Un #MeToo de papel

La irrupción masiva de las mujeres, como autoras, en la literatura, ha tenido un efecto clarísimo: ampliar su temática. A los temas tradicionales: la guerra, los viajes, el erotismo (desde el punto de vista del varón heterosexual), las alianzas y rivalidades entre hombres, la muerte…, las autoras añaden otros. Pero esta aportación no se ha hecho de una vez, de manera uniforme, sino por oleadas, cada una de las cuales ha aportado algún tema nuevo, que no sustituye, sino que se añade, a los anteriores.

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 La irrupción masiva de las mujeres, como autoras, en la literatura, ha tenido un efecto clarísimo: ampliar su temática. A los temas tradicionales: la guerra, los viajes, el erotismo (desde el punto de vista del varón heterosexual), las alianzas y rivalidades entre hombres, la muerte…, las autoras añaden otros. Pero esta aportación no se ha hecho de una vez, de manera uniforme, sino por oleadas, cada una de las cuales ha aportado algún tema nuevo, que no sustituye, sino que se añade, a los anteriores.Seguir leyendo…  

La irrupción masiva de las mujeres, como autoras, en la literatura, ha tenido un efecto clarísimo: ampliar su temática. A los temas tradicionales: la guerra, los viajes, el erotismo (desde el punto de vista del varón heterosexual), las alianzas y rivalidades entre hombres, la muerte…, las autoras añaden otros. Pero esta aportación no se ha hecho de una vez, de manera uniforme, sino por oleadas, cada una de las cuales ha aportado algún tema nuevo, que no sustituye, sino que se añade, a los anteriores.

El primero, si no me equivoco, fue la relación madre-hija. Aunque había precedentes, como la apasionada correspondencia de Madame de Sévigné con su hija en el siglo XVII, quizá el pistoletazo de salida lo dio Simone de Beauvoir con Una muerte muy dulce (1964), un libro agridulce sobre su madre, tras el fallecimiento de ésta. Annie Ernaux, entre muchas otras, tomó el relevo con Una mujer (1987). En España, fue un gran éxito (aunque me esté mal decirlo) la antología Madres e hijas: cuentos de 14 autoras españolas, que yo coordiné y prologué en 1996. Y la corriente sigue, caudalosa. Lo último, Mi refugio y mi tormenta (2025), en el que Arundathi Roy retrata al personaje formidable de su progenitora, una especie de Lidia Falcón india, para entendernos.

La aportación más reciente de las vivencias femeninas a la literatura es la de la violencia machista

Luego, claro, la maternidad. No es que en la literatura anterior no hubiera personajes de madre, sino que faltaba la voz de ella, la madre, o de la mujer como madre en potencia. Que ahora se expresa en múltiples variantes: el embarazo ( Temps d’una espera , 2012, de Carme Riera), la tristeza por no conseguirlo ( Lo que alcancé a contarte , de Mariela Michelena, 2023), el duelo por la muerte del hijo in utero ( Tienes que mirar, de la rusa Anna Starobinets, 2017), el recién nacido que provoca embeleso ( El bebé , de Marie Darrieussecq, 2002), o indiferencia ( No, mamá, no, de Verity Bargate, 1978) o depresión ( La historia de los vertebrados, de Mar García Puig, 2023), la crianza ( El nudo materno, de Jane Lazarre, 1976, Un trabajo para toda la vida , de Rachel Cusk, 2001)…

Después vinieron las amigas. Una vez más, Beauvoir fue pionera, con Las inseparables , escrito en 1954, aunque no lo publicó en vida; también la estadounidense Mary McCarthy, con El grupo (1963). En España, donde en 2009 apareció la antología Cuentos de amigas (coordinado por mí; perdón, otra vez, por la autocita), lo más reciente es La amiga que me dejó (2025), de Nuria Labari. Y las parejas de mujeres: un tema este, el amor lesbiano, todavía poco representado, pero con ejemplos tan sobresalientes como las novelas de la catalana Eva Baltasar (la última, Peixos , está a punto de salir).

Gisele Pelicot presentó Un himno a la vida en la biblioteca Sarrià - JV Foix, con Neus Tomàs
Gisele Pelicot presentó Un himno a la vida en la biblioteca Sarrià – JV Foix, con Neus TomàsMiquel Gonzalez / Shooting

La aportación más reciente a la representación literaria de las vivencias femeninas (que no por femeninas, dicho sea de paso, son menos universales, como lo es la guerra aunque los guerreros sean hombres) es la de la violencia machista. Física, en novelas como L’últim patriarca (2008) de Najat El Hachmi o Cárdeno adorno (2018) de la austríaca Katharine Winckler. Sexual, a menudo dentro de la familia, en innumerables testimonios como Triste tigre (2024) de la francesa Neige Sinno o el recién publicado Un himno a la vida de Gisèle Pelicot. Y en estos últimos años, se empieza a escribir sobre el maltrato psicológico, en obras como Los augurios (2024), de Irene Otero, Kairós (2021) de la alemana Jenny Erpenbeck o Comerás flores (2025) de Lucía Solla Sobral. Un verdadero #MeToo de papel que, como en los ejemplos anteriores, debemos celebrar, por cuanto enriquece, ampliando la gama de experiencias humanas representadas, el corpus de la literatura.

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