Turistas y residentes extranjeros (los célebres expat, de expatriados ) están en el punto de mira de mucha gente en una Barcelona que, como otras ciudades, vive con pesar su vertiginosa pérdida de identidad.
Turistas y residentes extranjeros (los célebres expat, de expatriados ) están en el punto de mira de mucha gente en una Barcelona que, como otras ciudades, vive con pesar su vertiginosa pérdida de identidad. Seguir leyendo…
Turistas y residentes extranjeros (los célebres expat, de expatriados ) están en el punto de mira de mucha gente en una Barcelona que, como otras ciudades, vive con pesar su vertiginosa pérdida de identidad.
Una acrobacia lingüística ha dado un vuelco al uso inicial del término. Si un expatriado era antes una persona exiliada o desterrada que merecía por ello nuestra compasión, el expat de hoy es visto como alguien que destierra a los vecinos de los barrios donde aterriza con su buen poder adquisitivo, su inglés innegociable y un hambre insaciable de cupcakes. Esto es así en Barcelona, en Lisboa, en Amsterdam, en Milán o en cualquier otra ciudad atractiva con un aeropuerto decente.
En determinados contextos, el término expat ha acabado teniendo una carga tan peyorativa como el de guiri , otra manera irrespetuosa de referirse a quienes no son de aquí . Este uso viene de lejos y está bastante asimilado: incluso hay extranjeros que asumen sin complejos esa condición de guiri.
Aun así, habría que preocuparse por las peligrosas connotaciones que puede tener el empleo generalizado de estos términos en unas sociedades donde las ultraderechas sitúan el foco sobre el extranjero, sobre el otro, sobre aquél que debe dejar de ser una prioridad, si es que lo ha sido alguna vez.
Si rechazamos el turismo y todo lo que requiera talento extranjero, solo nos quedará avanzar hacia el decrecimiento
Generalizar puede ser desacertado y, a veces, incluso injusto. No puede equipararse al extranjero que llegó hace 20 años, arraigó y hoy es un barcelonés más, con el ejecutivo de una multinacional que aterriza sin intención de relacionarse con la población local y que, en un chat de recién llegados, presume de haber conseguido un pisazo por “solo” 5.000 euros al mes.
En el fondo se perfila un problema recurrente: las burbujas o las peceras donde transcurre la vida de los diferentes grupos sociales son cada vez más impenetrables. Hay extranjeros que pueden permitirse el lujo de vivir dos o tres años en Barcelona sin necesidad de aprender catalán o castellano, encapsulados en asociaciones de familia de colegios extranjeros de élite, sedes corporativas donde solo se habla inglés y cenas con otros expatriados.
Es posible, no obstante, que tampoco tengan que rechazar muchas invitaciones de colegas locales, ya que a los barceloneses nos cuesta abrir las puertas de casa a los extraños. Y así estamos. Cada cual explorando los confines de su propia pecera.

Y eso que el contexto invita a pensar que la aportación de esos recién llegados es más necesaria que nunca. Con muy dignas excepciones, la burguesía local que aportaba sustento a la sociedad civil, con particular dedicación a la cultura, está en franca retirada. Este desapego se intensificó con el procés; con la consolidación de la excepcionalidad fiscal madrileña o con la entrada mayoritaria de capital extranjero en empresas catalanas. Un proceso, en fin, de descapitalización barcelonesa.
En este escenario, parece absurdo dar la espalda a una comunidad que –quién sabe– puede ser la que sustente los proyectos sociales o culturales del futuro. En lugar de menospreciarlos, habría que seducirlos, ayudarles a encontrar el buen camino fuera de los bares abiertos por y para ellos. Demostrarles, sin imposiciones ni malos modos, que entender la lengua local es una forma de respeto a sus nuevos vecinos.
Organizaciones como Barcelona Global llevan años haciendo ese trabajo de seducción puerta a puerta, mesa de oficina a mesa de oficina, laboratorio de investigación a laboratorio de investigación, pero no es suficiente.
En definitiva, si se cuestiona al turismo por ser una actividad extractiva y se sostiene, por contra, que Barcelona tiene que ser una ciudad donde se innova y se investiga en tecnología, ciencia o cultura, habrá que asumir que este sector está ampliamente globalizado y que no hay prioridad local posible: siempre hará falta talento extranjero. Otra cosa es que, por convicción o ignorancia, lo que se esté reclamando sea en realidad el decrecimiento. Una alternativa que quizás haya que poner un día sobre la mesa, pero para la que ahora estamos muy poco preparados.
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