Por paradójico que resulte, descansar no siempre es sinónimo de bienestar. Hay personas que viven el verano como un periodo nada idílico. Prefieren seguir trabajando por percibir que el entorno laboral les aporta estructura, objetivos, sensación de utilidad, reconocimiento y una manera de mantener la atención ocupada. Cuando llegan las vacaciones y desaparecen estas referencias externas, les afloran emociones que durante el año quedan en segundo plano : el aburrimiento, el vacío, las preocupaciones personales o incluso la sensación de no saber qué hacer cuando no hay nada que hacer. En definitiva, cambiar de un ritmo muy exigente a la ausencia total de actividad puede resultarles incómodo. Y es que el cerebro «no tiene un interruptor que pase inmediatamente de ‘modo productividad’ a ‘modo descanso’, -asegura Cristina Polo , psicóloga y responsable asistencial de yees! -. La buena noticia es que la ‘capacidad de descansar’ se puede entrenar !».De la misma opinión es Elena Gallardo, neurocientífica y profesora del Máster de Neuropsicología y Educación de UNIR , al asegurar que la acumulación de tareas, la exposición constante a estímulos y el exceso de datos someten al cerebro a un flujo continuo de información. «Esta sobrecarga se traduce en un mayor agotamiento mental , ya que el constante ruido por ese exceso de tareas e información satura la actividad cerebral y genera respuestas, en ocasiones, menos adaptadas o adecuadas».Esta situación ayuda a explicar una de las dificultades más frecuentes cuando llegan las vacaciones: la imposibilidad de desconectar del trabajo. La especialista de la UNIR recuerda que el cerebro funciona, en buena medida, a partir de hábitos y patrones repetidos, y «al darle exceso de actividad , ruido mental y exposición prolongada a demandas elevadas, el cerebro lo sigue demandando, lo convierte en una especie de hoja de ruta».Según la psicóloga de yees! no existe un perfil único de individuos para los que las vacaciones pueden convertirse en una fuente de malestar, pero sí hay determinados rasgos comunes que aparecen con frecuencia. Se trata fundamentalmente de personas muy autoexigentes, perfeccionistas , con una fuerte necesidad de control o que han aprendido a asociar su valor personal con su productividad. También puede suceder en quienes tienen dificultades para tolerar la incertidumbre o necesitan mantenerse constantemente ocupadas para evitar conectar con determinadas emociones internas».En estos casos, pueden aparecer pensamientos como «debería estar haciendo algo» , «hay gente trabajando mientras yo descanso», «cuando vuelva tendré muchísima tarea acumulada»… El problema se agrava cuando se siente ansiedad por no estar produciendo, resolviendo o cumpliendo objetivos, lo que comúnmente se ha denominado ‘productividad tóxica’.Dificultades en la autoestimaPara José Luis García , psicólogo de Clínica López Ibor , «las personas más propensas a no descansar en vacaciones son aquellas que tienen dificultades para dejar de pensar en el trabajo en sus horas libres o que trabajan de manera autónoma, por lo que todo depende de ellas. «La sensación de saber que ‘estoy libre, de vacaciones, pero sigo sin parar’, puede generar dificultades en la autoestima cuando la valía personal está depositada exclusivamente en el desempeño o éxitos laborales. Esto -matiza- puede acrecentar el malestar ante situaciones en las que se siente que se pierde el tiempo por no ser productivo, pudiendo provocar entrar en un bucle, interpretando dicho tiempo libre como una obligación constante de producir, restando libertad personal».La dificultad para disfrutar del tiempo no planificado tiene una explicación psicológica. «Una agenda llena reduce el espacio para la incertidumbre. Cuando tenemos tareas, horarios y objetivos sabemos qué tenemos que hacer y hacia dónde dirigir nuestra atención -explica Cristina Polo-. Sin embargo, el tiempo libre obliga a decidir qué queremos hacer, a tolerar cierta falta de estructura y, en algunos casos, a enfrentarnos a pensamientos y emociones que normalmente permanecen en segundo plano. Muchas veces no es que no sepan descansar, sino que han desarrollado una mayor familiaridad con la activación que con la calma, que puede llegar a resultar incómoda», apunta. De ahí que algunas personas expresen la necesidad de estar haciendo algo todo el tiempo.