Dormimos menos, peor y más tarde que nunca. Y, paradójicamente, lo hacemos en una época en la que más sabemos sobre la importancia del sueño. Las estadísticas destacan que uno de cada cuatro adultos no descansa bien; las mismas que apuntan que España lidera el consumo mundial de medicamentos para el descanso nocturno.Hay tantas cosas que nos preocupan que, en ocasiones, nos vamos a la cama y, por muy cansados que estemos, no logramos pegar ojo. Causas individuales y también sociales como los horarios, la falta de conciliación o el extendido uso de las pantallas, se encuentran detrás de este problema cada vez más generalizado en la sociedad.Más allá del cansancio del día siguiente, el asunto preocupa porque dormir es un proceso fisiológico y vital para la salud, del mismo modo que lo es respirar, comer o beber.Una sociedad «que premia la vigilia y sospecha del descanso»Dormir como los ángeles es uno de los actos más aspiracionales de la actualidad. Así lo explica Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro ‘Dormir para vivir’, quien alerta en una entrevista con ABC de que «el verdadero problema no es de información, sino de contexto» Vivimos, dice, en una sociedad «que premia la vigilia y sospecha del descanso».El especialista recuerda que el sueño no ha desaparecido de nuestras vidas por desconocimiento, sino porque hemos construido entornos incompatibles con él. «Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad constante», explica. Y esa «sociedad que nunca se apaga» obliga al cuerpo a intentar adaptarse a un mundo en el que descansar se ha convertido casi en un lujo.La consecuencia más visible es un deterioro tanto físico como mental. Dormir mal y padecer ansiedad se retroalimentan: «Cuando privamos al cerebro de descanso, las áreas encargadas de regular las emociones pierden eficacia», señala. El resultado, añade, es un cerebro «más sensible a lo negativo, más impulsivo y con menos capacidad para gestionar el estrés».Por qué la falta de sueño provoca sensación de borracheraEl experto enumera tres grandes causas de la crisis del sueño moderna: la prolongación del día debido a las pantallas y notificaciones constantes; la cultura de la hiperactividad que glorifica el cansancio; y la difuminación de los límites entre trabajo, ocio y descanso. Insiste el especialista en que un cerebro privado de sueño «reacciona rápido, pero decide mal». Cuando dormimos poco, los sistemas neuronales que fallan son los mismos que se alteran con el alcohol: «La falta de sueño reduce la actividad del córtex prefrontal, que es el encargado del control, la toma de decisiones y el juicio, y al mismo tiempo desajusta otras áreas implicadas en la atención y el movimiento», explica Rodríguez-Muñoz, que ahonda en que el resultado es muy parecido al de una borrachera: «tiempos de reacción más lentos, peor coordinación, más impulsividad y una sensación subjetiva engañosa de que todo va bien, cuando en realidad el rendimiento está cayendo». Una especie de «embriaguez sin alcohol», pero con consecuencias muy reales. Dormimos menos, peor y más tarde que nunca. Y, paradójicamente, lo hacemos en una época en la que más sabemos sobre la importancia del sueño. Las estadísticas destacan que uno de cada cuatro adultos no descansa bien; las mismas que apuntan que España lidera el consumo mundial de medicamentos para el descanso nocturno.Hay tantas cosas que nos preocupan que, en ocasiones, nos vamos a la cama y, por muy cansados que estemos, no logramos pegar ojo. Causas individuales y también sociales como los horarios, la falta de conciliación o el extendido uso de las pantallas, se encuentran detrás de este problema cada vez más generalizado en la sociedad.Más allá del cansancio del día siguiente, el asunto preocupa porque dormir es un proceso fisiológico y vital para la salud, del mismo modo que lo es respirar, comer o beber.Una sociedad «que premia la vigilia y sospecha del descanso»Dormir como los ángeles es uno de los actos más aspiracionales de la actualidad. Así lo explica Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro ‘Dormir para vivir’, quien alerta en una entrevista con ABC de que «el verdadero problema no es de información, sino de contexto» Vivimos, dice, en una sociedad «que premia la vigilia y sospecha del descanso».El especialista recuerda que el sueño no ha desaparecido de nuestras vidas por desconocimiento, sino porque hemos construido entornos incompatibles con él. «Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad constante», explica. Y esa «sociedad que nunca se apaga» obliga al cuerpo a intentar adaptarse a un mundo