Gracias, Raimon

El periodista Miquel Alberola ha escrito una biografía de Raimon, que, sumada a los libros de Antoni Batista y los dietarios del cantante, conforman una bibliografía sólida y perdurable. Título: Raimon, Aquest jo que soc jo (Ara Llibres). La biografía explica al artista desde una perspectiva que documenta los hechos con datos, anécdotas, reflexiones y fotografías. El lector-seguidor de Raimon acaba entendiendo la importancia de una coherencia que quizá había intuido, siempre compartida con el Annalisa (que cuando se iba a su país de Italia, obligaba a Raimon a contar las horas que faltaban para que volviera).

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 El periodista Miquel Alberola ha escrito una biografía de Raimon, que, sumada a los libros de Antoni Batista y los dietarios del cantante, conforman una bibliografía sólida y perdurable. Título: Raimon, Aquest jo que soc jo (Ara Llibres). La biografía explica al artista desde una perspectiva que documenta los hechos con datos, anécdotas, reflexiones y fotografías. El lector-seguidor de Raimon acaba entendiendo la importancia de una coherencia que quizá había intuido, siempre compartida con el Annalisa (que cuando se iba a su país de Italia, obligaba a Raimon a contar las horas que faltaban para que volviera).Seguir leyendo…  

El periodista Miquel Alberola ha escrito una biografía de Raimon, que, sumada a los libros de Antoni Batista y los dietarios del cantante, conforman una bibliografía sólida y perdurable. Título: Raimon, Aquest jo que soc jo (Ara Llibres). La biografía explica al artista desde una perspectiva que documenta los hechos con datos, anécdotas, reflexiones y fotografías. El lector-seguidor de Raimon acaba entendiendo la importancia de una coherencia que quizá había intuido, siempre compartida con el Annalisa (que cuando se iba a su país de Italia, obligaba a Raimon a contar las horas que faltaban para que volviera).

Raimon, en la presentación de su libro 
Raimon, en la presentación de su libro Llibert Teixidó / Propias

El libro también cuenta el famoso episodio de la vespa y de Al vent –una precuela va­lenciana de la vespa de Nanni Moretti–, las tempestuosas y depresivas relaciones con los delegados gubernativos del franquismo y los esbirros de la censura, la complicidad de figuras como Miró, Tàpies, Espriu y Fuster y la construcción de un repertorio de valores –combate, amor, identidad, humanismo, ­cultura– que Raimon ha defendido con la misma congruencia con la que, cuando promocionaba un libro, un disco o un concierto, elegía sus entrevistas siguiendo un criterio que hoy monopolizan la falsa informalidad o el olvido.

Raimon ha construido un repertorio que alterna el amor, la cultura, el combate y el humanismo

Lo admito: no soy objetivo. Ya lo he contado alguna vez y puede que esté chocheando: conocí a Raimon cuando él tenía veintisiete años y yo seis o siete. Fue en una concurrida fiesta de exiliados en París. Mi madre nos llevó a mi hermano y a mí después de ver un espectáculo en el que Maria Aurèlia Capmany interpretaba –¡qué miedo!– una mujer barbuda. Raimon fue la alegría de la fiesta. Llevaba la guitarra y cantó en un clima de fraternidad típico de aquel exilio, que, apostando por las expectativas, combatía la realidad. Raimon dejó la guitarra apoyada contra la pared. Mi hermano, que tenía once años, se acercó sigilosamente y acarició las cuerdas. Oh. Fue un flechazo. A partir de entonces –los conciertos del Olympia y la Mutualité–, mi hermano se convirtió en guitarrista y, por otros caminos, yo también lo intenté. 

Con setenta años, él sigue tocando muy bien, y es un melómano tan convencido que ha contribuido a que su hijo, que vive en EE.UU., sea un profesor universitario de jazz y un pianista extraordinario. Cuando aprendí cuatro acordes, descubrí que las canciones de Raimon eran una vía fiable para perfeccionar mi catalán y un cebo para ganarme a mis coetáneos. En 1971, cuando, siguiendo a mi madre, mi hermano y yo fuimos arrastrados de su exilio al nuestro, las canciones de Raimon –especialmente Si un día vols – me ayudaron a adaptarme y, en el ámbito de los misterios privados, a completar el rompecabezas para descubrir –tarde y mal– quién era realmente mi padre.

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