«El problema es que vivimos en una sociedad que favorece la cultura de la productividad, la hiperconectividad y la disponibilidad constante» Cristina PoloEl problema para esta experta es que vivimos en un contexto social que favorece la cultura de la productividad, la hiperconectividad y la disponibilidad convirtiendo el hecho de estar ocupado en una señal de éxito o de valor personal. « Incluso el ocio puede acabar sometido a la lógica de la productividad optimizándolo como otra tarea a optimizar: hacer deporte, viajar, conocer lugares o aprovechar cada día al máximo. Tenemos un entorno que dificulta la desconexión. Si permanentemente recibimos estímulos y tenemos algo que hacer, resulta más difícil desarrollar tolerancia al aburrimiento, a la quietud y al tiempo sin objetivos», advierte.Destaca que no se puede hablar de capacidad individual para desconectar sin mirar también las condiciones en las que esa persona trabaja. «Una cultura de disponibilidad permanente, una elevada carga de trabajo, objetivos poco realistas o la idea de que el compromiso implica estar siempre disponible pueden dificultar seriamente el descanso. Es decir, la desconexión no es únicamente una decisión individual. Es también una cuestión organizacional -afirma-. Es complicado pedir a una persona que desconecte si, cuando se marcha de vacaciones, sigue recibiendo correos, llamadas o mensajes, o sabe que a su vuelta encontrará una carga de trabajo inasumible».Cuando el trabajo se convierte en refugioEl trabajo puede llegar, además, a desempeñar una función de refugio frente a problemas de otras áreas de la vida. «Sin interpretarlo automáticamente como una adicción al trabajo, el empleo puede proporcionar estructura, reconocimiento, relaciones sociales y sensación de competencia -insiste-, pero, en determinadas circunstancias, también en una forma de evitación. Mientras estoy trabajando, no tengo que pensar en un conflicto de pareja, una dificultad familiar, una preocupación personal o determinadas emociones». El dilema surge, en su opinión, cuando esa estrategia se convierte en la vía predominante para sortear aquello que genera malestar. Señales de alerta y propuestas de solucionesNo obstante, preferir unas vacaciones con cierta estructura no constituye por sí mismo un problema. La señal de alerta aparece cuando la dificultad para desconectar genera un malestar significativo o interfiere en la vida cotidiana. «Lo preocupante es que la persona sea incapaz de descansar , experimente malestar intenso cuando no trabaja, necesite estar permanentemente conectada, tenga pensamientos recurrentes sobre el trabajo, no pueda disfrutar de actividades que antes le resultaban placenteras o presente síntomas físicos o emocionales importantes cuando intenta descansar», enumera la responsable asistencial de yees!También deberían considerarse señales de alerta los conflictos familiares recurrentes durante las vacaciones, la necesidad de regresar al trabajo cuanto antes para sentirse bien o que el empleo se haya convertido en la única fuente de satisfacción y autoestima.Advierte esta psicóloga que la desconexión saludable debería comenzar antes de que llegue el periodo vacacional. «Hay ciertas condiciones que ayudan a una transición efectiva: cargas de trabajo razonables, planificación de las ausencias, sustituciones adecuadas, claridad respecto a las responsabilidades durante las vacaciones y una cultura en la que descansar y desconectar no se perciba como falta de compromiso», explica.«El foco no debe ponerse sólo en el trabajador, sino en analizar qué está ocurriendo en su empresa»Cristina Polo también señala que es importante evitar que la vuelta al trabajo esté acompañada de una acumulación inasumible de tareas. Si los trabajadores siguen conectándose durante sus vacaciones, existe miedo a ausentarse, se acumulan tareas de forma sistemática o la reincorporación genera estrés elevado, el problema puede estar en la organización. Antes de las vacaciones considera que puede ser útil establecer límites claros, cerrar las tareas pendientes y definir quién asumirá determinadas responsabilidades. «Además, el foco no debería ponerse únicamente en enseñar al trabajador a desconectar mejor, sino en analizar qué está ocurriendo en la organización» .Francisco Fernández Yuste, profesional de Recursos Humanos y creador de @mejoratuexitolaboral, recuerda otro aspecto a tener en cuenta: la influencia que ejerce un jefe sobre la salud mental del trabajador por ser una figura de referencia de la que dependen