Una escritora impersonal

Hay una escritora a quien le interesa menos narrar su experiencia personal que plasmar observaciones impersonales, más allá de sí misma, como forma de conocimiento. En uno de sus cuentos más enigmáticos, la novelista y cuentista brasileña Clarice Lispector escribió: “Las gallinas perjudiciales para el huevo son las que son un yo sin tregua. En ellas el yo es tan constante que ya no pueden pronunciar la palabra huevo”.

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 Hay una escritora a quien le interesa menos narrar su experiencia personal que plasmar observaciones impersonales, más allá de sí misma, como forma de conocimiento. En uno de sus cuentos más enigmáticos, la novelista y cuentista brasileña Clarice Lispector escribió: “Las gallinas perjudiciales para el huevo son las que son un yo sin tregua. En ellas el yo es tan constante que ya no pueden pronunciar la palabra huevo”.Seguir leyendo…  

Hay una escritora a quien le interesa menos narrar su experiencia personal que plasmar observaciones impersonales, más allá de sí misma, como forma de conocimiento. En uno de sus cuentos más enigmáticos, la novelista y cuentista brasileña Clarice Lispector escribió: “Las gallinas perjudiciales para el huevo son las que son un yo sin tregua. En ellas el yo es tan constante que ya no pueden pronunciar la palabra huevo”.

Lispector rechazó cada ocasión de hablar de su vida privada: lo que le interesaba era el “huevo”, lo que el “yo” puede crear, imaginar, e incluso entender sobre sí mismo si deja de mirarse al espejo y mira a los demás. Planea por toda su obra la abstracción, la despersonalización. Eso le permite crear una voz extraña, oracular, etérea, que escribe (que habla) desde un lugar mucho más panorámico que el de la exclusiva experiencia personal. Las narradoras de Lispector (niñas, amas de casa, esposas) se alejan del yo para alcanzar reflexiones e imágenes que trascienden lo que se espera que piensen o sientan las niñas, las amas de casa, las esposas.

A Lispector le interesaba lo que el yo puede crear y entender si deja de mirarse al espejo y mira a los demás

Sus frases a veces suenan como paradojas: “Entender es la prueba de la equivocación”. Querer comprender, según Lispector, es loable, pero creer haber comprendido y dejar de preguntarse por las cosas es un error. Por eso su voz es elusiva, aunque sus narradoras se expresen en primera persona. Esconden más que lo que dicen. Y si dicen, mienten. Es más, lo que dicen puede significar tres cosas distintas, nunca queda claro. Esto obliga a los lectores a releer, y, sobre todo, a volver a mirar al mundo para preguntarse si realmente lo habían entendido todo.

Es un estilo a la vez personalísimo e impersonal. Sus aforismos son chocantes, sus formulaciones contradictorias. Tan solo hace falta leer los cuentos, publicados en español por Siruela. En ellos, el humor va de la mano con la frialdad. Los personajes no se ríen con la boca sino con los ojos. El deseo y la repugnancia son una misma cosa. La comprensión no es algo lúcido, sino una experiencia oscura. Y el placer tampoco ilumina, sino que ensombrece todo lo que no es placer. Todo esto sale directamente de escenas creadas por Lispector: siempre hay una vuelta de tuerca más cuando uno creía haber entendido la vuelta de tuerca.

No, para Lispector ningún sentimiento es simple, ninguna acción está motivada por una sola emoción, y ninguna relación está exenta de misterio o sedimentos ocultos: “Los sentimientos son agua de un instante”, escribe. Cada cosa contiene su contrario. Por eso evade constantemente el sentido único, la explicación, y desconfía sobre todo de los buenos sentimientos. Nos dice por ejemplo sobre el amor: “Pocos quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo demás. Y pocos soportan perder todas las otras ilusiones”. De la lealtad dice algo similar e inquietante: “Ser leal no es cosa limpia; ser leal es ser desleal para con todo lo demás”.

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