en el que descansar se ha convertido casi en un lujo.La consecuencia más visible es un deterioro tanto físico como mental. Dormir mal y padecer ansiedad se retroalimentan: «Cuando privamos al cerebro de descanso, las áreas encargadas de regular las emociones pierden eficacia», señala. El resultado, añade, es un cerebro «más sensible a lo negativo, más impulsivo y con menos capacidad para gestionar el estrés».Por qué la falta de sueño provoca sensación de borracheraEl experto enumera tres grandes causas de la crisis del sueño moderna: la prolongación del día debido a las pantallas y notificaciones constantes; la cultura de la hiperactividad que glorifica el cansancio; y la difuminación de los límites entre trabajo, ocio y descanso. Insiste el especialista en que un cerebro privado de sueño «reacciona rápido, pero decide mal». Cuando dormimos poco, los sistemas neuronales que fallan son los mismos que se alteran con el alcohol: «La falta de sueño reduce la actividad del córtex prefrontal, que es el encargado del control, la toma de decisiones y el juicio, y al mismo tiempo desajusta otras áreas implicadas en la atención y el movimiento», explica Rodríguez-Muñoz, que ahonda en que el resultado es muy parecido al de una borrachera: «tiempos de reacción más lentos, peor coordinación, más impulsividad y una sensación subjetiva engañosa de que todo va bien, cuando en realidad el rendimiento está cayendo». Una especie de «embriaguez sin alcohol», pero con consecuencias muy reales.
Dormimos menos, peor y más tarde que nunca. Y, paradójicamente, lo hacemos en una época en la que más sabemos sobre la importancia del sueño. Las estadísticas destacan que uno de cada cuatro adultos no descansa bien; las mismas que apuntan que España lidera el … consumo mundial de medicamentos para el descanso nocturno.
Hay tantas cosas que nos preocupan que, en ocasiones, nos vamos a la cama y, por muy cansados que estemos, no logramos pegar ojo. Causas individuales y también sociales como los horarios, la falta de conciliación o el extendido uso de las pantallas, se encuentran detrás de este problema cada vez más generalizado en la sociedad.
Más allá del cansancio del día siguiente, el asunto preocupa porque dormir es un proceso fisiológico y vital para la salud, del mismo modo que lo es respirar, comer o beber.
Una sociedad «que premia la vigilia y sospecha del descanso»
Dormir como los ángeles es uno de los actos más aspiracionales de la actualidad. Así lo explica Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro ‘Dormir para vivir’, quien alerta en una entrevista con ABC de que «el verdadero problema no es de información, sino de contexto» Vivimos, dice, en una sociedad «que premia la vigilia y sospecha del descanso».
El especialista recuerda que el sueño no ha desaparecido de nuestras vidas por desconocimiento, sino porque hemos construido entornos incompatibles con él. «Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad constante», explica. Y esa «sociedad que nunca se apaga» obliga al cuerpo a intentar adaptarse a un mundo en el que descansar se ha convertido casi en un lujo.
La consecuencia más visible es un deterioro tanto físico como mental. Dormir mal y padecer ansiedad se retroalimentan: «Cuando privamos al cerebro de descanso, las áreas encargadas de regular las emociones pierden eficacia», señala. El resultado, añade, es un cerebro «más sensible a lo negativo, más impulsivo y con menos capacidad para gestionar el estrés».
Por qué la falta de sueño provoca sensación de borrachera
El experto enumera tres grandes causas de la crisis del sueño moderna: la prolongación del día debido a las pantallas y notificaciones constantes; la cultura de la hiperactividad que glorifica el cansancio; y la difuminación de los límites entre trabajo, ocio y descanso.
Insiste el especialista en que un cerebro privado de sueño «reacciona rápido, pero decide mal». Cuando dormimos poco, los sistemas neuronales que fallan son los mismos que se alteran con el alcohol: «La falta de sueño reduce la actividad del córtex prefrontal, que es el encargado del control, la toma de decisiones y el juicio, y al mismo tiempo desajusta otras áreas implicadas en la atención y el movimiento», explica Rodríguez-Muñoz, que ahonda en que el resultado es muy parecido al de una borrachera: «tiempos de reacción más lentos, peor coordinación, más impulsividad y una sensación subjetiva engañosa de que todo va bien, cuando en realidad el rendimiento está cayendo». Una especie de «embriaguez sin alcohol», pero con consecuencias muy reales.
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