En la ‘universidad’ de los ‘cachorros’ del Estado Islámico

Responsables kurdos y expertos alertan de que miles de niños han aprendido tácticas militares en los campos de familias del IS en Siria y están listos para ser la nueva generación del grupo extremista Leer Responsables kurdos y expertos alertan de que miles de niños han aprendido tácticas militares en los campos de familias del IS en Siria y están listos para ser la nueva generación del grupo extremista Leer  

La antigua responsable del campo de Al Hol, Jinan Hanna, asegura que durante años mantuvo en la mesa de su oficina una de las «espadas» que fabricó uno de los niños acogidos en ese complejo. En su teléfono guarda otro ejemplo de las armas que confeccionaban a mano los habitantes del recinto. En este caso se trata de un singular triciclo, reforzado con paneles cubiertos de mantas, que pretende imitar a un vehículo blindado. «Tiene hasta la torreta con la portezuela», dice la funcionaria kurda.

Su homóloga de Al Roj, Hukmia Brahim, admite que en este enclave los chavales no han conseguido equiparse con armas de fuego como en Al Hol, pero sí con todo tipo de «cuchillos». También exhibe un vídeo en el que se ve a una tripleta de muchachos entrenándose a lanzar cócteles molotov. Una de sus acólitas -que se identifica con su apodo «de guerra», Chabre– deposita sobre una mesa varios «fusiles» de madera, que dice usan los menores para «entrenarse militarmente».

Al Roj es el último campo de mujeres e hijos de combatientes del Estado Islámico (IS) que sigue bajo el control de las fuerzas kurdas de la casi extinta Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria (DAANES). Sus 2.200 residentes solían ser considerados «moderados» cuando se les comparaba con el extremismo que parecía dominar entre los más de 23.000 -estas son las cifras oficiales que proporcionan los funcionarios kurdos- de Al Hol.

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Sin embargo, los responsables de estas instalaciones alertan que la diferencia casi se ha disipado en los últimos meses. «El radicalismo también se está expandiendo por Al Roj», asevera Sheikhmus Ahmad, máximo responsable del departamento kurdo que lidiaba con los campos del IS. «En Al Hol llegamos a incautar AK-47, pistolas, explosivos, túneles y espadas», añade en una conversación telefónica.

Para llegar hasta Al Roj hay que recorrer la ruta que une Qamishli -la «capital» de la DAANES- hasta las montañas sitas cerca de la frontera iraquí. Un trayecto plagado de controles de las milicias kurdas, decididas a defender el escaso territorio que todavía no han perdido a manos del ejército sirio.

La proliferación del fundamentalismo no constituye ninguna sorpresa cuando se observan las precarias condiciones en las que malviven desde hace años los residentes de Al Roj. Basta con pasear entre las hileras de casamatas cubiertas de plástico, chapotear entre el barro y la nieve y observar los muros y el alambre de espino que rodea el espacio para comprender que la religión puede ser la única vía de escape para los que sufren a diario esta situación, incluso si ha sido consecuencia de la elección de sus progenitores.

Campo de Al Roj donde viven mujeres e hijos de combatientes del IS.
Campo de Al Roj donde viven mujeres e hijos de combatientes del IS.GETTY

Los chiquillos se divierten lanzándose bolas de agua congelada al grito de «¡Allahu Akbar («¡Dios es grande!»). El mismo grito al que recurrían sus padres cuando acudían al combate.

Aquí, hasta las niñas de poco más de cinco o seis años caminan ocultas bajo el niqab, la versión más extrema del velo musulmán. Algunas han optado directamente por el burka, que ni siquiera permite ver sus ojos. «Antes sólo se ponían el hijab [el velo normal]», comenta un visitante asiduo.

La principal aglomeración se observa en el mercado, una simple sucesión de varias tiendas, a donde acuden las mujeres y sus hijos a comprar alimentos.

La mayoría de los residentes rechazan hablar con los visitantes. Tan sólo un grupo de angloparlantes acepta conversar con los recién llegados, pero manteniendo el anonimato.

«El martes [cuando Al Hol pasó a manos del ejército sirio] escuchamos disparos. Hay mucha intranquilidad. El 70% quiere regresar a sus países, pero hay diferentes posiciones en el campo. No podemos hablar en público porque pondríamos en peligro a nuestros hijos», aclara una de ellas en un perfecto inglés.

Al Roj acoge a ciudadanos de más de 40 nacionalidades. Aquí vivieron durante años varias mujeres españolas casadas con yihadistas. La última fue repatriada al país europeo el pasado mes de diciembre, como confirma Brahim.

La uniformada kurda también mantiene en su teléfono las imágenes que documentan la progresión del fanatismo en este enclave. Desde banderas negras del IS dibujadas en las paredes, a pintadas cada vez más explícitas. «¡Infieles, os vamos a masacrar!», se lee en una de ellas. «¿Pensáis que íbamos a ser eliminados? ¡No, seguiremos aquí para siempre, fieles al Estado Islámico!», asegura otra.

