El 3 de septiembre de 2006, la España de baloncesto de Pepu Hernández se proclamó campeona del mundo en Japón. Pau Gasol recuerda el homenaje que le rindieron sus compañeros tras la lesión que le impidió disputar la final Leer El 3 de septiembre de 2006, la España de baloncesto de Pepu Hernández se proclamó campeona del mundo en Japón. Pau Gasol recuerda el homenaje que le rindieron sus compañeros tras la lesión que le impidió disputar la final Leer
«Ba-lon-ces-to». Así explicó, claro y raso, lo que estaba pasando un 4 de septiembre en Plaza de Castilla Pepu Hernández, por entonces técnico de la selección española de baloncesto. Más de 100.000 personas se concentraron en Madrid para recibir a 12 campeones del mundo que nunca en su vida habrían imaginado algo así. No solo por el triunfo, sino por la acogida y el calor que todo un país les estaba demostrando. Hasta ese momento, aquellos deportistas jamás habían visto a una afición tan volcada ni que los llevara en volandas de aquella manera.
Cuatro sílabas y un recuerdo de cuando el baloncesto español cambió el panorama deportivo del país. Quien crea que es una exageración está equivocado, porque, 20 años después, el baloncesto español es, en gran medida, lo que es gracias a aquel título o, mejor dicho, a aquellos 12 jugadores: Pau Gasol, Rudy Fernández, Carlos Cabezas, Juan Carlos Navarro, José Manuel Calderón, Felipe Reyes, Carlos Jiménez, Sergio Rodríguez, Berni Rodríguez, Marc Gasol, Álex Mumbrú y Jorge Garbajosa.
Tal vez quien considere exagerado pensar que aquella gesta cambió el baloncesto en España esté de acuerdo en que, incluso sin haber visto nunca un partido del balón naranja, le suenan al menos la mitad de los nombres de sus protagonistas. Han pasado 20 años, dos décadas, 240 meses, como se quiera medir el tiempo, pero los rostros de quienes se colgaron la medalla de oro en Saitama (Japón) siguen evocando a la mejor selección —y, probablemente, al mejor equipo— de la historia del baloncesto español. Así lo señalaba Calderón: «Esa medalla cambió algo para todos, para el equipo y para el baloncesto español. Creo que mandamos un mensaje en el que hicimos a todo un país parte del equipo. Aquí empezó algo de verdad».
Una generación de oro. La generación de oro, mejor dicho. No solo por lo técnico, un aspecto en el que eran los mejores, sino por la hermandad, por lo humano, por la cercanía entre ellos. Eso fue también lo que hizo que todos los españoles se acercaran a estos deportistas y vivieran aquel triunfo como si de un gran título de fútbol se tratase, conscientes de las distancias que existen en España entre ambos deportes. «Estuvieron en la selección porque tenían una técnica muy buena, pero lo diferente de este equipo era su inteligencia y lo humano. Eran amigos y existía el compromiso. Eso se notó desde el primer momento», explicaba Pepu Hernández en un acto conmemorativo de aquel 3 de septiembre.
Se plasmó en la pista y se materializó con la medalla, pero antes de eso, el recorrido hasta la gloria podría decirse que fue perfecto. Nueve victorias: cinco en la fase de grupos y otras cuatro en las eliminatorias. Pues eso, un torneo perfecto. «He recordado cómo jugábamos y era muy fácil jugar con este equipo. No sabía que habíamos ganado algunos partidos con tanta facilidad. Qué bien jugábamos al baloncesto», comentaba Calderón al evocar aquellos encuentros.
Pero si algo manchó lo perfecto, lo idílico, fueron las lesiones. Tal vez formen parte del deporte. Tal vez, por desgracia, vayan de la mano. Fue una adversidad, un bache que nadie debería cargar, y mucho menos Pau Gasol. La estrella, el referente de aquel equipo y, hasta el día de hoy, con 46 años, uno de los grandes nombres de la historia del baloncesto español. Por aquellos tiempos, en 2006, el mayor de los Gasol todavía no jugaba en Los Angeles Lakers, donde conseguiría dos anillos de la NBA. Militaba en los Memphis Grizzlies y su nivel ya era más que reconocido. Su importancia dentro de la selección, también.