muchos aspectos. «Cuando un superior no goza de un buen liderazgo y ejerce un poder tóxico, el empleado perderá confianza en sí mismo; se volverá más irascible, no solo en la empresa, sino en el resto de ámbitos personales, descenderá su motivación y se percibirá bajo los efectos del ‘burnout’ o trabajador quemado, por lo que no tardarán en aparecer los síntomas de ansiedad y depresión».MÁS INFORMACIÓN noticia Si Las preguntas que Sócrates nos haría hoy para ayudarnos a vivir mejor, según el filósofo Eduardo Infante noticia Si Recomendaciones de la neurociencia para relajarse y evitar el ruido mental en vacaciones noticia Si «La obsesión por cumplir hábitos no es saludable, produce ahogo»Si aparece ansiedad intensa, culpa persistente o una necesidad constante de trabajar, Cristina Polo aconseja explorar qué hay detrás de esa dificultad en lugar de limitarse a forzarse a descansar. En estos casos, asegura que acudir a un profesional de la psicología puede ayudar a identificar qué papel está desempeñando el trabajo y por qué resulta tan difícil desconectar. También pueden utilizarse los recursos disponibles en la propia organización, como los programas de apoyo al empleado o los departamentos de prevención de riesgos laborales y salud laboral. «La solución no siempre pasa por aprender a relajarse, en ocasiones es imprescindible revisar la relación que hemos construido con el trabajo y, al mismo tiempo, las condiciones laborales que la están manteniendo», concluye la psicóloga. Por paradójico que resulte, descansar no siempre es sinónimo de bienestar. Hay personas que viven el verano como un periodo nada idílico. Prefieren seguir trabajando por percibir que el entorno laboral les aporta estructura, objetivos, sensación de utilidad, reconocimiento y una manera de mantener la atención ocupada. Cuando llegan las vacaciones y desaparecen estas referencias externas, les afloran emociones que durante el año quedan en segundo plano : el aburrimiento, el vacío, las preocupaciones personales o incluso la sensación de no saber qué hacer cuando no hay nada que hacer. En definitiva, cambiar de un ritmo muy exigente a la ausencia total de actividad puede resultarles incómodo. Y es que el cerebro «no tiene un interruptor que pase inmediatamente de ‘modo productividad’ a ‘modo descanso’, -asegura Cristina Polo , psicóloga y responsable asistencial de yees! -. La buena noticia es que la ‘capacidad de descansar’ se puede entrenar !».De la misma opinión es Elena Gallardo, neurocientífica y profesora del Máster de Neuropsicología y Educación de UNIR , al asegurar que la acumulación de tareas, la exposición constante a estímulos y el exceso de datos someten al cerebro a un flujo continuo de información. «Esta sobrecarga se traduce en un mayor agotamiento mental , ya que el constante ruido por ese exceso de tareas e información satura la actividad cerebral y genera respuestas, en ocasiones, menos adaptadas o adecuadas».Esta situación ayuda a explicar una de las dificultades más frecuentes cuando llegan las vacaciones: la imposibilidad de desconectar del trabajo. La especialista de la UNIR recuerda que el cerebro funciona, en buena medida, a partir de hábitos y patrones repetidos, y «al darle exceso de actividad , ruido mental y exposición prolongada a demandas elevadas, el cerebro lo sigue demandando, lo convierte en una especie de hoja de ruta».Según la psicóloga de yees! no existe un perfil único de individuos para los que las vacaciones pueden convertirse en una fuente de malestar, pero sí hay determinados rasgos comunes que aparecen con frecuencia. Se trata fundamentalmente de personas muy autoexigentes, perfeccionistas , con una fuerte necesidad de control o que han aprendido a asociar su valor personal con su productividad. También puede suceder en quienes tienen dificultades para tolerar la incertidumbre o necesitan mantenerse constantemente ocupadas para evitar conectar con determinadas emociones internas».En estos casos, pueden aparecer pensamientos como «debería estar haciendo algo» , «hay gente trabajando mientras yo descanso», «cuando vuelva tendré muchísima tarea acumulada»… El problema se agrava cuando se siente ansiedad por no estar produciendo, resolviendo o cumpliendo objetivos, lo que comúnmente se ha denominado ‘productividad tóxica’.Dificultades en la autoestimaPara José Luis García , psicólogo de Clínica López Ibor , «las personas más propensas a no descansar en