando un momento complicado.
Me encantan los rodajes fuera de Madrid porque se crea una comunidad que no tienes cuando grabas en casa, donde terminas y cada uno se va a la suya
Durante el rodaje de Planes para mañana, película por la que recibiste el Premio Francisco Rabal, ¿qué recuerdo guardas de aquel período fuera de casa? ¿Cómo vives tener que pasar temporadas fuera de tu hogar?
Me encantan los rodajes fuera de Madrid porque, igual que en el teatro cuando te vas de gira, se crea una comunidad que no tienes cuando grabas en casa, donde terminas y cada uno se va a la suya. En Planes para mañana rodamos parte en Badajoz y, por ejemplo, en Los años nuevos nos fuimos a Lyon, que no lo conocía. Además de descubrir un sitio nuevo, se genera un vínculo con el equipo que disfruto muchísimo. De todos modos, no es lo mismo hacer una película o una serie de prime time que un diario, donde ruedas prácticamente cada día y hay que estudiar muchísimo.
En la mayoría de los viajes pasamos por hoteles, ¿hay alguno que te haya incluso llegado a dar miedo y hayas pensado “¿dónde me he metido?”
Sí, en la primera gira de teatro que hice, en los años 90, fuimos a Bilbao, que no tenía nada que ver con el de ahora. Era una ciudad mucho más gris, con fábricas, y el tema de la droga estaba muy presente. Me alojé en un hotel al otro lado de la ría, en una zona que hoy es estupenda, pero que entonces estaba muy marcada por la heroína y la prostitución. Yo tenía veinte años y, como dice mi madre, iba con el “culico” prieto, porque cada noche, al terminar la función, caminaba hacia el hotel pensando si llegaría bien, si entraría en la habitación sin problema.
¿Cómo cambian tus viajes cuando no hay rodaje ni función al día siguiente, cuando lo haces por placer?
Cuando viajo por trabajo, aunque desde fuera parezca que solo actúas unas horas, en realidad estás todo el día pendiente de la función, cuidando la voz y el cuerpo, sabiendo que tienes que llegar en condiciones a ese momento de la tarde. Aunque sales a cenar o das un paseo por la mañana, el objetivo es el trabajo y tienes que estar bien para hacerlo. En cambio, cuando es por placer, te relajas, improvisas más, te vas a cenar, luego a tomar algo, paseas sin prisa o te bañas en el mar. Con función, por ejemplo, no me baño porque soy bastante obsesiva y una vez me quedé afónica, así que prefiero no arriesgar.

¿Qué viaje cambió tu forma de ver las cosas?
Cuando vine a Madrid a estudiar. Recuerdo viajar en ese tren nocturno, con compartimentos, que se hacía larguísimo. Ahora Zaragoza y Madrid están a una hora y media, pero entonces eran cuatro horas o más. Iba a estudiar en el laboratorio de William Layton, sin saber que acabaría quedándome en Madrid. De todos modos, durante el trayecto tenía ese pálpito de que iba hacia algo nuevo, distinto, y que de ahí iban a salir muchas cosas.
Si mañana pudieras desaparecer unos días sin decirle a nadie a dónde vas, ¿qué lugar irías?
Iría a un sitio con mar, en el norte, y me quedaría allí unos días sin decir nada a nadie.
Hablar con Ana Labordeta es encontrarse con una persona que transmite una calma poco frecuente y maravillosa. Escucha antes de responder, piensa lo que dice y lo dice con la honestidad propia de una buena persona. Es cercana, con sentido del humor y con una mirada muy clara sobre la vida y sobre su oficio. Tiene curiosidad, memoria y una forma muy natural de compartir recuerdos.
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