Singular triciclo que pretende imitar a un vehículo blindado, en el campo de Al Hol.
Singular triciclo que pretende imitar a un vehículo blindado, en el campo de Al Hol.CEDIDA

El paisaje de Al Roj no difiere mucho de la miseria que impera en cualquier campo de refugiados de la región. Pero, según el relato de Brahim, el emplazamiento recuerda a la trágica utilidad que tuvieron cárceles iraquíes vigiladas por los estadounidenses, como Buca o Abu Ghreib, a la hora de formar a los futuros integrantes del IS.

Según el Centro Internacional Contra el Terrorismo, el 60% de los recluidos en Al Hol y Al Roj son niños, en su mayoría menores de 12 años. Un conglomerado que lleva encerrado en este entorno desde la década pasada, alimentando su educación a base del mismo ideario yihadista que mantenían sus padres.

Durante años, las autoridades kurdas han reclamado la repatriación a sus países de origen de parte de este contingente, insistiendo una y otra vez en que los pequeños estaban sometidos a un acelerado proceso de radicalización. «Era obvio que era una bomba de tiempo. Lo dijimos. Ya es tarde. Ya ha estallado», apunta Jinan Hanna.

La reciente ofensiva del ejército de Damasco contra la autonomía kurda les ha permitido tomar el control de varias cárceles de presos del IS y del citado campo de Al Hol, pero el caos generado por los combates también ha posibilitado la huida de varias decenas de combatientes de ese grupo y de un número indeterminado de sus familiares.

Según el think tank Rand Corporation, las fuerzas kurdas mantenían a miles de presos vinculados al IS en 14 cárceles en el norte y este del país. Raed al Ahmed, un experto en IS, opina que «la más importante es la del barrio de Ghuwayran, en el centro de la ciudad de Hasakah. Alberga aproximadamente entre 4.000 y 5.000 miembros de IS, incluyendo líderes clave».

Estados Unidos ha anunciado el traslado de cerca de 7.000 de estos yihadistas a penales de Irak, una determinación que para Raed al Ahmed se basa en la falta de confianza de Washington en «la capacidad del Gobierno [del presidente Ahmed al Sharaa] para evitar fugas».

«Estados Unidos teme el alcance de la infiltración de elementos del IS o de ideologías extremistas en las fuerzas de seguridad y el ejército sirio. Pero el Gobierno no los va a liberar porque el IS puede representar la principal amenaza a su autoridad«, manifestó en una conversación a través de WhatsApp.

Aunque los kurdos defienden que el actual jefe de Estado de Siria comparte la ideología de los yihadistas -recordando que fue parte de esa nebulosa durante años-, lo cierto es que los miembros del IS dedican casi los mismos epítetos y descalificaciones a Al Sharaa que a cualquier otro de sus adversarios.

El último editorial de la revista Al Nabaa, una de las plataformas de propaganda del IS, mantuvo este fin de semana la hipótesis de que el actual Gobierno sirio es un grupo de renegados y que el relevo en el control de Al Hol sólo es parte «de un plan de judíos y cruzados».

«Trump ha encontrado a un perro más obediente», se leía en el texto de los radicales, que se referían con este insulto -también los llama «escoria»- a los acólitos de Al Sharaa.

Sentada en su despacho, ubicado en una zona de Al Roj protegida por vallas y guardias armados con M-16, Hukmia Brahim advierte de que muchos de los niños que llegaron aquí en 2017, en medio del declive del movimiento mesiánico, ahora son adolescentes, que han replicado dentro de los muros «el mismo sistema en el que nacieron y crecieron: el Estado Islámico».

«Aquí hay más de 1.200 menores de edad. Tenemos tres secciones y cada una de ellas está dirigida por un emir [líder religioso]. Tienen policía de la moral [Hisba], otra que emite las fatuas [edictos religiosos] y todos reciben clases de sharia [la ley islámica]. Muy pocos van a los colegios normales», relata.

A principios del año pasado, la Administración del presidente Donald Trump recortó la ayuda humanitaria -alrededor de 117 millones de dólares- para estos campos, lo que supuso la interrupción de los proyectos de rehabilitación de estos pequeños.

«Nosotros llegamos a enviar a 43 niños [a rehabilitación], pero todo quedó interrumpido», explica Brahim. «Estos críos serán más peligrosos que sus padres. Han crecido con el fanatismo del IS en sus venas y en su cerebro. Es lo único que conocen. Ellos mismos nos dicen: somos los cachorros de Dawla [otra de las denominaciones del IS]».

Jinan Hanna ha pasado en cuestión de horas de ser un alto cargo de la DAANES a una desplazada más de las decenas de miles que han recalado en Qamishli.