vacaciones son aquellas que tienen dificultades para dejar de pensar en el trabajo en sus horas libres o que trabajan de manera autónoma, por lo que todo depende de ellas. «La sensación de saber que ‘estoy libre, de vacaciones, pero sigo sin parar’, puede generar dificultades en la autoestima cuando la valía personal está depositada exclusivamente en el desempeño o éxitos laborales. Esto -matiza- puede acrecentar el malestar ante situaciones en las que se siente que se pierde el tiempo por no ser productivo, pudiendo provocar entrar en un bucle, interpretando dicho tiempo libre como una obligación constante de producir, restando libertad personal».La dificultad para disfrutar del tiempo no planificado tiene una explicación psicológica. «Una agenda llena reduce el espacio para la incertidumbre. Cuando tenemos tareas, horarios y objetivos sabemos qué tenemos que hacer y hacia dónde dirigir nuestra atención -explica Cristina Polo-. Sin embargo, el tiempo libre obliga a decidir qué queremos hacer, a tolerar cierta falta de estructura y, en algunos casos, a enfrentarnos a pensamientos y emociones que normalmente permanecen en segundo plano. Muchas veces no es que no sepan descansar, sino que han desarrollado una mayor familiaridad con la activación que con la calma, que puede llegar a resultar incómoda», apunta. De ahí que algunas personas expresen la necesidad de estar haciendo algo todo el tiempo.«El problema es que vivimos en una sociedad que favorece la cultura de la productividad, la hiperconectividad y la disponibilidad constante» Cristina PoloEl problema para esta experta es que vivimos en un contexto social que favorece la cultura de la productividad, la hiperconectividad y la disponibilidad convirtiendo el hecho de estar ocupado en una señal de éxito o de valor personal. « Incluso el ocio puede acabar sometido a la lógica de la productividad optimizándolo como otra tarea a optimizar: hacer deporte, viajar, conocer lugares o aprovechar cada día al máximo. Tenemos un entorno que dificulta la desconexión. Si permanentemente recibimos estímulos y tenemos algo que hacer, resulta más difícil desarrollar tolerancia al aburrimiento, a la quietud y al tiempo sin objetivos», advierte.Destaca que no se puede hablar de capacidad individual para desconectar sin mirar también las condiciones en las que esa persona trabaja. «Una cultura de disponibilidad permanente, una elevada carga de trabajo, objetivos poco realistas o la idea de que el compromiso implica estar siempre disponible pueden dificultar seriamente el descanso. Es decir, la desconexión no es únicamente una decisión individual. Es también una cuestión organizacional -afirma-. Es complicado pedir a una persona que desconecte si, cuando se marcha de vacaciones, sigue recibiendo correos, llamadas o mensajes, o sabe que a su vuelta encontrará una carga de trabajo inasumible».Cuando el trabajo se convierte en refugioEl trabajo puede llegar, además, a desempeñar una función de refugio frente a problemas de otras áreas de la vida. «Sin interpretarlo automáticamente como una adicción al trabajo, el empleo puede proporcionar estructura, reconocimiento, relaciones sociales y sensación de competencia -insiste-, pero, en determinadas circunstancias, también en una forma de evitación. Mientras estoy trabajando, no tengo que pensar en un conflicto de pareja, una dificultad familiar, una preocupación personal o determinadas emociones». El dilema surge, en su opinión, cuando esa estrategia se convierte en la vía predominante para sortear aquello que genera malestar. Señales de alerta y propuestas de solucionesNo obstante, preferir unas vacaciones con cierta estructura no constituye por sí mismo un problema. La señal de alerta aparece cuando la dificultad para desconectar genera un malestar significativo o interfiere en la vida cotidiana. «Lo preocupante es que la persona sea incapaz de descansar , experimente malestar intenso cuando no trabaja, necesite estar permanentemente conectada, tenga pensamientos recurrentes sobre el trabajo, no pueda disfrutar de actividades que antes le resultaban placenteras o presente síntomas físicos o emocionales importantes cuando intenta descansar», enumera la responsable asistencial de yees!También deberían considerarse señales de alerta los conflictos familiares recurrentes durante las vacaciones, la necesidad de regresar al trabajo cuanto antes para sentirse bien o que el empleo se haya convertido en la única fuente de satisfacción y autoestima.Advierte esta psicóloga que la desconexión saludable debería comenzar antes de que llegue el periodo vacacional. «Hay ciertas condiciones que ayudan a una transición efectiva: cargas de trabajo razonables, planificación de las ausencias, sustituciones adecuadas, claridad respecto a las responsabilidades durante las vacaciones y una cultura en la que descansar y desconectar no se perciba como falta de compromiso», explica.