Hace apenas diez días, Park Chan-wook, presidente del jurado cannois, comentaba: “No creo que la política y el arte deban separarse (…) El hecho de que una obra de arte tenga un mensaje político no debería considerarse un enemigo del arte”. Así de contundente se mostraba el director de la muy política No hay otra opción (2025), desmarcándose de las polémicas declaraciones de Wim Wenders, al frente del jurado de la pasada Berlinale, cuando se negó a comentar la masacre en Gaza para separar el cine de la política.
Hace apenas diez días, Park Chan-wook, presidente del jurado cannois, comentaba: “No creo que la política y el arte deban separarse (…) El hecho de que una obra de arte tenga un mensaje político no debería considerarse un enemigo del arte”. Así de contundente se mostraba el director de la muy política No hay otra opción (2025), desmarcándose de las polémicas declaraciones de Wim Wenders, al frente del jurado de la pasada Berlinale, cuando se negó a comentar la masacre en Gaza para separar el cine de la política.Seguir leyendo…
Hace apenas diez días, Park Chan-wook, presidente del jurado cannois, comentaba: “No creo que la política y el arte deban separarse (…) El hecho de que una obra de arte tenga un mensaje político no debería considerarse un enemigo del arte”. Así de contundente se mostraba el director de la muy política No hay otra opción (2025), desmarcándose de las polémicas declaraciones de Wim Wenders, al frente del jurado de la pasada Berlinale, cuando se negó a comentar la masacre en Gaza para separar el cine de la política.
El presidente del jurado ha demostrado que la excelencia de la forma no tiene por qué estar reñida con un fondo comprometido
Park ha demostrado que la excelencia de la forma no tiene por qué estar reñida con un fondo comprometido, brindando un palmarés que lo demostraba por doquier: desde los soldados travestidos de Coward a la Bola negra lorquiana de los Javis, que han consumado el relevo generacional con su maestro Almodóvar, pasando por la estética bofetada al nazismo de Fatherland, o el segundo premio otorgado al disidente y exiliado ruso Andrey Zvyagintsev, cuyo Minotaur es su más contundente ataque a las élites de Putin, sin olvidar Notre salut, una de las cuatro películas que este año en Cannes, no por casualidad, recordaban el ominoso periodo del colaboracionismo.
Sin embargo, al final la Palma de Oro, el premio más importante y prestigioso del cine, ha sido para Fjörd, del rumano Cristian Mungiu, una película que levantó ampollas por dejar en evidencia el wokismo de una pequeña población noruega en conflicto con una pareja de evangelistas. Fjörd cultiva la ambigüedad y huye del maniqueísmo, porque se muestra crítica con cualquier tipo de fundamentalismo, aunque sea el aparentemente más bienintencionado. Mungiu, como casi todos los asistentes, ha lamentado el estado del mundo, pero para recordar que “los cambios tienen que empezar por nosotros mismos”. Es decir, mejor aplicar la autocrítica antes de dedicarse a señalar a los demás. Puede sonar a provocación, pero son palabras sabias.
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