El pasado día 18 fue la última ocasión en la que pudo acudir al puesto de trabajo que había ocupado desde hacía cuatro años. La ya ex directora de Al Hol explica que al día siguiente se generalizaron los combates en las cercanías del campo, anticipándose a la llegada de los soldados sirios 24 horas más tarde.

«Los guardias tuvieron que abandonar Al Hol el lunes [el día 19], en torno a las 15:00. Fueron atacados por los vecinos de la aldea cercana, árabes aliados de Damasco», precisa.

Al Hol era un territorio ingente, con hospitales, escuelas y casi un millar de empleados, que atendían a una población donde se contabilizaban más de 10.000 menores, de acuerdo a las cifras que maneja Hanna. «A diferencia de Al Roj [donde los retenidos son todos foráneos], en Al Hol la mayoría son sirios salvo unos 6.200 que son extranjeros», apostilla.

Durante años, Al Hol -como lo fue Buca o Abu Ghreib- se constituyó en un complejo cuyo interior, a partir de ciertas horas de la noche, permanecía al margen del control de las fuerzas que custodiaban sus límites externos.

«Hace dos meses ejecutaron a una chica. La habían asfixiado y tenía marcas de tortura en las piernas», refiere, mostrado las fotos del cadáver. «Los casos de ajusticiamiento eran muy comunes entre 2019 y 2022. Disminuyeron a partir de esa fecha porque incrementamos las patrullas, pero no teníamos fuerzas suficientes para controlar todo», añade.

Para los cachorros del califato y sus madres, la imagen más chocante con la que han tenido que lidiar todos estos años ha sido la de un amplio contingente de mujeres que han regido su suerte, algo impensable para su ideario maximalista, donde las mujeres son un elemento secundario.

Féminas como Jinan Hanna o Hukmia Brahim, pero también como la jueza Haifa (no es su nombre real). A sus 54 años, la togada lleva lidiando una década y media con el radicalismo islámico. La magistrada kurda estima que ha condenado a cerca de 8.000 integrantes del IS y de su antecesor, Jabhat al Nusra, la organización radical a la que perteneció el actual presidente sirio.

Alguno de esos casos se le han quedado grabados en la memoria. Como el del pequeño Bashar, un chiquillo de 11 años cuyo hermano murió en un bombardeo de la fuerzas estadounidenses. «Era de Tel Hamis [en la provincia de Hasaka]. Los milicianos del IS le trajeron a un preso y le dijeron que ese hombre había sido quien había pasado las coordenadas del lugar donde estaba su hermano. Le preguntaron si quería ser él quien le ejecutaba», relata, sentada en los cojines que alfombran su vivienda en Qamishli.

La grabación de aquella escena fue la principal prueba incriminatoria contra el menor. En él se le ve portando una espada, cómo agarra la cabeza de la víctima y cómo le decapita. «Hablaba en un árabe culto. Le cortó la cabeza y se la llevó, agarrada de los pelos», añade Haifa.

La jueza recuerda que en la primera sesión le preguntó al muchacho si se arrepentía. Respondió que no. «Vivo en una sociedad tribal y esa fue mi venganza», dijo.

La jueza quedó tan impactada que, incluso después de condenarlo a siete años -la pena máxima para menores-, mantuvo una relación personal con el chiquillo, al que solía ir a visitar a la cárcel. «La última vez que le vi estaba muy alto. Había cambiado. Me dijo que al salir pensaba casarse y buscar un trabajo».

En otra ocasión, la mujer -a la que varios reos se negaban a mirar a los ojos o ni siquiera le dirigían la palabra- tuvo que sentenciar a una de las madres de Al Hol, que había convencido a su hijo para que asesinara a un amigo bajo el supuesto de que era «un espía».

«Las mujeres del IS son peores que ellos. Esta lo negó todo. Pero el hijo confesó desde el primer día. Las cárceles no les van a cambiar. Al contrario. Salen más radicales porque se agrupan», opina la magistrada.

El rostro de Haifa está marcado por las ojeras. Se expresa con el tono de quien lleva días «sin poder dormir». Apesadumbrada por la nueva guerra y los vídeos que ve a diario, donde se ven cárceles como la de Al Shaddadi -de la que escaparon varias decenas de reos del IS- o grupos de familiares del movimiento fundamentalista huyendo de Al Hol.

«Esos campos han sido auténticas universidades donde se ha graduado la próxima generación del IS. Hemos estado años alertando sobre esta situación y nadie nos hizo caso», concluye.

«No deberán sorprenderse cuando las explosiones vuelvan a sacudir a Europa», apunta Sheikhmus Ahmad.

Raed al Ahmed, el experto en el IS, coincide con este vaticinio: «Vivieron siete años aislados del mundo. Los niños serán la versión más brutal del IS».

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