«El foco no debe ponerse sólo en el trabajador, sino en analizar qué está ocurriendo en su empresa»Cristina Polo también señala que es importante evitar que la vuelta al trabajo esté acompañada de una acumulación inasumible de tareas. Si los trabajadores siguen conectándose durante sus vacaciones, existe miedo a ausentarse, se acumulan tareas de forma sistemática o la reincorporación genera estrés elevado, el problema puede estar en la organización. Antes de las vacaciones considera que puede ser útil establecer límites claros, cerrar las tareas pendientes y definir quién asumirá determinadas responsabilidades. «Además, el foco no debería ponerse únicamente en enseñar al trabajador a desconectar mejor, sino en analizar qué está ocurriendo en la organización» .Francisco Fernández Yuste, profesional de Recursos Humanos y creador de @mejoratuexitolaboral, recuerda otro aspecto a tener en cuenta: la influencia que ejerce un jefe sobre la salud mental del trabajador por ser una figura de referencia de la que dependen muchos aspectos. «Cuando un superior no goza de un buen liderazgo y ejerce un poder tóxico, el empleado perderá confianza en sí mismo; se volverá más irascible, no solo en la empresa, sino en el resto de ámbitos personales, descenderá su motivación y se percibirá bajo los efectos del ‘burnout’ o trabajador quemado, por lo que no tardarán en aparecer los síntomas de ansiedad y depresión».MÁS INFORMACIÓN noticia Si Las preguntas que Sócrates nos haría hoy para ayudarnos a vivir mejor, según el filósofo Eduardo Infante noticia Si Recomendaciones de la neurociencia para relajarse y evitar el ruido mental en vacaciones noticia Si «La obsesión por cumplir hábitos no es saludable, produce ahogo»Si aparece ansiedad intensa, culpa persistente o una necesidad constante de trabajar, Cristina Polo aconseja explorar qué hay detrás de esa dificultad en lugar de limitarse a forzarse a descansar. En estos casos, asegura que acudir a un profesional de la psicología puede ayudar a identificar qué papel está desempeñando el trabajo y por qué resulta tan difícil desconectar. También pueden utilizarse los recursos disponibles en la propia organización, como los programas de apoyo al empleado o los departamentos de prevención de riesgos laborales y salud laboral. «La solución no siempre pasa por aprender a relajarse, en ocasiones es imprescindible revisar la relación que hemos construido con el trabajo y, al mismo tiempo, las condiciones laborales que la están manteniendo», concluye la psicóloga.
Por paradójico que resulte, descansar no siempre es sinónimo de bienestar. Hay personas que viven el verano como un periodo nada idílico. Prefieren seguir trabajando por percibir que el entorno laboral les aporta estructura, objetivos, sensación de utilidad, reconocimiento y una manera de mantener … la atención ocupada. Cuando llegan las vacaciones y desaparecen estas referencias externas, les afloran emociones que durante el año quedan en segundo plano: el aburrimiento, el vacío, las preocupaciones personales o incluso la sensación de no saber qué hacer cuando no hay nada que hacer.
En definitiva, cambiar de un ritmo muy exigente a la ausencia total de actividad puede resultarles incómodo. Y es que el cerebro «no tiene un interruptor que pase inmediatamente de ‘modo productividad’ a ‘modo descanso’, -asegura Cristina Polo, psicóloga y responsable asistencial de yees!-. La buena noticia es que la ‘capacidad de descansar’ se puede entrenar!».
De la misma opinión es Elena Gallardo, neurocientífica y profesora del Máster de Neuropsicología y Educación de UNIR, al asegurar que la acumulación de tareas, la exposición constante a estímulos y el exceso de datos someten al cerebro a un flujo continuo de información. «Esta sobrecarga se traduce en un mayor agotamiento mental, ya que el constante ruido por ese exceso de tareas e información satura la actividad cerebral y genera respuestas, en ocasiones, menos adaptadas o adecuadas».