Por eso, uno de los golpes más grandes para el equipo llegó en la semifinal. No por la dureza de un partido que lo fue —101-95 ante Argentina—, sino por la lesión de uno de los pesos pesados de la lista de Pepu: Pau Gasol. «Fue un partido de mucha intensidad y durísimo contra Argentina. Empecé a tener líneas de estrés y hasta que mi pie aguantó», explicaba el catalán. Su pie dijo basta y el resultado fue una fractura en la base del quinto metatarsiano.
Cualquier mortal se retiraría y c’est fini por hoy, pero Pau Gasol no es cualquier mortal. Aquel mazazo no le impidió lanzar dos tiros libres: canasta y punto. Ya lo asumía él: «No soy un gran lanzador de tiros libres, pero los metí. Sufrí mucho esos dos minutos, pero hicimos todo lo que pudimos para ganar. Fue un golpe lesionarme en aquel momento, nos tocó, pero fuimos capaces de reaccionar muy rápido y la fortaleza del equipo se demostró más que nunca».
Todavía dice más de él, si es que hace falta decir algo más, que, al acabar la semifinal, recién lesionado, fuera capaz de pensar por primera vez en todo el campeonato que tenían posibilidades claras de colgarse el oro. «Hasta que no acabas nunca sabes que vas a ser campeón, pero tal y como empezó la final pudimos imaginarnos con la medalla, incluso cuando acabó la semifinal. Al haber pasado aquel momento y haber ganado a Argentina ya se creó una connotación de ilusión y convencimiento de que podíamos salir campeones, así que puede ser que se reflejara el triunfo en ese partidazo», reflexionaba el protagonista en una conversación con EL MUNDO.
Fue una imagen triste, la de ver caer a Gasol, e incluso preocupante por afrontar el siguiente partido sin él. Pero tanto el catalán como sus compañeros saben sacarle hierro al asunto cuando lo recuerdan. Al rememorar aquellos 20 años también se aludió a que, tras aquella fractura, Gasol se movía en silla de ruedas. Bueno, no tanto él, sino que lo trasladaban sus compañeros. «Lo dejábamos tirado por ahí, sobre todo Felipe [Reyes] y Álex [Mumbrú]», comentaban entre risas. Un síntoma más de la calidad humana de aquel equipo. Simplemente chavales, amigos, jugando al baloncesto mientras cumplían el sueño más bonito de sus vidas.
Parece repetitivo, pero es que esa unidad se mostró hasta el último momento. En la final, todos los jugadores aparecieron en la pista con una camiseta muy especial. Era en honor a su compañero lesionado, Pau Gasol, y en ella se podía leer: «Pau también juega». Un detalle de sus compañeros y amigos, que quisieron tenerlo en la pista aunque no fuera para meter canastas. «Recuerdo mucho aquel momento que me regalaron mis compañeros, fue muy emotivo. Yo no sabía nada, fue una sorpresa. Otro síntoma y un reflejo más de la calidad de este equipo», confesaba Gasol a este periódico.
La ausencia en la pista del mayor de los hermanos Gasol no fue el único mazazo que golpeó al grupo antes de la esperada final. El eje del equipo, Pepu Hernández, recibió horas antes del partido la noticia del fallecimiento de su padre. Hay quien puede pensar que, con un golpe tan inesperado, la moral se podía ver afectada. Además, habría sido lo más lógico. Pero la fortaleza volvió a salir a flote y todos remaron en la misma dirección para intentar tapar la peor de las noticias con una alegría.
Y lo hicieron fácil, como lo habían hecho durante todo el Mundial. Grecia fue el rival, pero desde el principio España dominó el partido y creó la sensación de que la copa era suya. El 70-47 fue el resultado y el premio, una medalla de oro y formar parte de la historia. Eso y el recibimiento de todo un país unido que nunca había visto a sus deportistas conseguir algo tan grande. Ya lo dijo Pepu. Simplemente, «ba-lon-ces-to».
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