La nueva ‘Cumbres borrascosas’ reimagina el clásico como una fantasía erótica actual

Una pantalla en negro. El crujido de una cuerda tensada irrumpe en la oscuridad, seguido por el jadeo de un hombre que parece rozar lo orgásmico. Al comienzo de la nueva adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas , obra emblemática de Emily Brontë, esta elección sonora puede arrancar algunas risas nerviosas entre los espectadores, que, guiados únicamente por lo que escuchan, creen estar a punto de encontrarse exactamente con aquello que vinieron a ver. Hasta que la imagen finalmente se revela.

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 La directora Emerald Fennell lleva a la gran pantalla una nueva lectura de la novela de Emily Brontë, protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi  

Una pantalla en negro. El crujido de una cuerda tensada irrumpe en la oscuridad, seguido por el jadeo de un hombre que parece rozar lo orgásmico. Al comienzo de la nueva adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas , obra emblemática de Emily Brontë, esta elección sonora puede arrancar algunas risas nerviosas entre los espectadores, que, guiados únicamente por lo que escuchan, creen estar a punto de encontrarse exactamente con aquello que vinieron a ver. Hasta que la imagen finalmente se revela.

La directora Emerald Fennell (quien también dirigió Saltburn ) firma una nueva versión del clásico que, de clásico, tiene poco. Su escasa intención de respetar el texto original queda clara desde el inicio. Mientras que en las páginas de Brontë Catherine y Heathcliff son descritos como una “joven morena” y un “gitano de piel oscura”, en esta adaptación aparecen encarnados por la rubia Margot Robbie y el pálido Jacob Elordi.

El filme sacrifica la complejidad narrativa del libro en favor de una mayor intensidad estética y visual

Margot Robbie y Jacob Elordi en la premier de 'Cumbres borrascosas' en Beverly Hills,California 
Margot Robbie y Jacob Elordi en la premier de ‘Cumbres borrascosas’ en Beverly Hills,California Mario Anzuoni / Reuters

Esta Cumbres borrascosas prioriza la experiencia sensorial frente a la dimensión literaria. Sacrifica la complejidad narrativa y el desarrollo de personajes en favor de una intensidad estilística y visual. El resultado puede parecer excesivo, pero también es innegablemente hipnótico.

La historia se sitúa en el Yorkshire rural del siglo XVIII. En la finca que da título a la obra vive Catherine junto a su padre alcohólico y jugador compulsivo. Las sirvientas observan con compasión la vida de la joven hasta que, un día, el padre regresa a casa con un niño abandonado, al que Catherine decide adoptar como mascota y llamarlo Heathcliff. La cercanía fraternal que surge entre ambos evoluciona gradualmente hacia una atracción obsesiva que desemboca en un vínculo autodestructivo.

Fennell apuesta por un erotismo contenido, a menudo más sugerido que explícito. Pequeños gestos cargados de simbolismo –dedos que se hunden lentamente en la viscosidad de una yema de huevo o la huella húmeda que deja una babosa al deslizarse sobre un cristal– funcionan como metáforas de un deseo que fascina e incomoda.

El vestuario refuerza su vocación contemporánea con corsés de látex, vestidos brillantes y gafas de colores, coronados por la participación de Charli XCX en la banda sonora, lo que la acerca más al imaginario de Bridgerton que al de un clásico tradicional.

Sin embargo, pese al esplendor visual, la oscuridad permanece siempre presente. El celeste de los ojos de Catherine, único signo de luz y esperanza al inicio, se apaga lentamente conforme avanza la historia, reflejando el destino trágico de su amor.

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