Esta situación ayuda a explicar una de las dificultades más frecuentes cuando llegan las vacaciones: la imposibilidad de desconectar del trabajo. La especialista de la UNIR recuerda que el cerebro funciona, en buena medida, a partir de hábitos y patrones repetidos, y «al darle exceso de actividad, ruido mental y exposición prolongada a demandas elevadas, el cerebro lo sigue demandando, lo convierte en una especie de hoja de ruta».
Según la psicóloga de yees! no existe un perfil único de individuos para los que las vacaciones pueden convertirse en una fuente de malestar, pero sí hay determinados rasgos comunes que aparecen con frecuencia. Se trata fundamentalmente de personas muy autoexigentes, perfeccionistas, con una fuerte necesidad de control o que han aprendido a asociar su valor personal con su productividad. También puede suceder en quienes tienen dificultades para tolerar la incertidumbre o necesitan mantenerse constantemente ocupadas para evitar conectar con determinadas emociones internas».
En estos casos, pueden aparecer pensamientos como «debería estar haciendo algo», «hay gente trabajando mientras yo descanso», «cuando vuelva tendré muchísima tarea acumulada»… El problema se agrava cuando se siente ansiedad por no estar produciendo, resolviendo o cumpliendo objetivos, lo que comúnmente se ha denominado ‘productividad tóxica’.
Dificultades en la autoestima
Para José Luis García, psicólogo de Clínica López Ibor, «las personas más propensas a no descansar en vacaciones son aquellas que tienen dificultades para dejar de pensar en el trabajo en sus horas libres o que trabajan de manera autónoma, por lo que todo depende de ellas. «La sensación de saber que ‘estoy libre, de vacaciones, pero sigo sin parar’, puede generar dificultades en la autoestima cuando la valía personal está depositada exclusivamente en el desempeño o éxitos laborales. Esto -matiza- puede acrecentar el malestar ante situaciones en las que se siente que se pierde el tiempo por no ser productivo, pudiendo provocar entrar en un bucle, interpretando dicho tiempo libre como una obligación constante de producir, restando libertad personal».
La dificultad para disfrutar del tiempo no planificado tiene una explicación psicológica. «Una agenda llena reduce el espacio para la incertidumbre. Cuando tenemos tareas, horarios y objetivos sabemos qué tenemos que hacer y hacia dónde dirigir nuestra atención -explica Cristina Polo-. Sin embargo, el tiempo libre obliga a decidir qué queremos hacer, a tolerar cierta falta de estructura y, en algunos casos, a enfrentarnos a pensamientos y emociones que normalmente permanecen en segundo plano. Muchas veces no es que no sepan descansar, sino que han desarrollado una mayor familiaridad con la activación que con la calma, que puede llegar a resultar incómoda», apunta. De ahí que algunas personas expresen la necesidad de estar haciendo algo todo el tiempo.

«El problema es que vivimos en una sociedad que favorece la cultura de la productividad, la hiperconectividad y la disponibilidad constante»
Cristina Polo
El problema para esta experta es que vivimos en un contexto social que favorece la cultura de la productividad, la hiperconectividad y la disponibilidad convirtiendo el hecho de estar ocupado en una señal de éxito o de valor personal. «Incluso el ocio puede acabar sometido a la lógica de la productividad optimizándolo como otra tarea a optimizar: hacer deporte, viajar, conocer lugares o aprovechar cada día al máximo. Tenemos un entorno que dificulta la desconexión. Si permanentemente recibimos estímulos y tenemos algo que hacer, resulta más difícil desarrollar tolerancia al aburrimiento, a la quietud y al tiempo sin objetivos», advierte.
Destaca que no se puede hablar de capacidad individual para desconectar sin mirar también las condiciones en las que esa persona trabaja. «Una cultura de disponibilidad permanente, una elevada carga de trabajo, objetivos poco realistas o la idea de que el compromiso implica estar siempre disponible pueden dificultar seriamente el descanso. Es decir, la desconexión no es únicamente una decisión individual. Es también una cuestión organizacional -afirma-. Es complicado pedir a una persona que desconecte si, cuando se marcha de vacaciones, sigue recibiendo correos, llamadas o mensajes, o sabe que a su vuelta encontrará una carga de trabajo inasumible».
Cuando el trabajo se convierte en refugio
El trabajo puede llegar, además, a desempeñar una función de refugio frente a problemas de otras áreas de la vida. «Sin interpretarlo automáticamente como una adicción al trabajo, el empleo puede proporcionar estructura, reconocimiento, relaciones sociales y sensación de competencia -insiste-, pero, en determinadas circunstancias, también en una forma de evitación. Mientras estoy trabajando, no tengo que pensar en un conflicto de pareja, una dificultad familiar, una preocupación personal o determinadas emociones». El dilema surge, en su opinión, cuando esa estrategia se convierte en la vía predominante para sortear aquello que genera malestar.
Señales de alerta y propuestas de soluciones
No obstante, preferir unas vacaciones con cierta estructura no constituye por sí mismo un problema. La señal de alerta aparece cuando la dificultad para desconectar genera un malestar significativo o interfiere en la vida cotidiana. «Lo preocupante es que la persona sea incapaz de descansar, experimente malestar intenso cuando no trabaja, necesite estar permanentemente conectada, tenga pensamientos recurrentes sobre el trabajo, no pueda disfrutar de actividades que antes le resultaban placenteras o presente síntomas físicos o emocionales importantes cuando intenta descansar», enumera la responsable asistencial de yees!
También deberían considerarse señales de alerta los conflictos familiares recurrentes durante las vacaciones, la necesidad de regresar al trabajo cuanto antes para sentirse bien o que el empleo se haya convertido en la única fuente de satisfacción y autoestima.
Advierte esta psicóloga que la desconexión saludable debería comenzar antes de que llegue el periodo vacacional. «Hay ciertas condiciones que ayudan a una transición efectiva: cargas de trabajo razonables, planificación de las ausencias, sustituciones adecuadas, claridad respecto a las responsabilidades durante las vacaciones y una cultura en la que descansar y desconectar no se perciba como falta de compromiso», explica.
«El foco no debe ponerse sólo en el trabajador, sino en analizar qué está ocurriendo en su empresa»
Cristina Polo también señala que es importante evitar que la vuelta al trabajo esté acompañada de una acumulación inasumible de tareas. Si los trabajadores siguen conectándose durante sus vacaciones, existe miedo a ausentarse, se acumulan tareas de forma sistemática o la reincorporación genera estrés elevado, el problema puede estar en la organización. Antes de las vacaciones considera que puede ser útil establecer límites claros, cerrar las tareas pendientes y definir quién asumirá determinadas responsabilidades. «Además, el foco no debería ponerse únicamente en enseñar al trabajador a desconectar mejor, sino en analizar qué está ocurriendo en la organización».
Francisco Fernández Yuste, profesional de Recursos Humanos y creador de @mejoratuexitolaboral, recuerda otro aspecto a tener en cuenta: la influencia que ejerce un jefe sobre la salud mental del trabajador por ser una figura de referencia de la que dependen muchos aspectos. «Cuando un superior no goza de un buen liderazgo y ejerce un poder tóxico, el empleado perderá confianza en sí mismo; se volverá más irascible, no solo en la empresa, sino en el resto de ámbitos personales, descenderá su motivación y se percibirá bajo los efectos del ‘burnout’ o trabajador quemado, por lo que no tardarán en aparecer los síntomas de ansiedad y depresión».
Si aparece ansiedad intensa, culpa persistente o una necesidad constante de trabajar, Cristina Polo aconseja explorar qué hay detrás de esa dificultad en lugar de limitarse a forzarse a descansar. En estos casos, asegura que acudir a un profesional de la psicología puede ayudar a identificar qué papel está desempeñando el trabajo y por qué resulta tan difícil desconectar. También pueden utilizarse los recursos disponibles en la propia organización, como los programas de apoyo al empleado o los departamentos de prevención de riesgos laborales y salud laboral. «La solución no siempre pasa por aprender a relajarse, en ocasiones es imprescindible revisar la relación que hemos construido con el trabajo y, al mismo tiempo, las condiciones laborales que la están manteniendo», concluye la psicóloga.
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